Comienza, en enero próximo, el segundo período presidencial de George W. Bush.
Esta vez, tras lograr un claro triunfo en las urnas, al revés de lo ocurrido
hace cuatro años. Si en la inauguración del primer término lo acompañaba una
optimista proyección de superávit que debería llegar a US$ 5,6 billones, ahora
arrastra sombríos pronósticos: déficit que terminará sumando US$ 2,3 billones.
Pero como alguna vez dijo su antecesor, Ronald Reagan, “todavía no han visto
nada”.
En sus propias palabras, Bush ha dicho que esta campaña le permitió acumular
capital político y ahora está presto a usarlo de inmediato y en buenas dosis.
Las famosas reducciones de impuestos de los últimos tres años, que han favorecido
a empresas y al segmento social con mayores ingresos, continuarán. La intención
es dejar esos cortes tan firmemente anclados -y durante tantos años- que se
tornen irreversibles (el cálculo de la oficina de Presupuesto del Congreso es
que si esas rebajas perduran, el déficit aumentará todavía US$ 2,2 billones
más).
“Dubia”, como le dicen los texanos -pronunciando de modo peculiar la W de Walker,
su segundo nombre- buscará privatizar al máximo el sistema de seguridad social
hoy existente. Si muchos individuos eligen ese camino, dejarán de aportar al
sistema nacional y nadie explica quién pondrá lo que hará falta para pagarle
las prestaciones a los actuales beneficiarios del sistema.
Hay más ideas: cuentas de ahorro libres de impuestos; abolición total de gravámenes
sobre los dividendos que pagan las acciones. No está claro cómo la Casa Blanca
logrará la aceptación de estas iniciativas por el Congreso -aunque esté totalmente
controlado por legisladores de su partido-, alarmado ya por las dimensiones
del déficit fiscal y por la creciente desigualdad del ingreso.
No hay duda de que los empresarios están satisfechos: apostaban al triunfo del
candidato republicano. Es un firme defensor del libre comercio y de la apertura
de mercados -los de otros países, especialmente- y no vacila, como en el caso
del acero, en imponer aranceles protectores cuando su industria lo demanda.
Dan por seguro que la Casa Blanca no interferirá en el ámbito de los negocios,
aunque les inquieta la posibilidad de un enfriamiento económico por el tamaño
y la suma de los cuatro déficits (en el presupuesto, en pagos externos, en la
balanza comercial y en el sistema de asistencia social).
Sin embargo, las transnacionales que operan a escala global, tienen serios motivos
de inquietud. Un presidente que encona a la mayor parte del mundo y hace crecer
un peligroso sentimiento antiestadounidense, no es lo mejor para el clima de
negocios que requieren estas firmas. Durante las últimas décadas estas compañías
“pensaron en términos globales y actuaron en términos locales”, como prescribía
el recetario. En cambio la política exterior de Bush es todo lo contrario.
Años difíciles
En todo caso, lo que está claro es que los próximos cuatro años serán difíciles.
El alza en el precio del petróleo hace que el déficit de la balanza de pagos
se acerque a 6% del PBI. Para financiarlo, el país succiona 70% del superávit
conjunto que generan Japón, Alemania, China y otras economías con excedentes.
En algún momento, los inversionistas extranjeros pueden retirarse, alarmados
por la bola de nieve deficitaria y por el magro rendimiento de los títulos estadounidenses.
A pesar de la gravedad de la situación, nada se hará para conjurarla. Al contrario,
se profundizará, sostenida por los analistas que aseguran que no hay motivo
de inquietud a la vista.
Según tan seductora concepción, los inversores del exterior -especialmente gobiernos
y bancos centrales empapelados de letras federales- nunca se cansarán de acumular
activos en dólares. De hecho, considerarían poco amable que Washington dejase
de inyectar casi US$ 600.000 millones anuales de deuda en el mercado internacional.
Por otra parte, aún si colapsara el dólar (digamos, 20 a 40% de golpe), según
los nuevos panglosianos, tampoco pasaría nada grave. En su visión, los mercados
globales de capital tienen fortaleza de sobra para absorber el impacto y, como
en los años ´80, la licuación del dólar sería suave.
Los académicos y economistas tradicionales son escépticos al respecto, y detectan
paralelos con los ´70. Los años que siguieron a la reelección de Richard Nixon
(1972) no fueron favorables al dólar ni a la economía mundial.
