Argentina, potencia espacial en LinkedIn

Corea del Sur puso en órbita su primera constelación con un lanzador propio operado por una empresa privada. La Argentina, que hace tres décadas le llevaba ventaja, tiene los ingenieros, los satélites y la geografía, pero carece de estrategia en un mundo donde el espacio ya es poder, y pierde a los emprendedores que podrían reclamarla.
Por Gonzalo Berra para Mercado.

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El miércoles 7 de octubre, a las 12.25 de Goheung, el cohete Nuri despegó por quinta vez. Veintidós minutos después había liberado 14 de los 15 satélites que llevaba, entre ellos las cinco unidades de NEONSAT, la primera constelación surcoreana de observación terrestre. Un cubesat quedó trabado en su dispensador. Nadie en Seúl habló de fracaso ni de hazaña. La agencia espacial KASA informó que la tasa de éxito del lanzador subió de 75% a 80% y que habrá al menos un vuelo por año hasta 2032.

Esa sobriedad es la noticia. Corea del Sur dejó de festejar cohetes y empezó a contarlos.

En 1970, el economista Albert Hirschman publicó Salida, voz y lealtad. Su tesis es simple. Cuando una organización se deteriora, sus miembros tienen dos respuestas: irse o quedarse a reclamar. La salida es silenciosa y barata. La voz es costosa e incierta. Hirschman advirtió una paradoja: los primeros en irse suelen ser los más exigentes, los únicos que tenían capacidad de forzar una mejora. Cuando ellos salen, la organización pierde a quienes podían corregirla.

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Treinta años de ventaja perdida

En 1991 la Argentina desmanteló el misil Cóndor II y creó la CONAE. Corea del Sur tenía entonces un instituto aeroespacial de dos años y ningún cohete. En 2009 y 2010 fracasó con un lanzador de primera etapa rusa. En 2021 fracasó con el primer Nuri. Insistió.

La diferencia no fue de talento. INVAP fabricó satélites geoestacionarios y de radar que pocos países dominan. La diferencia fue que Seúl decidió qué quería: una cadena completa, de los semiconductores al lanzador, con Hanwha Aerospace como integrador privado y un calendario de vuelos financiado por el Estado. En este quinto lanzamiento la empresa ya condujo la fabricación, el ensamblado y parte de la operación.

La Argentina también escribió un plan. La ley 27.208, de 2015, fijó un programa satelital hasta 2035. Quedó en el papel. El lanzador Tronador II acumula contratos, ensayos de motores y postergaciones, sin vuelo orbital. Todos los satélites argentinos subieron en cohetes ajenos, con calendario y precio ajenos.

No es un problema espacial. Es el mismo patrón de la industria argentina: capacidades reales, construidas con esfuerzo público, que nunca escalan porque ningún gobierno sostiene una prioridad más de cuatro años.

El espacio como poder

Lo que Seúl compró con cinco lanzamientos no es prestigio. Es autonomía. Cuatro ejemplos muestran por qué.

El primero es la navegación. En 1999, durante la guerra de Kargil, Estados Unidos le negó a la India datos de GPS sobre la zona de combate. Nueva Delhi respondió con NavIC, su propio sistema. Europa construyó Galileo, China desplegó BeiDou y Corea del Sur proyecta el suyo para la próxima década. Ninguno lo hizo por comodidad. El GPS sincroniza redes eléctricas, bancos y telefonía, y guía cada sembradora de precisión de la pampa. Es un servicio militar estadounidense que se usa por cortesía.

El segundo son las comunicaciones. En 2022, Elon Musk se negó a habilitar Starlink cerca de Crimea para una operación ucraniana. Un empresario decidió el alcance de una ofensiva. La Unión Europea entendió el mensaje y aprobó IRIS², su constelación propia, con un presupuesto superior a 10.000 millones de euros. La Argentina, mientras tanto, conecta escuelas rurales, yacimientos y barcos con la red de Musk.

El tercero son las imágenes. En marzo de 2025, Washington suspendió el acceso de Ucrania a las imágenes comerciales de Maxar. La decisión duró días, pero dejó una lección: quien no tiene ojos propios ve lo que otro le permite ver. NEONSAT existe por eso. La Argentina tiene los radares SAOCOM, capaces de medir humedad de suelo, vigilar la pesca ilegal en la milla 200 y monitorear glaciares. Tiene dos satélites y ningún plan de reposición con fecha.

El cuarto es la internet de las cosas. Los sensores que miden silobolsas, ganado, ductos y salares de litio transmiten por satélite cuando no hay red celular, es decir, en casi todo el territorio productivo. Esos datos describen la economía real del país con más precisión que cualquier estadística. Hoy viajan por constelaciones extranjeras.

Hay una ironía final. La Argentina aloja en Neuquén una estación china de espacio profundo y en Mendoza una antena de la Agencia Espacial Europea. Las potencias valoran su territorio para sus estrategias. El país alquila el suelo y no tiene estrategia propia.

El mercado que no espera

El desperdicio también tiene precio. La Space Foundation calculó la economía espacial global en u$s 613.000 millones en 2024. El Foro Económico Mundial y McKinsey la proyectan en u$s 1,8 billones para 2035. En junio, SpaceX protagonizó la mayor salida a bolsa de la historia. El negocio migró de las misiones únicas a las constelaciones, y de los satélites artesanales a la producción en serie.

La Argentina tiene activos para ese mercado. Una costa atlántica austral apta para órbitas polares. Estaciones terrenas en Córdoba y Tierra del Fuego. Ingenieros que el mundo contrata. Lo que no tiene es un cliente ancla ni un calendario.

Los que se fueron

Aquí aparece Hirschman. La generación de emprendedores espaciales argentinos eligió la salida. Satellogic nació en Bariloche, al amparo de INVAP y con apoyo estatal. Hoy cotiza en Nasdaq, tiene domicilio en Estados Unidos y fabrica fuera del país. Otros siguieron el camino: sociedad en Delaware, capital en California, ingeniería en Buenos Aires o Córdoba como centro de costos.

El argumento a su favor es sólido. Nadie financia una constelación con cepo, sin mercado de capitales y con reglas que cambian cada dos años. Irse fue racional.

Pero racional no es lo mismo que suficiente. Estos emprendedores se formaron en universidades públicas y en empresas del Estado. Recibieron el conocimiento y devolvieron un relato: el del talento argentino que triunfa afuera. No construyeron una cámara con peso propio. No presentaron una agenda al Congreso. No reclamaron una política de compras públicas, que es lo que Hanwha obtuvo en Corea. Usaron la salida y renunciaron a la voz. Y se la llevaron con ellos, porque eran los únicos con autoridad para ejercerla.

El Estado sin estrategia y el emprendedor sin arraigo se justifican mutuamente. Uno dice que no hay empresas a las que apostar. El otro, que no hay país en el que quedarse.

Corea del Sur no tuvo mejores ingenieros ni más suerte. Tuvo un Estado que fijó un rumbo y empresas que se quedaron a exigirle que lo cumpliera. El sexto Nuri volará en el segundo semestre de 2027. La Argentina todavía no puso fecha al primero propio.

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