jueves, 28 de mayo de 2026

    El dinero (II)

    En el uso más común
    que se le da al término dinero, pareciera ocioso ponerse a reflexionar
    acerca de quiénes demandan dinero, en qué cantidad y por qué.
    La respuesta obvia es: todos, y cuanto más, mejor. Pero, si nos ponemos
    un poco más estrictos con el uso de la terminología, veremos que
    esta respuesta esconde en realidad una confusión entre dinero y riqueza.
    Para comenzar, entonces, vale la pena hacer una aclaración semántica
    acerca de qué es el dinero para los economistas.

    El dinero es sólo una de las formas en las que puede mantenerse la riqueza
    de los individuos. Más aún, probablemente sea la menos importante
    de todas.

    Cuando decimos que una persona tiene mucho dinero, en realidad queremos dar
    a entender que esa persona tiene un gran stock de riqueza, y esa riqueza
    se mantiene en las formas más variadas: inmuebles, automóviles,
    fábricas, barcos, joyas, otros bienes y activos financieros. Entre estos
    últimos puede haber acciones, títulos públicos y dinero.
    No parece descabellado suponer, a partir de esta enumeración, que el
    dinero debe ser una de las formas menos utilizadas para mantener la riqueza,
    de modo que podemos concluir que, paradójicamente, los muy ricos pueden
    ser los que (proporcionalmente) menos dinero tienen.

    Los atributos del dinero

    ¿A qué llamamos dinero? Para responder a esta pregunta conviene
    repasar previamente, del capítulo anterior, las cualidades que exigimos
    de un activo para que merezca tal denominación. La más importante
    es que debe ser un medio de pago universalmente aceptado.

    Lo que diferencia a una economía de trueque de una economía monetaria
    es que, en esta última, sólo el dinero se usa para cobrar por
    lo que uno vende y para pagar por lo que uno compra. El hecho de que exista
    algo como el dinero, para comprar y vender, nos facilita extraordinariamente
    la vida. (De otra forma, un economista sólo podría hacer un asado
    cuando encontrara un carnicero necesitado de un análisis de consultoría.)

    De esta cualidad del dinero se derivan las otras dos. Su condición de
    medio de pago universal lleva a que los precios de los bienes tiendan a ser
    fijados en unidades de dinero y éste pase a tener el papel de unidad
    de cuenta de la economía. Por otra parte, puesto que es un medio de pago,
    resulta posible, en condiciones normales, guardarlo para transferir su poder
    de compra hacia el futuro, con lo cual llegamos a la tercera propiedad, es decir,
    la de actuar como reserva de valor.

    Podemos ahora responder la pregunta que nos hicimos unos párrafos más
    arriba: llamamos dinero al activo o los activos que cumplen con alguna o todas
    estas propiedades.

    Para entrar al tema de manera más directa, digamos que actualmente en
    nuestro medio se manejan dos definiciones de dinero. Una, más estricta,
    incluye al efectivo en circulación más los depósitos en
    cuenta corriente, y es denominada M1. La otra, más amplia, engloba, además
    de los señalados, a los depósitos en caja de ahorro y a plazo
    fijo en moneda local y en moneda extranjera, y se denomina M3.

    Está claro que la primera definición apunta a activos que, como
    pueden utilizarse sin trámites intermedios ni costos, como instrumentos
    de pago, los economistas llamamos activos líquidos. La segunda
    definición incluye, además, otros activos que cumplen mejor que
    los primeros la función de actuar como reserva de valor pero tienen una
    menor liquidez.

    Los depósitos a interés se demandan como una forma más
    de mantener la riqueza y son, en este sentido, asimilables a cualquier otro
    activo financiero que devengue un rendimiento. Su demanda, entonces, será
    mayor o menor si el rendimiento esperado, es decir, la tasa de interés,
    es mayor o menor que el de otros activos alternativos.

    Si nos ponemos más estrictos podemos decir que, como son más
    líquidos que, por ejemplo, una acción, pues sabemos que a la fecha
    de vencimiento vamos a cobrar un monto ya determinado y no tenemos que salir
    a buscar un comprador y negociar su precio, tal vez prefiramos un depósito
    a plazo fijo antes que una acción a un mismo rendimiento esperado. Otra
    diferencia a favor de los depósitos es que tienen montos mínimos
    bajos y no involucran costos de entrada y salida como las acciones o los títulos
    públicos negociados en el mercado de valores.

