Andy Burnham llega a Downing Street con un programa económico que desafía al modelo británico

El exalcalde del Gran Mánchester asumió como primer ministro tras la renuncia de Keir Starmer, sin elecciones generales y con un respaldo casi unánime del bloque laborista. Su propuesta de descentralización, mayor intervención estatal y reforma institucional ya comenzó a ser evaluada por los mercados.

spot_img

Andrew Murray Burnham, de 56 años, asumió el 20 de julio como primer ministro del Reino Unido. Lo hizo tras la renuncia de Keir Starmer al liderazgo del Partido Laborista, luego del retroceso electoral sufrido en los comicios locales de mayo y del avance de Reform UK en las encuestas.

La designación siguió el mecanismo habitual del sistema parlamentario británico cuando no media una elección general. Tras ser proclamado líder laborista con el respaldo del 94% de los diputados del partido, Burnham fue recibido por el rey Carlos III en el Palacio de Buckingham para la ceremonia formal de nombramiento y, horas después, ingresó por primera vez al número 10 de Downing Street.

Su llegada al poder abre una nueva etapa para el laborismo. El nuevo jefe de gobierno propone un modelo económico que combina mayor participación del Estado, descentralización política y desarrollo regional, una estrategia que define como “manchesterismo”.

Publicidad

Quién es

Burnham nació en enero de 1970 en Aintree, un suburbio de Liverpool, y creció en Culcheth, entre Liverpool y Mánchester. Es hijo de un técnico telefónico y de una recepcionista de un consultorio médico. Cursó sus estudios en escuelas católicas y se graduó en Letras en Fitzwilliam College, de la Universidad de Cambridge. Se afilió al Partido Laborista a los 15 años.

Su condición de católico despertó interés en la prensa británica durante sus primeros días como primer ministro. Se define como un “católico de crianza”, aunque no practicante, y es el primer jefe de gobierno británico de esa confesión desde la ruptura de Enrique VIII con Roma en el siglo XVI.

Burnham ha señalado que la doctrina social de la Iglesia influyó en su visión política. Al mismo tiempo, mantuvo diferencias públicas con la jerarquía católica en temas como el aborto y el matrimonio igualitario. En 2013 votó a favor de la legalización de este último.

Su trayectoria política comenzó como asesor parlamentario en la década de 1990. Fue elegido diputado por Leigh en 2001 y ocupó distintos cargos durante los gobiernos laboristas de Tony Blair y Gordon Brown, entre ellos secretario jefe del Tesoro, secretario de Cultura y secretario de Salud entre 2009 y 2010.

Durante su gestión en Cultura impulsó la creación del panel independiente que investigó la tragedia de Hillsborough, cuyo informe desmontó décadas de encubrimiento sobre la actuación policial. Como secretario de Salud promovió un proyecto para crear un Servicio Nacional de Cuidados, iniciativa que fue derogada tras la llegada al poder de la coalición conservadora-liberal.

Compitió por el liderazgo del Partido Laborista en 2010 y 2015, aunque fue derrotado por Ed Miliband y Jeremy Corbyn, respectivamente. Tras esa segunda derrota tomó una decisión poco habitual entre quienes aspiran a Downing Street: abandonó Westminster para regresar a la política local.

En 2017 fue elegido alcalde del Gran Mánchester, cargo que renovó en 2021 y 2024 con más del 63% de los votos en ambas oportunidades.

Desde esa posición construyó el perfil político que lo llevó al gobierno nacional. Entre sus principales iniciativas se encuentran la Bee Network, que devolvió el transporte de colectivos al control público tras un fallo judicial favorable en 2022 y estableció tarifas reguladas, y el enfrentamiento con el entonces primer ministro Boris Johnson durante la pandemia por los fondos destinados a compensar salarios en el norte de Inglaterra. Ese episodio le valió el apodo de “rey del Norte”.

Al dejar la alcaldía registraba una imagen positiva cercana al 65%, una de las más elevadas entre los principales dirigentes británicos.

Cómo llegó a Downing Street

El regreso de Burnham a Westminster fue el resultado de una operación política impulsada por el propio Partido Laborista.

En enero de este año, el Comité Ejecutivo Nacional había bloqueado su candidatura para ocupar una banca vacante en Gorton y Denton, una decisión respaldada por el entonces primer ministro Keir Starmer.

La situación cambió tras las elecciones locales de mayo, en las que el laborismo sufrió un fuerte retroceso frente al crecimiento de Reform UK. Más de 90 diputados comenzaron a reclamar un cambio de liderazgo y un integrante del gabinete presentó su renuncia.

El 14 de mayo, el diputado por Makerfield, Josh Simons, renunció a su banca con el objetivo explícito de facilitar el regreso de Burnham al Parlamento. Las normas internas del partido exigen ser miembro de la Cámara de los Comunes para competir por el liderazgo.

