domingo, 31 de mayo de 2026

    Refundar la democracia sin devaluarla

    En términos funcionales, la sociedad argentina es hoy epidérmicamente republicana pero intensamente antiliberal. Proliferan maneras y atajos que muestran el común denominador de su visible desprecio por las maneras puntuales que categoriza la Constitución para edificar el sistema de gobierno y someterse a sus instituciones.


    Hizo escuela el liberalismo puramente financiero de los años ´90, asumido por anchas franjas sociales como paradigma excluyente de un presuntuoso y vacuo ingreso al Primer Mundo, concepto que sencillamente no se utiliza fuera de la Argentina hace ya muchos años. En el occidentalismo superficial adoptado por la Argentina de esa época había un punto ciego de la retina: se lo incorporó como un sistema de valores y normas que mágicamente incluía al país dentro de una galaxia política y cultural a la que no podía ni puede corresponder por falta de condiciones elementales, incluyendo -desde luego- las asociadas con el desarrollo económico pero también por carencia de las que garantizan un tejido jurídico y unas formas políticas de verdadera solidez estructural.

    Descubrimiento del desastre


    El derrumbe de una convertibilidad monetaria sustentada en la paridad del peso con el dólar precipitó el desfondamiento de esa Argentina, que hoy se descubre pobre, escuálida y abandonada por todos en un santiamén.


    Haber supuesto que significaba mucho que el país fuese aliado “extra Otan” de los Estados Unidos o que el cepo monetario tras el cual se ocultó la inflación durante una década situaba a la Argentina en la liga de los triunfadores construida tras la caída del comunismo por los turbocapitalismos más agresivos suscitó un desagradable despertar, enormemente agravado por el raquitismo de la vida institucional nativa. Pobres y en harapos, los argentinos llegaron al invierno de 2002 seriamente imposibilitados de demostrarse a sí mismos y al mundo que las instituciones rescatadas en 1983 eran sólidas, funcionales y resistentes.


    La precipitada salida de Fernando de la Rúa del gobierno desbarrancó al país rumbo a una profunda zanja de improvisaciones y zigzagueos que, si bien evitaron un golpe de Estado convencional, no dejaron de evidenciar el aspecto azaroso y hasta fortuito que tienen esas instituciones para la vida cotidiana de esta sociedad. Para usar el lenguaje pobre y primitivo de los años ´90, la Argentina teóricamente primermundizada durante los años de Menem se exhibió, tras la finalización de su extensa década en el poder, con las crueles constataciones de su tercermundismo realmente existente.


    Pero el caso argentino no puede ser entendido sin mirarlo como parte de un conjunto geopolítico en el que han sucedido acontecimientos emparentados.

    Sudamérica imprevisible


    El ascenso de Hugo Chávez, en una Venezuela exhausta tras 40 años de reparto del poder por el sistema de partidos políticos tradicionales, apuntó a una constatación dolorosa: las naciones latinoamericanas no sólo no pudieron detener con democracia el empeoramiento de las condiciones de vida de sus pueblos, sino que empezó a sospecharse que las elecciones y las libertades civiles podían ser un velo engañoso tras el cual palpitaban crueles e intolerables desequilibrios sociales.


    El caudillo venezolano no ha transformado demasiado la realidad de su país en sus supuestos centrales y, por el contrario, la polarización de la sociedad en dos grandes bloques configurados en torno de Chávez y en contra de él aparece como un combate político relativamente al margen de las verdaderas tareas pendientes para darle a una democracia plural como la de ese país sudamericano una sustancia social que hoy no tiene.


    Las elecciones presidenciales del 5 de octubre en Brasil reviven dilemas ya transitados por la mayor nación latinoamericana: ¿habrá tolerancia internacional para un gobierno heterodoxo que concrete políticas de redistribución de la riqueza? El presidente Fernando Henrique Cardoso completa dos mandatos de gestión relativamente prolija y respetable, pero el enorme país sigue exhibiendo el dislate de una nación de incalculables riquezas que no puede incluir en el disfrute más elemental de las mismas a por lo menos dos terceras partes de su población.


    Si la energía democrática que permitiría el arribo al gobierno del Partido de los Trabajadores de Luiz Inacio (Lula) da Silva no es desactivada por una beligerancia insensata de parte de “los mercados” que manejan el flujo multinacional de negocios, podría darse la opción de una coexistencia entre los postulados retóricos de una democracia abierta y competitiva y la necesidad evidente de mejorar el nivel de vida de los pueblos.


    Éste es el dilema central de casi todos los países sudamericanos, tal vez con la particular excepción chilena: armar sistemas viables y perdurables donde el principio de la representación política del pueblo no sea finalmente sacrificado por presuntas ventajas sociales.

