La competencia entre China y Estados Unidos por la inteligencia artificial puede estar entrando en una etapa diferente. Hasta ahora, la discusión se concentró principalmente en quién dispone del modelo más avanzado, quién produce los mejores chips o quién construye los mayores centros de datos. La propuesta presentada por Xi Jinping ante los BRICS introduce otra dimensión: quién conseguirá convertir su tecnología en la infraestructura de inteligencia artificial del resto del mundo.
Durante la cumbre que se celebra en Nueva Delhi, el Presidente chino propuso crear una BRICS AI Open Source Zone, una zona de código abierto destinada a promover la cooperación en grandes modelos de lenguaje, entrenamiento de sistemas y desarrollo de un ecosistema abierto de IA. China asumiría el liderazgo de la iniciativa. Xi también planteó profundizar la cooperación entre zonas económicas especiales y crear un foro de comercio de servicios.
El escenario tiene una escala considerable. A los cinco integrantes originales —Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica— se sumaron Egipto, Etiopía, Indonesia, Irán y Emiratos Árabes Unidos, además de una red de países asociados. La ampliación transformó al grupo en una plataforma heterogénea que reúne economías con intereses políticos muy diferentes, pero con una característica común: una importante presencia del denominado Sur Global.
Más que una competencia entre modelos
La iniciativa merece atención porque el negocio de la inteligencia artificial no termina en los modelos.
Estados Unidos concentra buena parte de la infraestructura tecnológica sobre la que se desarrolla actualmente la IA comercial. OpenAI, Anthropic, Google y Microsoft ocupan posiciones relevantes en modelos y servicios en la nube, mientras Nvidia conserva un papel central en los aceleradores utilizados para entrenarlos y ejecutarlos.
China intenta construir una alternativa con características distintas. La oferta potencial combina modelos abiertos, infraestructura en la nube, centros de datos, financiamiento y una industria doméstica de semiconductores que Pekín intenta desarrollar con rapidez.
La diferencia resulta especialmente importante para países que todavía están construyendo su infraestructura digital. Un Gobierno, una universidad o una empresa de África, América Latina o Asia no necesariamente necesita acceder al modelo más avanzado disponible. Puede valorar otros factores: costo, posibilidad de instalar el sistema en infraestructura propia, acceso al código, disponibilidad de financiamiento y menor dependencia de proveedores externos.
Es allí donde la propuesta de Xi adquiere dimensión estratégica.
El antecedente de las telecomunicaciones
China ya recorrió un camino semejante con las telecomunicaciones.
Durante las últimas dos décadas, empresas chinas ampliaron su presencia internacional mediante una combinación de tecnología, equipamiento, financiamiento y capacidad de ejecución. Huawei se convirtió en uno de los ejemplos más visibles de esa estrategia.
La ventaja no consistía necesariamente en ofrecer en cada momento la tecnología más avanzada del mercado. La capacidad competitiva estaba en proporcionar una solución completa, disponible y financiable.
La inteligencia artificial podría reproducir parcialmente ese esquema.
En lugar de exportar únicamente un modelo, China puede intentar exportar un ecosistema: servidores, centros de datos, servicios en la nube, modelos abiertos, herramientas para desarrolladores y financiamiento para desplegar esa infraestructura.
Los BRICS pueden convertirse en uno de los vehículos políticos para hacerlo.
Una plataforma para el Sur Global
La creación de una zona de código abierto dentro del bloque permitiría institucionalizar una cooperación que hasta ahora se desarrolla principalmente entre empresas, universidades y Gobiernos.
Xi planteó que el mecanismo impulse la cooperación en grandes modelos de lenguaje y entrenamiento de IA. También reclamó avanzar hacia un marco internacional de gobernanza de esta tecnología.
La propuesta se complementa con otras iniciativas económicas. China planteó una asociación entre zonas económicas especiales de los países miembros y anunció un foro BRICS de comercio de servicios para 2027. El objetivo es avanzar hacia un mercado más integrado y cadenas industriales y de suministro más estables.
Existe una lógica común detrás de esos proyectos: transformar a los BRICS de foro político en una estructura capaz de generar mecanismos concretos de integración económica y tecnológica.
No será sencillo. India y China son competidores estratégicos y mantienen intereses tecnológicos propios. Brasil busca preservar margen de maniobra entre Washington y Pekín. Rusia e Irán enfrentan sanciones occidentales, mientras Emiratos Árabes Unidos conserva relaciones económicas y de seguridad estrechas con Estados Unidos.
Precisamente esa heterogeneidad permite medir el alcance político que pretende alcanzar el bloque.
Un consenso inesperado
La cumbre ofreció otra señal de esa capacidad de negociación. Los integrantes aprobaron por unanimidad la Declaración de Nueva Delhi, pese a las diferencias existentes sobre el conflicto en Medio Oriente.
El documento expresa “profunda preocupación” por la escalada y reclama “máxima moderación”, además de evitar acciones que puedan agravar la situación. También sostiene la resolución de las disputas internacionales mediante diálogo, consulta y diplomacia.
El acuerdo resultaba particularmente difícil porque dentro de los BRICS conviven Irán y Emiratos Árabes Unidos. Ambos respaldaron finalmente la declaración, mientras el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, mantuvo una reunión con el príncipe heredero de Abu Dhabi durante la cumbre.
Sin embargo, la declaración diplomática puede terminar teniendo menos consecuencias económicas que la iniciativa tecnológica presentada por China.
La disputa por los próximos cien países
La carrera internacional por la inteligencia artificial suele medirse mediante pruebas de rendimiento: si DeepSeek alcanza a OpenAI, cuánto mejora un nuevo modelo de Google o qué capacidad ofrecen los próximos chips de Nvidia.
Puede ser una manera demasiado estrecha de observar el fenómeno.
La competencia decisiva podría darse entre ecosistemas tecnológicos completos. Uno articulado alrededor de proveedores estadounidenses, infraestructura propietaria y servicios globales en la nube. Otro construido alrededor de modelos abiertos, infraestructura china y estándares promovidos desde Pekín.
No significa que el mundo vaya necesariamente hacia dos sistemas cerrados. Empresas y países pueden utilizar tecnologías de ambos lados. India, Brasil o Emiratos Árabes Unidos difícilmente acepten quedar subordinados a una única arquitectura tecnológica.
Pero la expansión de los BRICS proporciona a China algo que hasta ahora le faltaba en la carrera por la IA: una plataforma política internacional desde la cual distribuir su ecosistema tecnológico.
La pregunta estratégica, entonces, deja de ser solamente si el próximo DeepSeek consigue superar al próximo modelo de OpenAI.
La cuestión de mayor alcance es qué tecnología terminarán utilizando los Gobiernos, universidades y empresas de los próximos cien países que incorporen inteligencia artificial de manera masiva.
Allí puede definirse una parte considerable de la próxima etapa de la competencia tecnológica mundial.












