Un escritor se debe a sus lectores. Hace unos días, un amigo que recibe mis artículos por la cadena de difusión de WhatsApp por la que los distribuyo me pidió que escribiera sobre este tema. Para mí es imposible explicar los fenómenos tecnológicos, económicos, políticos y sociales que hoy están ocurriendo en textos cortos. La complejidad del mundo actual necesita ser explicada con profundidad, sencillez y simpleza, para que, sin importar el nivel educativo del lector, pueda comprender los fenómenos descritos. Esa es mi pasión: hacer explicable lo complejo para todos. Mi lucha es contra la asimetría de la información, que es el arma que están usando para quitarnos nuestro dinero, nuestra libertad y nuestro poder de agencia.
La IA: Toda tecnología tiene un diseño que emana del Poder
Lo primero que debemos entender es que la IA es un fenómeno tecnológico, pero también, y, sobre todo, eminentemente político. Como bien dice Feenberg, las tecnologías son diseñadas por el poder para cumplir los objetivos que éste persigue.[1] El diseño de la tecnología viene del poder. El diseño de una IA es un acto de poder tecnológico y político no democrático, ya que todo el poder de decisión sobre su diseño y los objetivos que tiene en mira cumplir, está concentrado en el poder corporativo, que no es electo por la ciudadanía.
Por sus efectos en la sociedad, la IA debería ser democrática, transparente, auditable, explicable, responsable, con intervención institucional y regulación, que respete todos los principios republicanos y derechos humanos fundamentales. El diseño de una IA que solo tenga en vista la eficiencia económica y la acumulación de poder es un acto antidemocrático que destruye la economía, la democracia, la comunidad y la epistemología que sustentan el funcionamiento de la sociedad entera.
¿Por qué es tan importante que se cumplan estos principios en el diseño de la IA y las tecnologías digitales? Porque el diseño es realizado por corporaciones privadas que solo tienen como fin el cumplir objetivos privados, y la afectación que estas tecnologías tienen en la sociedad es de tal magnitud que destruyen el interés público, la comunidad, la comunicación, la economía, la democracia, la forma de relacionarnos, todo lo necesario para tener una democracia ilustrada con ciudadanos saludables y educados, republicana, con una economía sostenible y equitativa que conserve un medio ambiente saludable.
La “Trampa de los Despidos de la IA”: la eficiencia que destruye la demanda. No existe capitalismo sin consumo
Veamos lo que pasa con el empleo. Dos economistas demostraron matemáticamente que la IA, si continúa con su actual implementación, destruirá la economía. Investigadores de Wharton y la Universidad de Boston publicaron un artículo titulado “The AI Layoff Trap”.[2] Mapearon el fin del juego económico de la transición a la IA y exponen un defecto fatal en el capitalismo financiero-tecnológico, llegando a las siguientes conclusiones.
Cuando una empresa reemplaza a un trabajador con IA, captura el 100% de los ahorros salariales, lo que es una ganancia corporativa privada exclusiva, pero el trabajador desplazado también es un consumidor. Cuando pierde su empleo, deja de consumir y eso tiene un impacto brutal en la macroeconomía. No hay capitalismo sin consumo.
La empresa obtiene todos los ahorros en salarios, pero la pérdida de la demanda del consumidor se distribuye por toda la economía. Lo más nefasto es que los incentivos están programados para que todos corran desesperadamente hacia la automatización para hacerse más competitivos. Si hay 20 competidores en un mercado, un CEO solo absorbe 1/20 de los daños económicos que sus despidos acaban de crear. Por lo tanto, cada CEO racional tiene un incentivo matemático para automatizar lo más rápido posible. Pueden ver literalmente el precipicio acercándose y, aun así, pisan el acelerador.
Se desata un dilema del prisionero inevitable. Si no automatizás, tus competidores lo harán y te aplastarán en precio. No solo daña a los trabajadores, destruye también las empresas. La economía queda atrapada en una carrera armamentística de automatización. Las empresas despiden a su fuerza laboral para mantenerse competitivas, hasta que toda la base de consumidores queda completamente vaciada.
