viernes, 1 de mayo de 2026

    Historias de las casa rosada

    La Secretaría Legal y Técnica, un verdadero “poder detrás del trono”, ha sido históricamente un centro de conflictos y escenario de duras luchas por el poder. Por ahora, Raúl Granillo Ocampo ha vuelto simplemente a jugar al tenis en Olivos, trocando su barroco despacho de la Casa de Gobierno, en las cercanías del ámbito presidencial, por el bucólico “court” deportivo que parece albergar casi exclusivamente las otoñales manifestaciones recreativas del Primer Mandatario.

    Es que la relación entre ambos no se ha resentido: no en vano Granillo fue, durante su reciente periplo oficial, el hombre de más sólido asesoramiento legal y técnico del Presidente, haciendo honor al cargo que rehabilitó y proyectó en una dimensión política que no tenía antecedentes.

    Paradójicamente, esa proyección selló su suerte: el esquema de poder vigente no toleró esa “jesuítica” presencia en la Casa de Gobierno, y lo hizo, justificadamente, el blanco de las críticas por las divulgaciones oficiales y trascendidas de los problemas internos que afectaron la marcha de la gestión oficial en los últimos meses.

    Granillo fue durante mucho tiempo la mejor golosina periodística: los hombres de prensa siempre tuvieron un hueco en la agenda del hombre del Presidente, allí mismo, a las puertas del despacho presidencial, donde el apetito informativo se alimentó tanto del contacto con el extrovertido funcionario cuanto de la espera en ese privilegiado ámbito viendo el ir y venir del conmocionado elenco oficial.

    Exceso.

    Baste la sola mención de un exceso: alguien del ejercicio periodístico aprovecho la dulce vigilia para en una oportunidad “colarse” en el despacho presidencial e intentar, sin los protocolares pasos previos, un reportaje a ese nivel.

    Granillo fue funcionario en la gobernación “menemista” de La Rioja; de sólida formación jurídica, hizo una larga especialización en los Estados Unidos. Llamado finalmente por Menem, para tenerlo a su lado confesó premonitoriamente, ante varios periodistas presentes, prácticamente el

    mismo día de la asunción de las actuales autoridades, que el problema fundamental que enfrentaba el país era el de la corrupción. Se supone que el párrafo del discurso presidencial a la asamblea inaugural del Congreso se debió a su recomendación, cuando adelantó la lucha contra ese flagelo.

    El secretario Legal y Técnico de la presidencia de la Nación ocupa un pequeño despacho que está exactamente a la derecha del escritorio presidencial, puerta de por medio con la sala de edecanes y el salón de espera de las visitas.

    Prácticamente compite en cercanía con el despacho del secretario general de la Presidencia, que está ubicado en otra punta de la oficina presidencial y que ostenta una exclusiva particularidad: es el único que tiene comunicación directa con el ámbito presidencial, al margen de cualquier intermediación protocolar o funcional.

    No es la única competencia: ambas secretarías -la General y la Legal y Técnica- se celan y pugnan en relación la privilegiada con el Presidente.

    Desde que Juan Perón, en 1946, estableció un determinado ordenamiento interno de sus colaboradores, la Secretaría General prevaleció sobre la Legal y Técnica, relegada a subsecretaría. Uno de los últimos encontronazos se produjo cuando la desaparición del secretario general del gobierno de Alfonsín, el doctor Germán López, obligó a la designación de Carlos Becerra: entonces el

    subsecretario Legal, Jorge Fernández Pastor, reclamó el rango superior para no sentirse subordinado al novel funcionario, rescatando lo que luego sería la pasión de Granillo: llegar a la mesa del Presidente con la pila de decretos para la firma, ese momento de la gran soledad en la toma de decisiones.

    Ambición escondida.

    La escondida ambición de Granillo fue siempre la de constituirse en el gran reformador jurídico; así imaginó su paso por la Corte Suprema de Justicia, cargo que por entonces le arrebató Julio Oyhanarte. Finalmente fracasó en su intento de seguir en la misma ruta a través de su encumbramiento en el Ministerio de Justicia.

