Brasil se acerca a las elecciones presidenciales con una paradoja.
Luiz Inácio Lula da Silva sigue siendo el candidato con más votos. Pero eso ya no significa que sea quien tiene mayores probabilidades de ganar.
Las últimas encuestas convergen en un escenario que meses atrás parecía bastante menos probable: Lula llega primero a la primera vuelta, Flávio Bolsonaro se consolida como su adversario y una segunda vuelta entre ambos comenzaría prácticamente desde cero.
Datafolha registra 39% de intención de voto para Lula y 35% para Flávio Bolsonaro. En la medición anterior estaban en 38% y 33%, respectivamente. Pero el dato más importante aparece cuando se elimina al resto de los candidatos: en un eventual balotaje, Lula obtiene 46% y Bolsonaro 44%. Estadísticamente, es un empate.
AtlasIntel ofrece una fotografía todavía más extrema: Flávio Bolsonaro obtiene 46,4% y Lula 46,2%. Apenas dos décimas los separan.
La elección brasileña se transformó así en una competencia entre dos bloques de dimensiones casi idénticas.
El bolsonarismo encontró heredero
La principal transformación política de los últimos meses probablemente no sea lo ocurrido con Lula sino con Flávio Bolsonaro.
La imposibilidad de Jair Bolsonaro de competir planteaba una pregunta decisiva: cuánto del bolsonarismo podía sobrevivir sin Bolsonaro en la boleta.
La respuesta empieza a aparecer: mucho.
Flávio consiguió reunir buena parte del electorado de su padre y reducir la dispersión de la derecha. Su fortaleza aumenta entre los votantes de ingresos medios y altos, los evangélicos y en el Sur.
Lula conserva una enorme ventaja en el Nordeste y entre los brasileños de menores ingresos. En el Sudeste, el mayor colegio electoral del país, la disputa es mucho más equilibrada.
No se trata solamente de dos candidatos. Son dos Brasil.
La fortaleza y la debilidad de Lula
Lula conserva algo que ningún otro candidato posee: un piso electoral extraordinariamente alto. Su predominio entre los sectores de menores ingresos y en el Nordeste continúa siendo formidable.
Pero gobernar tiene un costo.
A diferencia de Flávio Bolsonaro, Lula no puede presentarse como una expectativa. Tiene que defender una gestión. Cada evaluación sobre inflación, empleo, crecimiento, seguridad o ingresos termina convirtiéndose, directa o indirectamente, en una evaluación sobre su presidencia.
Las encuestas muestran esa relación. Quienes perciben una mejora económica se inclinan fuertemente hacia Lula; quienes consideran que su situación o la del país empeoró se desplazan hacia Bolsonaro.
Lula no necesita solamente convencer a los brasileños de que su proyecto es mejor. Necesita demostrar que cuatro años de gobierno justifican otros cuatro.
El fenómeno Cury
El personaje inesperado de la elección es Augusto Cury.
El psiquiatra, escritor de best sellers y empresario llegó a la política sin experiencia electoral y comenzó a ocupar un espacio que ningún candidato tradicional había conseguido capturar: votantes cansados de la confrontación entre lulismo y bolsonarismo.
Datafolha llegó a ubicarlo en 8%, con una presencia especialmente importante entre jóvenes y personas con educación superior. La última medición, sin embargo, lo muestra en 6%.
No alcanza para afirmar que el fenómeno terminó, pero sí para poner en duda que pueda crecer lo suficiente como para amenazar a los dos principales candidatos.
Su importancia puede estar en otro lugar.
El rechazo a Cury ronda apenas el 10%, mientras Lula y Flávio Bolsonaro se encuentran cerca del 46%.
La diferencia es extraordinaria. Lula y Bolsonaro tienen electorados enormes, pero también enormes electorados que no los votarían. Cury presenta el fenómeno contrario: tiene muchos menos seguidores, pero también muchos menos adversarios.
Sus votantes pueden convertirse, por eso, en una de las claves del balotaje.
La elección del rechazo
Los niveles prácticamente idénticos de rechazo de Lula y Flávio Bolsonaro probablemente sean el dato que mejor resume la elección.
En un sistema tan polarizado, la segunda vuelta deja de medir solamente adhesiones. También mide rechazos.
Un brasileño puede votar a Lula porque quiere que sea presidente, pero también porque no quiere que gobierne Bolsonaro. Exactamente lo mismo ocurre del otro lado.
La elección puede terminar definiéndose menos por quién amplíe su núcleo de seguidores que por quién consiga resultar tolerable para una pequeña fracción del electorado que rechaza a ambos.
Las encuestas también dibujan dos coaliciones sociales muy diferentes. Lula domina entre los brasileños de menores ingresos, en el Nordeste y entre los católicos. Flávio Bolsonaro crece a medida que aumenta el ingreso, tiene una gran fortaleza entre los evangélicos y domina en el Sur.
Brasil parece reproducir la estructura política que ya se hizo visible en 2022.
Pero existe una diferencia fundamental.
Jair Bolsonaro ya no está en la boleta.
Y, sin embargo, el bolsonarismo sí.
El 6% que puede decidir Brasil
La primera vuelta todavía tiene un favorito: Lula.
La segunda no.
Datafolha muestra una diferencia mínima favorable a Lula. AtlasIntel encuentra una ventaja de apenas dos décimas para Flávio Bolsonaro. BTG/Nexus también ubica al senador numéricamente por delante, dentro del margen de error. Institutos diferentes, con metodologías diferentes, describen esencialmente el mismo fenómeno.
Brasil está dividido prácticamente por la mitad.
Eso convierte a los candidatos menores en algo más que actores secundarios. Cury, Ronaldo Caiado, Romeu Zema y Renan Santos reúnen votantes que no eligieron inicialmente ninguno de los dos grandes polos. A ellos se suman los indecisos y quienes consideran votar en blanco o anular su voto.
Cury resulta especialmente interesante porque parece haber identificado una demanda política real: brasileños que no quieren volver a elegir entre lulismo y bolsonarismo. Que pueda convertir esa demanda en una tercera fuerza competitiva es mucho más dudoso. Su retroceso del 8% al 6% puede ser la primera señal de un techo.
Pero si una segunda vuelta comienza alrededor de 46% para cada lado, ese 6% deja de ser marginal.
Puede elegir al próximo presidente.
Brasil llega así a la etapa decisiva con una certeza y una enorme incertidumbre. Lula y el bolsonarismo continúan siendo las dos grandes fuerzas de la política brasileña. La pregunta es cuál de ellas conseguirá convencer a ese pequeño Brasil que todavía no pertenece completamente a ninguna.
Y, en una elección partida casi exactamente por la mitad, allí puede estar todo.