El resultado, según el propio modelo, es que “las empresas automatizan su camino hacia una productividad ilimitada y una demanda cero” (Falk & Tsoukalas, 2026).[2]
Los investigadores probaron matemáticamente cada solución popular. ¿Ingreso Básico Universal? Falla. Eleva el nivel de vida, pero no cambia el incentivo corporativo para recortar empleos. ¿Reconversión? Falla. ¿Equidad para trabajadores? Falla. El artículo demuestra que más competencia hace que el colapso ocurra más rápido, y una IA “mejor” hace que el daño sea más profundo. Más eficiencia equivale a menos tejido social y economía saludable. ¿Por qué? Este efecto se produce porque el diseño persigue únicamente fines deseados por las corporaciones o sea rentabilidad y productividad, no por la ciudadanía.
Lo único que matemáticamente detiene el colapso es un impuesto a la automatización dirigido, obligando a las empresas a pagar por el poder adquisitivo que destruyen antes de automatizar el empleo. Esto es un cambio regulatorio en los incentivos, aunque, como bien advierto, si viene de la mano de una mayor carga impositiva puede que no actúe de la manera prevista por los investigadores y tenga efectos no deseados. Predecir el futuro es una tarea casi imposible; tratar de imaginar cómo los Estados invertirán este nuevo impuesto y cómo reaccionarán los trabajadores a esta nueva realidad subsidiada es casi imposible.
Aquí tenemos un claro ejemplo de cómo la “eficiencia económica” a nivel de cada firma individual se torna social y macroeconómicamente ineficiente.
La necesidad de una IA democrática: por qué la sociedad necesita que, con el mayor debate posible, todos participemos en la elección de los objetivos que perseguirá la IA en su implementación.
El centro del problema está en el diseño de la IA y en su implementación económica, donde el único y principal objetivo tenido en miras por el diseño es el ahorro de costos para aumentar la rentabilidad y la productividad de las empresas. En este tipo de diseño, la “eficiencia” del sistema solo trae beneficios a las corporaciones porque ellos son quienes los eligen, programan e implementan, generando que una tecnología de tremendo poder innovador y de cambio económico-social, solo los beneficie a ellos. Esa conducta es un acto antidemocrático y antirrepublicano cuyo efecto es privatizar el debate y la realización del bien público, que pasa identificarse con perseguir sus intereses privados.
Sin embargo, el buen funcionamiento de la sociedad en su conjunto, el bien común, muchas veces se alcanza mediante conductas que, desde el punto de vista económico corporativo sesgado por la rentabilidad y productividad, pueden ser tildadas de “ineficientes”. La democracia, la república, los derechos humanos, la comunidad, la comunicación y el debate público necesitan cierta “ineficiencia” —tiempo, deliberación, redundancia y recursos gastados sin el criterio de inversión-retorno, porque a veces la flor más bella florece en el desierto más árido— para funcionar. Una sociedad crece cuando logra generar los recursos humanos más saludables, educados, informados y con fuertes convicciones de valores ético-morales sobre el valor de sostener su comunidad con equidad, solidaridad y justicia, porque saben que ellas son las parteras de las nuevas generaciones que mantendrán la prosperidad del conjunto.