    Granillo ofreció sorprendentes flancos que alimentaron su declinación: en una oportunidad distanció su vida privada de la del presidente de la Nación, justificando así que no formaba parte del elenco de aduladores; apareció inequívocamente como el divulgador del nombre del incriminado en el “informe SWIFT” sobre corrupción, de la embajada de los Estados Unidos; lidió públicamente con el inasible ex titular de la Fiscalía Nacional de Investigaciones Administrativas, doctor Molinas, y, finalmente, no trepidó en llevar a la firma del Presidente aquellos malhadados decretos de indulto

    de delincuentes comunes, un paso que su ponderación jurídica y política debió evitarle al Primer Mandatario, por encima de otra de sus reconocidas flaquezas: su animadversión con el entonces secretario de Justicia, doctor César Arias, autor original del entuerto.

    Por ese privilegiado despacho pasaron hombres del nivel de Francisco Manrique, entonces ostentando el rango de Jefe de la Casa Militar, en tiempo del presidente militar Pedro Eugenio Aramburu, y más cerca en el tiempo, el doctor Julio González, con el rango de subsecretario Legal y Técnico. González no sólo dejó el recuerdo de su reconocida fidelidad a la entonces presidente,

    María Estela Martínez de Perón, sino la anécdota tragicómica: alguna vez, sentado en su despacho, vio correr sobre las molduras de la coqueta boisserie una prominente rata; González no dudó: extrajo el revólver que lo acompañaba en esos tiempos difíciles y le descerrajó un balazo al animal, dejando las huellas en la madera que ahora forman parte del folklore en la conversación de los novatos visitantes del reservado ámbito.

    Como no podía ser de otra manera, el reemplazante de Granillo, el doctor Jorge Maiorano, se ha curado en salud: apenas asumió la Secretaría Legal y Técnica convocó al periodismo alojado en la Casa de Gobierno y estableció las nuevas reglas de juego: no habrá en adelante presencia irrestricta del periodismo, y el cometido del organismo volvió a ser estrictamente legal y técnico, constituyéndose en hermético asesoramiento presidencial.

    Obviamente, Granillo, luego de haber “desbordado” la presencia del primer secretario general de la Presidencia, Alberto Kohan, intentó hacer lo mismo con Eduardo Bauzá, pero el abroquelamiento “celeste” selló la suerte de ese hombre menudo, cetrino, impecablemente vestido, de expresión monocorde pero precisa.

    Debajo del vidrio de su escritorio, Granillo supo exhibir, ratificando su estilo, fotografías junto al presidente de los Estados Unidos, George Bush, y el líder cubano Fidel Castro; igualmente se lanzó a la creación de un centro de divulgación ideológica: “Integración”, desde donde también asoma su intención de volcarse a la acción política directa; bien que a partir del presente revés oficial del protagonista de los grandes gestos en la intimidad presidencial, como fue, por ejemplo, cuando Granillo intervino como único vocero del presidente de la Nación, para definir las características de su separación matrimonial.

    Quizás ese flanco abierto con el denominado “clan Yoma” no haya sido el menor en la declinación de Granillo, que ahora espera, pacientemente, su rehabilitación.

    La salida de Granillo del entorno presidencial no ocurrió sola: junto con ese hombre que encarnó el apoyo intelectual más sólido que recibió en el poder el presidente Menem, fueron relegados sus dos secretarios privados: Ramón Hernández y Miguel A. Vico, quienes junto a la directora de Audiencias, Amira Yoma, recalaron en lugares más alejados del ámbito presidencial.

    Frente al despacho presidencial -donde alguna vez tuvieron su gabinete de trabajo los presidentes militares Lanusse, Videla y Galtieri- se instaló ahora Emir Menem, quien pasó a ser el nuevo filtro de la intimidad presidencial apoyada en nuevos gestos, más sobrios, alentados en los consejos de los que suponen que “no basta serlo, sino que hay que parecerlo”.

    Dentro del nuevo enclave se proyecta la figura del joven periodista y abogado Gustavo Béliz, principal colaborador en la redacción de los textos presidenciales.

    Pero el rol de Granillo está vacante: ni el tecnicismo de Maiorano ni la diligencia de Bauzá alcanzan para mitigar la ausencia de quien hacía todo eso y algo más.