Trump ante el Congreso dividido: por qué la Casa Blanca ya se prepara para gobernar sola

Mientras Washington espera el resultado de las elecciones del martes, la Casa Blanca ya preparó una lista de medidas que no necesitan ni un voto del Congreso. La teoría de las perspectivas de Daniel Kahneman explica por qué: los gobiernos, igual que las personas, pelean con mucha más fuerza para no perder lo que tienen que para ganar algo nuevo.

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La lista que ya está escrita

En algún despacho del ala oeste, un asesor jurídico de la Casa Blanca repasa, desde hace meses, una lista de medidas que no necesitan una sola firma del Congreso: aranceles sobre minerales críticos, cambios en programas de vivienda, reglas de subvenciones federales. Esa lista —que Reuters reveló el 1 de noviembre— es la apuesta de la administración Trump antes de saber siquiera si los demócratas recuperan alguna de las dos cámaras el martes. Y es, también, la mejor confirmación de algo que Daniel Kahneman pasó treinta años documentando: la gente, y los gobiernos, pelean con mucha más intensidad para no perder lo que ya tienen que para ganar algo nuevo.

Lo que Kahneman explica sobre perder

Esa es la lente que explica lo que viene. La teoría de las perspectivas de Kahneman y Amos Tversky mostró que una pérdida duele, en promedio, el doble de lo que alegra una ganancia equivalente. Trasladado a Washington: un Trump que legisla desde una mayoría republicana amplia actúa en modo ganancia —negocia, cede, construye consensos porque cada concesión es apenas una ganancia menor—. Un Trump que pierde el Congreso, en cambio, entra en modo pérdida: percibe cada freno legislativo no como el límite normal de un sistema de pesos y contrapesos sino como el riesgo de perder lo que el paquete tributario de julio de 2025 y dos años de aranceles ya construyeron. Y la aversión a la pérdida no negocia: se atrinchera. De ahí la lista de medidas ejecutivas preparada de antemano, no como plan B sino como estrategia central.

El argumento constitucional en contra

El argumento en contra —el que merece tomarse en serio— es que esto es constitucionalismo elemental, no psicología: Estados Unidos tiene un sistema presidencial donde el Congreso nunca depuso a un presidente por perder una mayoría, y donde el veto presidencial, sin una mayoría de dos tercios para revertirlo —un escenario que ninguna encuesta anticipa para el martes—, deja al oficialismo con más poder residual del que la narrativa del “freno demócrata” sugiere. Es cierto.

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Dos trincheras, un mismo reflejo

Y es, de hecho, la otra cara de la misma moneda conductual: si los demócratas ganan la Cámara de Representantes, el Senado o ambas, también ellos entrarán en modo pérdida —percibirán cada día sin investigar un acuerdo arancelario o una exención como una oportunidad perdida— y usarán las comisiones parlamentarias no tanto para legislar, que el veto les impide, sino para exhibir: audiencias, documentos, la Casa Blanca invocando privilegios del Ejecutivo. Ninguna de las dos partes está jugando, en rigor, para ganar. Las dos están jugando para no perder lo que creen que ya es suyo.

Lo que esto significa para la región

Ahí está la tesis que importa, más allá del resultado del martes: el bloqueo institucional que viene no se va a medir por cuántas leyes se aprueben —probablemente pocas, en cualquier escenario— sino por cuánto terreno cada lado logre definir como propio antes de que empiece la pelea. Para la Argentina y la región, que miran esta elección por sus efectos en aranceles, inversiones y tasas, la lectura es la misma: no hay que esperar un giro de política. Hay que esperar una Casa Blanca que gobierne, durante dos años, con el reflejo de quien no quiere soltar nada.

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