Se trató de un hecho inusual en la política británica. Fue la primera vez desde 1965 que una elección parcial fue convocada con el propósito declarado de permitir el ingreso al Parlamento de un dirigente externo para disputar la conducción del partido.

Burnham ganó la elección parcial del 18 de junio con el 54,8% de los votos y una ventaja de 9.231 sufragios sobre el resto de los candidatos en conjunto. La participación alcanzó el 58,8%, la más elevada registrada en una elección parcial desde 2019.

Al día siguiente renunció a la alcaldía del Gran Mánchester, como exige la legislación británica. Cuatro días después, Starmer anunció su salida.

Cuando el Partido Laborista abrió formalmente el proceso de nominaciones, el resultado ya aparecía prácticamente definido. Wes Streeting, considerado el único dirigente con posibilidades de disputar el liderazgo, decidió respaldar a Burnham.

El nuevo líder reunió 379 nominaciones, equivalentes al 94% del bloque parlamentario laborista, un respaldo sin precedentes en la historia reciente del partido. El 17 de julio fue proclamado sin competencia y tres días después asumió como primer ministro.

Con su llegada, Burnham se convirtió en el séptimo jefe de gobierno británico desde 2016 y en el quinto que accede al cargo sin haber ganado previamente una elección general, después de Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss y Rishi Sunak.

El Reino Unido deberá celebrar sus próximas elecciones generales, como máximo, en 2029.

Qué propone: el “manchesterismo”

Burnham define su programa económico como “manchesterismo”, un modelo que busca combinar crecimiento económico con mayor intervención pública y una distribución más equilibrada de los beneficios del desarrollo. El propio primer ministro lo presenta como una alternativa al modelo económico británico consolidado desde la década de 1980.

Según su planteo, el Reino Unido enfrenta un problema estructural de baja productividad, elevada desigualdad territorial y fuerte concentración de recursos en Londres. La respuesta, sostiene, pasa por transferir poder político y capacidad de decisión a las regiones.

La propuesta toma como referencia la experiencia desarrollada durante sus años al frente del Gran Mánchester. Entre sus principales iniciativas figuran la recuperación del control público del transporte urbano mediante la Bee Network y la creación de un fondo de 1.000 millones de libras destinado a inversiones coordinadas entre los diez distritos del área metropolitana.

Burnham sostiene que esas políticas demostraron que es posible impulsar el crecimiento económico sin depender exclusivamente del sector privado y que los gobiernos locales pueden administrar competencias hoy concentradas en Whitehall.

Más descentralización y mayor presencia del Estado

Trasladado al plano nacional, el programa contempla un papel más activo del Estado en sectores considerados estratégicos, como energía, agua, vivienda y transporte.

El gobierno también propone profundizar la descentralización administrativa y fiscal mediante la transferencia de mayores competencias y recursos a las regiones. Como señal política, Burnham anunció que dividirá su agenda entre Londres y Mánchester, donde prevé instalar una sede permanente del gobierno que algunos medios ya denominan el “Número 10 del Norte”.

La agenda institucional incluye además una reforma de la Cámara de los Lores para reemplazarla por un Senado integrado por representantes de las naciones y regiones del Reino Unido.

El nuevo primer ministro también se mostró dispuesto a debatir una eventual reforma del sistema electoral, aunque aclaró que cualquier modificación requerirá un mandato específico surgido de una futura elección general.

En política exterior mantuvo la línea de apoyo a Ucrania frente a la invasión rusa y reiteró su respaldo a una solución de dos Estados para el conflicto entre Israel y Palestina.

Burnham fue uno de los primeros dirigentes laboristas en reclamar un alto el fuego en Gaza. También expresó reparos frente a una eventual intervención militar occidental en Irán, una posibilidad que comparó con la invasión de Irak de 2003, conflicto que respaldó como diputado y sobre el cual posteriormente manifestó su arrepentimiento.

El nuevo gabinete

La conformación del gabinete marcó una ruptura con la etapa encabezada por Keir Starmer.

John Healey pasó del Ministerio de Defensa al Tesoro en reemplazo de Rachel Reeves. Ed Miliband fue designado secretario de Relaciones Exteriores, mientras que Yvette Cooper asumió el Ministerio de Salud.

Shabana Mahmood continuó al frente de Interior y Lucy Powell, una de las principales aliadas de Burnham dentro del Partido Laborista, quedó al frente del Ministerio de Educación.

En cambio, dejaron el gabinete David Lammy, que hasta entonces ocupaba la vicepresidencia del gobierno, junto con los ministros de Vivienda y de Negocios.

Las primeras medidas y la reacción de los mercados

Las primeras decisiones del nuevo gobierno buscaron enviar una señal política inmediata.