    Resulta más interesante indagar acerca de los motivos que nos llevan
    a demandar las formas más líquidas de dinero, es decir, efectivo
    y depósitos en cuenta corriente, teniendo en cuenta que no rinden ningún
    tipo de interés, a diferencia de otras posibles formas de mantener nuestra
    riqueza.

    La preferencia por la liquidez

    Las razones por las que demandamos este tipo de activos tienen más que
    ver con la primera de las funciones del dinero, es decir, la de ser un medio
    de pago. Demandamos dinero en la forma de M1 para llevar adelante las transacciones
    que realizamos. Alguien podría preguntarse, a esta altura, por qué
    no mantenemos nuestro dinero en la forma de un activo que rinda algún
    interés y lo vamos transformando en efectivo cada vez que lo necesitamos.
    La pregunta es válida, la respuesta es que sería muy engorroso
    tener que ir al banco a hacer un retiro o llamar a nuestro agente de bolsa cada
    vez que vamos a pagar un boleto de colectivo, un taxi, el diario, una comida,
    etc. Primera respuesta: cuantas más transacciones realizamos, más
    dinero demandamos.

    Sin embargo, hacerse del efectivo necesario para concretar una transacción
    tiene un costo (en caminatas al banco, en tiempo de espera en la cola, en llamadas
    telefónicas, en incertidumbre acerca de si efectivamente vamos a poder
    contar con el dinero que necesitamos, etc.). Cuanto mayor sea la tasa de interés,
    más dispuestos estaremos a incurrir en ese tipo de costos y, por lo tanto,
    menos dinero demandaremos. Segunda respuesta: cuanto más alta es la
    tasa de interés, menos dinero demandamos.

    Concluimos, entonces, que la demanda de M1 será mayor cuando mayor sea
    nuestro ingreso (y, por lo tanto, realicemos un mayor número de transacciones)
    y cuando menor sea la tasa de interés. Y lo que vale para cada uno de
    los individuos que demandan dinero, vale para el conjunto de la sociedad. Así,
    se puede decir que la demanda agregada de dinero, en su versión más
    estricta (M1), será proporcional al PBI y que el factor de proporcionalidad
    estará dado por la preferencia por liquidez de la sociedad (L), tal como
    puede verse en la siguiente expresión:

    M1 = PBI * L

    Como ya vimos, L depende de la tasa de interés (cuanto mayor sea ésta,
    menor será la preferencia por liquidez), de los costos de pasar de activos
    menos líquidos a dinero ­y viceversa (cuanto mayores sean éstos,
    mayor será la preferencia por liquidez)­ y de otros factores a los
    que vamos a referirnos en un momento.

    Haciendo un sencillo pasaje de términos en la expresión anterior,
    podemos definir L como:

    L = M1/PBI

    El término de la derecha de la expresión anterior es lo que en
    la jerga económica se denomina coeficiente de monetización (en
    este caso de M1, pero puede definirse para otros agregados monetarios como,
    por ejemplo, M3), y es un indicador muy interesante de la cantidad de billetes
    y monedas y depósitos en cuenta corriente que una sociedad demanda. Al
    estar expresado en términos de PBI corriente permite realizar comparaciones
    intertemporales, incluso en economías inflacionarias, y comparaciones
    entre diferentes países, aun cuando tengan un grado de desarrollo muy
    dispar.

    En el cuadro que sigue podemos ver el grado de monetización de la economía
    argentina para dos de los agregados monetarios posibles: la primera relación
    (M1/PBI) muestra la demanda de dinero nacional, en su definición más
    estricta, como proporción del flujo de bienes y servicios que la sociedad
    crea en un año. La última columna muestra la misma relación
    pero para el agregado más amplio para el que se dispone de información
    (M3*) que incluye los depósitos a plazo y los saldos de las cuentas corrientes,
    en dólares. Se aprecia que en los últimos años esta proporción
    ha oscilado alrededor de 20%. ¿Es esto mucho o poco?

    Indicadores
    de monetización en la Argentina (en miles de millones)
      M1 M3* PBI M1/PBI (%) M3*/PBI (%)
    1994 17.175 53.418 281.645 6,1 19,0
    1995 16.512 50.437 279.543 5,9 18,0
    1996 19.366 60.333 297.359 6,5 20,3
    1997 22.900 74.406 323.950 7,1 23,0

    Para poder comparar hemos volcado en el siguiente cuadro información
    relativa a tres países de desigual nivel de desarrollo y ubicación
    geográfica. Aunque el agregado utilizado (M2) difiere en su denominación,
    es comparable a nuestro “M3*”. Se aprecia que los ratios de la Argentina
    se ubican bien por debajo de los de otras naciones. Esto, por supuesto, no es
    casual y se relaciona con nuestra pasada historia de inflación crónica
    y episodios hiperinflacionarios.