Hace cuatro años, el déficit en cuenta corriente representaba 4,4% del PBI,
mucho menos que en la actualidad (5,5%). Por entonces, los analistas -y Alan
Greenspan- creían que los desequilibrios irían aflojando en el curso de tres
a cinco años, debido a una amplia depreciación del dólar.
Pero eso fue antes del 11 de septiembre, los US$ 2,35 billones en rebajas impositivas
y la guerra en Irak. Hasta el 2001, podría decirse que el déficit de pagos externos
financiaba el aumento de inversiones, aunque estuviera licuándose el ahorro
interno. Ahora, ese 6% en rojo deja atrás todas las marcas y financia el endeudamiento
federal. Esto comporta una situación mucho más peligrosa que la del período
2000-2. Con el déficit fiscal originando casi toda la nueva deuda, la gestión
que empieza formalmente en enero afronta perspectivas francamente alarmantes.
Petróleo y estanflación,
treinta años después
“Los crudos pueden llevar el mundo a la estanflación. Así como los ´90 generaban
fuerte crecimiento y poca inflación, los años venideros auguran exactamente
lo contrario, y su contexto macroeconómico se parece al de los primeros ´70”.
Así teme Joachim Fels, analista alemán que trabaja en Morgan Stanley. En su
perspectiva, surgen cinco puntos de contacto entre 1974 y 2004.
El primero: la economía mundial afronta la virtual quintuplicación de precios
petroleros, que pasaron de US$ 2,20 el barril WTO en 1971 a 11,60 en 1974, margen
repetido en 1998-04: de US$ 10 a más de 50.
Sin duda, el cimbronazo de 1973-4 fue mucho más intenso, porque ocurrió en un
lapso más corto y las industrias dependían más del petróleo. También pesa el
contexto: el actual deriva de demanda inesperadamente firme en el mercado real
y en el especulativo. Ambos resultan de políticas monetarias blandas en las
principales economías mundiales. Al revés, el auge de 1973-4 se debía mayormente
a restricciones de oferta por parte de los productores grandes.
En segundo lugar, y como hace tres décadas, las políticas monetarias son por
demás expansivas, con tasas cortas reales negativas que vienen durando mucho
en las potencias. En los ´70, los bancos centrales trataban de asimilar el trauma
petrolero emitiendo moneda, creyendo -erróneamente, sostiene el experto- que
la demanda real era lo bastante elástica como para absorber tendencias inflacionarias.
Eso fue ilusorio: la inflación subió y deprimió las tasas reales más de lo calculado.
Los paralelos con 2004 son extraordinarios: la Reserva Federal vuelve a suponer
que la mejor respuesta al alza petrolera es absorber sus efectos negativos sobre
la demanda. Ante ello, los mercados han reducido notablemente sus expectativas
de restricciones monetarias con vistas a los próximos 12 meses.
En tercer término, como entonces, déficit fiscal y endeudamiento público crecen
velozmente. Eso refleja una política expansiva orientada a superar la recesión
de 2000-1, incluso incentivos fiscales -que reducen ingresos genuinos al erario-
y gasto excesivo. Así como en los primeros ´70 Washington financiaba su costosa
intervención en Vietnam, hoy lo hace con Irak y Afganistán.
Cuarto: las economías del Atlántico norte afrontaban en los ´70 nuevos competidores;
en especial Japón, Taiwán y Surcorea. Eso provocó una crisis estructural, particularmente
en la industria pesada, que deprimió el crecimiento potencial en Europa occidental
y América septentrional. Ahora, China, India y los países al este de la Unión
Europea causan severas dislocaciones en industrias y servicios.
En quinto lugar, así como la productividad global perdió ritmo en los ´70 (respecto
del dinamismo imperante en los ´60), hoy es probable que el mundo se acerque
al fin de un “ciclo virtuoso” iniciado a mediados de los ´90 y cifrado en la
tecnología informática (TI).
Todo es un cóctel que mezcla menor crecimiento con mayor inflación, cuyo corolario
podría ser un estancamiento inflacionario (“estanflación”). Muchos observadores
coinciden en el primer punto, pero muy pocos en el segundo.
No obstante, hay una gran diferencia entre hoy y los ´70: los trabajadores son
menos, tienen escaso poder negociador y son la variable de ajuste cuando fracasan
el management o el modelo de negocios. Hace 30 años, el desempleo era menor
en las economías centrales, la competencia de países recién llegados no era
tan intensa y el clima político era más favorable a la equidad social.