El poder genera en los individuos que lo poseen el terrible miedo de perderlo; toda su psique y autoestima gira sobre el hecho de mantener la posesión del poder. Creen que si lo pierden no tendrán ni reconocimiento ni afecto de los demás. A ello debemos sumar que, salvo excepciones que confirman hipótesis, la opulencia que trae aparejada la situación de poder, los vuelve individuos refractarios al esfuerzo, intolerantes a los procesos, a la espera, sin capacidad de resistir el sufrimiento. Se entregan a todas las formas de hedonismo posibles, porque el placer corporal o de consumo ilimitado es lo único que calma la sensación de vacío y ansiedad que colma sus vidas. La negatividad en todos los aspectos de la vida es nuestra mejor maestra para el crecimiento; ella moldea nuestra personalidad e intelecto, nutriéndolo de resiliencia y experiencia, dando sentido, dignidad y valor a la vida. La falta de contacto con la negatividad genera que, salvo contadas excepciones, los poderosos sean los menos preparados y empáticos para ejercer el poder. Por ello, sus diseños de tecnologías tienen como objetivos primordiales lograr la conservación de su poder, sin que para ello se tenga en cuenta sus aptitudes, intelectualidad y valores éticos. Mediante diseños tecnológicos que concentran la información, generen criterios de verdad únicos con pretensión de ser indiscutibles, para que, mediante la toma de decisiones basada en la asimetría de la información, el proceso de acumulación de poder y rentabilidad se perpetúe en ellos y sus descendientes. Este bucle de retroalimentación de diseño-tecnología-poder-
Un amigo muy cercano tiene una frase muy gráfica: “El capitalismo es un juego de canicas, donde está todo permitido, salvo quedarse con todas las canicas, porque si eso pasa el juego acabó”. La IA quiere tomar todas las canicas: todos los conocimientos, información y arte; todas las ganancias; todo el poder; todas las profesiones y empleos; todo privado, sin cuidar el bien común, o sea, la sociedad toda. Este diseño destruye toda la trama social, económica y política que genera los recursos humanos que mantienen la sociedad funcionando, el medio ambiente más o menos cuidado.
La “ineficiencia” entendida como evitar que los más ricos y poderosos se queden con todos los recursos, conocimientos, información, arte, profesiones y empleos vía las máquinas, es necesaria para conservar una sociedad, democracia, república, economía y medio ambiente saludables. La eficiencia no debería medirse únicamente en términos de rentabilidad, acumulación de poder o velocidad para llegar a soluciones: es un concepto que debe incorporar un sentido social, epistemológico, humano y ambiental. Todas las decisiones de diseño tecnológico deberían tener como fin un uso de la tecnología y los recursos orientado a lograr formar seres humanos saludables, educados, informados, resilientes, esforzados y con fuertes valores éticos comunitarios. Cada ser humano que formamos con esas cualidades es una esperanza de lograr un mundo mejor, no importa donde nazca o a que clase social pertenezca.
Generar sociedades que generen un Einstein, Newton, Mozart, Picaso, Maldacena o Rabinovich es una función social irrenunciable, que se realiza de manera misteriosa, pero parte de la fórmula para hacerlo depende de la ineficacia en el sentido propuesto. Ellos valen cada uno más que un Mercado Libre o un Amazon.
El costo de la eficiencia mal entendida: el caso de Facebook y el genocidio rohingya
Cuando surgieron las redes sociales como Facebook, sus algoritmos fueron instruidos para buscar la máxima implicación de los usuarios, con el fin de tener su atención cautiva el mayor tiempo posible. Los estudios demostraron que las noticias falsas, con contenido violento y morboso, lograban con gran “eficiencia” ese fin.
Con el objetivo de la eficiencia y la rentabilidad, Meta terminó siendo cómplice del genocidio de una minoría. A partir de agosto de 2017, las fuerzas de seguridad de Myanmar lanzaron una campaña sistemática de violencia contra la minoría musulmana rohingya en el estado de Rakhine —ejecuciones, violaciones masivas y quema de aldeas—, tras décadas de discriminación estatal previa. Más de 700.000 personas huyeron hacia Bangladesh.[5] En 2022, EE.UU. calificó formalmente esa campaña como genocidio[4]. La Misión de Investigación de la ONU concluyó que las redes sociales, y en particular Facebook, jugaron un rol “significativo”, incluso “determinante”, en las atrocidades, en un país donde, en palabras de la propia misión, “Facebook es Internet”.[3]