    Las innovaciones financieras

    Si observáramos la evolución de una serie lo suficientemente
    larga del coeficiente de monetización de M1 en un país con precios
    estables y con un mercado financiero desarrollado, veríamos que esta
    serie presenta una clara tendencia decreciente en el largo plazo.

    Indicadores de monetización
    (M2/PBI)
      Chile Italia EE.UU.
    1982 34,1 64,4 63,2
    1983 34,4 63,9 64,9
    1984 34,6 62,7 64,8
    1985 33,6 62,4 66,8
    1986 35,0 61,5 69,7
    1987 34,4 60,8 70,0
    1988 34,4 59,0 67,9
    1989 35,0 59,1 67,1
    1990 36,1 59,1 67,0
    1991 35,1 59,2 67,7
    1992 34,1 60,5 66,1
    1993 35,3 62,5 63,6

    La razón de esta tendencia es que, a medida que los mercados financieros
    crecen, aparecen nuevos productos que, en muchos casos, reducen la necesidad
    de contar con dinero en efectivo.

    La más usual de las, así llamadas, innovaciones financieras es
    la tarjeta de crédito, un instrumento que permite realizar una gran cantidad
    de transacciones sin utilizar ninguna de las formas de dinero comprendidas en
    M1 y concentrar la demanda de éste en un solo día, el de vencimiento
    de la liquidación. La posibilidad de debitar automáticamente esta
    liquidación del saldo de una caja de ahorro es otra innovación
    que reduce esta demanda a cero.

    Otra conocida innovación que reduce la demanda de M1 es el cajero automático
    que, cuando funciona bien, reduce los costos vinculados a la necesidad de hacernos
    con el efectivo.

    La inflación
    (cuando nadie quiere dinero)

    Hablábamos de los efectos de las innovaciones financieras en un país
    con precios estables, no porque en una economía inflacionaria estos efectos
    no se verifiquen, sino porque son ocultados por el hecho que, bajo inflación,
    el dinero comienza a perder poco a poco sus cualidades y su demanda se reduce,
    ya no por las innovaciones financieras, sino porque deja de cumplir con sus
    funciones y es reemplazado por otros activos que las cumplen mejor.

    Como señaláramos en la nota anterior, la primera de las funciones
    que el dinero pierde en una economía inflacionaria es la de actuar como
    reserva de valor, sobre todo si nos restringimos a la definición más
    estricta (M1).

    Esta forma de mantener dinero, que no es retribuida por el pago de intereses,
    deja de ser un medio apto para transferir poder de compra hacia el futuro, pues
    en el futuro los precios de las cosas van a ser más altos y el consumo
    que podamos realizar entonces será inferior al que pospongamos en el
    presente y hayamos congelado en la forma de dinero.

    En la medida que la tasa de inflación aumenta, y especialmente si llega
    al estadio de la hiperinflación, el dinero también deja de ser
    unidad de cuenta (los precios pasan a expresarse, por ejemplo, en dólares)
    y también comienza a ser dejado de lado como medio de pago. Recuerde
    el lector que durante los procesos hiperinflacionarios que vivió la Argentina
    entre 1989 y 1990, los precios comenzaron a cotizarse en dólares y algunas
    transacciones, como la compra-venta de propiedades o de automóviles,
    sólo se podían realizar en esa moneda.

    La estabilidad
    (cuando todos quieren dinero)

    Contrariamente a lo que ocurre con la inflación, cuando se retoma la
    estabilidad de precios la demanda de dinero aumenta al ritmo que éste
    va recuperando sus funciones. La Argentina, a partir de 1991, es buen ejemplo
    en este sentido. Estos movimientos, por su magnitud y por ocurrir en lapsos
    relativamente breves, en comparación con los efectos de las innovaciones
    financieras, tienden a disimular la importancia de estas últimas, ya
    sea porque los ocultan cuando la inflación crece o porque los compensan
    en exceso cuando se alcanza la estabilidad de precios y se consolida la confianza
    en que el gobierno será capaz de mantener esa estabilidad.

    Debe reconocerse, en este sentido, que aunque la convertibilidad limita severamente
    la posibilidad de utilizar la política monetaria como instrumento de
    política económica, ha tenido entre sus virtudes, en la medida
    en que permitió un rápido aumento de la demanda de dinero, haber
    revitalizado el uso del instrumento más eficiente que se conozca para
    la realización de las transacciones económicas.

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