Burnham ordenó acelerar las políticas destinadas a reducir la situación de las personas que viven en la calle, uno de los ejes de su gestión como alcalde del Gran Mánchester.

Al mismo tiempo anunció la eliminación del IVA sobre el consumo residencial de energía a partir del 1° de octubre. La medida representa un alivio estimado en unas 45 libras anuales por hogar y será financiada mediante la cancelación del programa nacional de identidad digital.

La reacción de los mercados fue inmediata.

Durante su primera jornada como primer ministro, Burnham afirmó que utilizaría toda la flexibilidad permitida por las reglas fiscales para financiar las prioridades de su gobierno. La declaración fue interpretada como una señal de mayor expansión del gasto público.

Los bonos del Tesoro británico retrocedieron y el rendimiento de los títulos a diez años aumentó ocho puntos básicos hasta el 5,04%, mientras que la tasa de los bonos a treinta años subió nueve puntos básicos hasta el 5,75%.

Con el precio internacional del petróleo cerca de los US$ 100 por barril, el rendimiento de la deuda pública británica permaneció por encima del 5% durante toda la semana, el período más prolongado desde julio de 2008. El Reino Unido mantiene así el mayor costo de financiamiento entre las economías del G10.

El aumento de aproximadamente 50 puntos básicos registrado en la curva de rendimientos durante el último mes implica un mayor costo para hogares y empresas, especialmente a través del encarecimiento del crédito hipotecario. Ese efecto supera el ahorro generado por la reducción del IVA sobre la energía y anticipa uno de los principales desafíos económicos que enfrentará la nueva administración.

Por qué importa

El principal desafío político que enfrenta Burnham tiene un nombre: Reform UK.

El partido liderado por Nigel Farage encabezó las encuestas durante buena parte de los últimos dieciocho meses y, en junio, llegó a aventajar al Partido Laborista por ocho puntos porcentuales. Ese avance fue uno de los factores que precipitó la salida de Keir Starmer.

Las primeras encuestas posteriores al cambio de liderazgo muestran una recuperación parcial del oficialismo. Un sondeo de Deltapoll ubicó tanto al laborismo como a Reform UK con el 28% de intención de voto, el mejor desempeño laborista registrado por esa consultora desde marzo de 2025. Otros estudios, sin embargo, mantienen a Reform UK con una ventaja cercana a los dos puntos.

Esos resultados sugieren un efecto inicial favorable para Burnham, aunque todavía resulta prematuro determinar si se trata de un cambio estructural en las preferencias del electorado o del habitual impulso que suele acompañar a la llegada de un nuevo primer ministro.

Una apuesta económica y política

La estrategia laborista parte de un diagnóstico claro: el problema no residía únicamente en el programa de gobierno, sino también en el liderazgo.

Durante los últimos meses, Burnham apareció de forma consistente como uno de los pocos dirigentes británicos con una imagen pública relativamente favorable. Diversas encuestas lo ubicaban como el candidato preferido para ocupar Downing Street, por delante de Nigel Farage y de la líder conservadora, Kemi Badenoch.

Ese capital político explica el amplio respaldo que obtuvo dentro del Partido Laborista y la rapidez con la que se resolvió la sucesión de Starmer.

Sin embargo, la legitimidad política será uno de los primeros desafíos de su gestión. Al igual que Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss y Rishi Sunak, Burnham llegó a Downing Street mediante un proceso interno del partido gobernante y no a través de una elección general.

Aunque ese mecanismo está previsto por el sistema parlamentario británico, la oposición ya comenzó a reclamar un adelanto electoral para que el nuevo primer ministro obtenga un mandato directo de los votantes.

El desafío de financiar el cambio

La otra prueba será económica.

El “manchesterismo” propone ampliar la capacidad de acción del Estado, fortalecer los gobiernos regionales e incrementar la inversión pública para reducir las diferencias territoriales de productividad e ingresos.

La viabilidad de ese programa dependerá, en buena medida, de la capacidad del Tesoro para financiarlo en un contexto de elevados costos de endeudamiento.

El mercado reaccionó con cautela desde el primer día de gobierno y puso de manifiesto la sensibilidad de los inversores frente a cualquier señal de relajación fiscal. Con el rendimiento de la deuda pública británica en máximos de más de una década, el margen para expandir el gasto sin deteriorar la confianza financiera aparece acotado.

Burnham dispone, como máximo, de tres años antes de la próxima elección general para demostrar que su propuesta puede combinar crecimiento económico, equilibrio fiscal y mayor cohesión territorial. De ese resultado dependerá no solo el futuro de su gobierno, sino también la posibilidad de que el laborismo consolide un nuevo modelo económico para el Reino Unido.

spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img

CONTENIDO RELACIONADO