    Los nuevos dilemas


    Democracias ordenadas y aburridas que profundizan la injusticia social terminan derritiéndose y abriendo paso a experimentos posdemocráticos inexorablemente destinados a fallar. Pero regímenes de fuerte concentración del poder político montados sobre el argumento de que no se sale de la pobreza con gestiones blandas y necesitadas de consenso sino con verticalismos musculosos sólo terminan generando tiranías más o menos abyectas y siempre corruptas.


    En Uruguay, por ejemplo, no hay dudas de que los tradicionales partidos del siglo XX, el Colorado y el Blanco, han quedado manifiestamente obsoletos para encarar soluciones verdaderas al predicamento de esta pequeña nación enclavada entre los protagonistas principales del por ahora pendiente proyecto del Mercosur. Pero las elecciones generales de 2004 abren posibilidades muy concretas y casi inevitables de que el Frente Amplio llegue al poder, inaugurando la primera experiencia de un gobierno socialista surgido de elecciones en un país, cuya característica histórica más notable ha sido su escrupuloso respeto de las normas jurídicas y la seguridad legal exigidos por los mercados financieros internacionales.


    Con todas sus diferencias y matices, Chávez hoy en Venezuela, Lula mañana en Brasil y Tabaré Vázquez pasado mañana en Uruguay insinúan un corto plazo relativamente turbulento para América del Sur, al margen del desenlace que pueda tener el por ahora opaco gobierno de Alejandro Toledo en Perú y la gestión a punto de comenzar de Álvaro Uribe en una Colombia que debe resolver de alguna manera sus 50 años de guerra civil.


    Se discute de estos paradigmas con mayor énfasis que nunca: luego de las sangrientas sagas revolucionarias de la América latina de los años ´60 y ´70, y al cabo de las monstruosas represiones contrarrevolucionarias que les siguieron, la fase de democracias blandas no parece tener aliento para perdurar sin modificaciones profundas. Los cambios ocurridos en Estados Unidos, antes y sobre todo después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, cambios que van en paralelo a la creación de un nuevo sistema internacional organizado en torno de una combinación estratégica sostenida por Washington con Rusia, Europa Occidental y China, presentan predilecciones y necesidades muy diversas a las que prevalecían hace apenas cinco años.


    Estados Unidos es ante América latina hoy infinitamente menos dinámico y sensible que durante la larga era de Bill Clinton. Lo que sucede en este continente (como se evidenció durante las horas del abortado golpe contra Chávez en Venezuela) tiene para Washington significados muy diversos a los que tenía durante la gestión demócrata en la Casa Blanca.


    En la Argentina aparecen en competencia, tras un semestre de gestión del presidente Eduardo Duhalde, proyectos desordenados o directamente muy sesgados, que se van posicionando de cara al desemboque electoral que debería suscitar un nuevo gobierno en 2003. Desde la restauración menemista hasta los proyectos vaporosos de Luis Zamora, pasando por un espectro de matices que incluye un áspero liberalismo conservador (Ricardo López Murphy, Patricia Bullrich), algunas de las variantes peronistas (Carlos Reutemann, José Manuel de la Sota) o el “regeneracionismo” de Elisa Carrió y su multifacético mosaico de seguidores en pro de una “república de iguales”, la oferta es teóricamente amplia y diversificada, pero al terminar ese primer semestre de 2002 ninguna de las opciones seducía verdaderamente ni a la quinta parte del electorado.


    En cambio, se advierte la difuminada pero ostensible existencia de un clima de cinismo e incredulidad antipolíticos, propicio para la intolerancia y el mesianismo antidemocrático, que se retroalimenta de borbotones de violencia antiparlamentaria y fuertes tentaciones de desestabilización institucional.

    Razones y sinrazones


    El clima de frustración social en la Argentina es muy superior al volumen de las amarguras verdaderamente producidas por la democracia: no es éste un principio demasiado popular y, sin embargo, resulta claro que la animadversión contra la política parece anidar más en una sensación ajena a todo lo que el sistema ha producido.


    La sugestiva “bronca” argentina se nutre de desmesuradas expectativas propias y viejas predilecciones autoritarias, a las que el déficit innegable de la prestación política terminó convirtiendo en un caldo ideal para formalizar el clima actual, lubricado por el sarcasmo, la desilusión y un sombrío fatalismo.


    Sólo la impopular y políticamente “incorrecta” paciencia ofrece caminos modestos pero ciertos para despejar la desesperante incógnita argentina. Atajos, coartadas, diagonales y otras criaturas de la astucia nacional demorarán salidas relativamente atendibles. Nunca como ahora la magia fue tan estéril para un país como éste, reñido con las construcciones colectivas de entretejido institucional y con el respeto obsesivo por la juridicidad vigente, de las que podría emerger un atisbo de luz para iluminar una transición que será inexorablemente dura y costosa. No hay soluciones afuera: la democracia fue repuesta en 1983 sólo luego de la humillación militar de 1982. Ella tiene en su savia profunda el ADN básico para reconstruir un sistema basado en la relación brutal pero indispensable de justicia con libertad.