En 2026, María Laura Russo, asesora y CEO de Mixel Comunicación y Marketing, plantea que se instaló una expectativa sobre el liderazgo basada en la intensidad permanente: carisma incombustible, motivación constante y discursos épicos como respuesta automática a la incertidumbre macroeconómica. Frente a ese modelo, propone reivindicar el “liderazgo de baja intensidad” como una alternativa vinculada a la madurez estratégica.
La autora describe un costo que, a su criterio, empieza a hacerse visible en las organizaciones: la fatiga por sobreestimulación. En ese marco, ubica al “imperativo de la hipermotivación” —que “muchas veces bordea la positividad tóxica”— como un factor que puede deteriorar el funcionamiento cotidiano. El planteo no se orienta a promover pasividad ni falta de compromiso, sino a revisar el modo en que se ejerce la conducción cuando el contexto presiona por respuestas rápidas y demostraciones constantes de energía.
Russo sostiene que, en entornos donde la ansiedad social y económica “ya está en niveles máximos”, un equipo de trabajo no necesita que el liderazgo sume “más ruido, urgencias artificiales o arengas que suenan desconectadas de la realidad de la calle”. En su enfoque, la función central del directivo pasa por aportar estabilidad y reducir la volatilidad interna, en lugar de amplificarla.
“El verdadero valor de un directivo hoy radica en su consistencia”, dijo María Laura Russo, asesora y CEO de Mixel Comunicación y Marketing. Esa consistencia se expresa, según su definición, en un estilo predecible, calmo y enfocado en la estabilidad operativa de la organización. La previsibilidad, agrega, dejó de ser un rasgo secundario para convertirse en “un beneficio emocional cada vez más buscado por los colaboradores”.
Uno de los ejes del cambio propuesto se concentra en la comunicación interna. Russo cuestiona la idea, extendida en manuales tradicionales, de que liderar equivale a “comunicar sin parar”, llenar casillas de correo con novedades y armar comités ante cada imprevisto. En su lectura, la gestión de la información requiere trabajo y también la capacidad de administrar silencios.
“El silencio estratégico y la pausa programada son herramientas de gestión fundamentales para bajar la velocidad del teclado y elevar la calidad del pensamiento”, dijo María Laura Russo, asesora y CEO de Mixel Comunicación y Marketing. En esa línea, afirma que un líder de baja intensidad sabe cuándo callar para que el equipo procese, cuándo “frenar la pelota” para analizar escenarios y cómo comunicar certezas en lugar de promesas grandilocuentes.
El planteo se completa con una definición cultural: la reputación y la cultura de una empresa, sostiene, se apoyan en el orden y la coherencia. Desde esa base, propone pasar del “líder heroico” al “líder contenedor”, regular la propia intensidad y elegir “la verdad calmada por encima del entusiasmo sobreactuado”.












