Las lluvias intensas en pocas horas, los récords de precipitaciones y la dificultad de las ciudades para absorber grandes volúmenes de agua en poco tiempo reabrieron el debate sobre la infraestructura hídrica urbana. Con la llegada de El Niño hacia fines de 2026, el foco se posa en redes pluviales y cloacales diseñadas hace décadas, en un contexto de cambio climático, impermeabilización del suelo y envejecimiento de los sistemas de drenaje.
El Servicio Meteorológico Nacional (SMN) confirmó que El Niño podría alcanzar una fuerza considerable hacia fines de 2026. El pronóstico anticipa lluvias superiores a lo normal para octubre, noviembre y diciembre en el Litoral, el oeste de Santa Fe, Córdoba, el centro-sur de Cuyo, La Pampa, el oeste bonaerense y el noreste patagónico. Especialistas comparan el evento con los de 1982-83, 1997-98 y 2015-16, asociados a inundaciones urbanas y pérdidas millonarias.
Además del fenómeno, el calentamiento global suma presión: una atmósfera más cálida retiene más humedad y descarga lluvias más concentradas. El problema, en ese marco, deja de ser solo el acumulado anual y pasa a ser la intensidad en períodos cortos sobre redes que no fueron pensadas para recibirla. En 2025, antes de la llegada de El Niño, la región núcleo agrícola registró en promedio un 21% más de lluvia que en 2024 y superó el límite superior de su rango histórico de 800 a 1.200 mm (BCR-GEA).
Un caso extremo se registró en Bahía Blanca: el 7 de marzo de 2025 cayeron unos 290 mm en 12 horas, casi el triple del récord diario de 1933 (167,6 mm), y la red quedó desbordada. Un estudio internacional atribuyó ese evento principalmente al cambio climático de origen humano. Cuando una red pluvial colapsa, el agua puede ingresar a las cloacas —no dimensionadas para ese caudal— y provocar desbordes en calles y viviendas, con riesgo sanitario.
“Estamos enfrentando lluvias actuales con una parte de la infraestructura concebida bajo parámetros del siglo pasado. El desafío no es solamente reemplazar cañerías: es repensar cómo captamos, conducimos, retenemos y eventualmente reutilizamos el agua dentro de las ciudades”, señaló Sandra Perez, directora de producto de Amanco Wavin.
La impermeabilización urbana agrava el escenario: calles asfaltadas, veredas, estacionamientos y edificios reducen la superficie que absorbe agua, aceleran el escurrimiento y elevan el riesgo de anegamientos cuando coinciden tormentas intensas y drenajes insuficientes.
Entre los datos citados, Buenos Aires acumuló 1.159,3 mm en 2024 y Aeroparque 1.274,9 mm. Rosario pasó de 561,1 mm en 2022 a 1.062,9 mm en 2024 y en el invierno de 2025 registró 264,9 mm, superando el récord invernal de 1972. Mendoza mostró un aumento de 8-9% en las nuevas normales climatológicas, según el SMN.
Según el Banco Mundial, las inundaciones cuestan a la Argentina en promedio unos US$ 1.000 millones por año. “El Niño no crea el problema: lo deja a la vista. Nuestras ciudades conducen el agua con redes pensadas para lluvias de hace cincuenta o cien años, y hoy recibimos en una tarde lo que antes llovía en un mes. Agrandar los caños ya no alcanza; hay que ampliar las redes pero, al mismo tiempo, también darle al agua lugares donde quedarse”, agregó Perez.
Como líneas de acción, la compañía planteó diagnóstico y monitoreo de redes —priorizando tramos de más de 50 años—, renovación con materiales de larga vida útil, rehabilitación “Sin Zanja” en zonas urbanas, Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible (SUDS) para retener e infiltrar agua con soluciones subterráneas como Wavin AquaCell (190 litros por celda, plástico 100% reciclado) y mantenimiento preventivo de sumideros y conductos antes de la temporada de tormentas.












