Una oblea que vale más que un auto
En una sala blanca de Icheon, un técnico de SK Hynix sostiene con las dos manos una oblea que vale más que el auto en el que fue a trabajar esa mañana. Ese gesto, repetido miles de veces por día en las plantas de Samsung y de SK Hynix, es hoy la escena que mejor explica por qué Corea del Sur exportó en octubre u$s 115.280 millones —un salto interanual de 93,7%, el mayor desde enero de 1974— y por qué casi la mitad de esos dólares, u$s 56.440 millones, vino de un solo rubro: memorias de alto rendimiento para la infraestructura de inteligencia artificial.
El argumento del “esta vez es diferente”
Hay una forma optimista de leer ese número, y es la que domina hoy en Seúl: esto no es un boom más, es una transformación estructural. La demanda de memorias HBM no depende de un capricho de consumo sino de algo tan permanente como la electricidad —cada centro de datos que se construye necesita más memoria, no menos— y Corea, con Samsung y SK Hynix, controla un cuello de botella que ni China, pese a sus inversiones, logra todavía replicar. Es un argumento serio. La historia reciente de la computación en la nube le da la razón: la demanda de cómputo lleva quince años subiendo sin pausa.
Lo que enseña Minsky
Pero el economista Hyman Minsky pasó buena parte de su carrera explicando por qué ese argumento —”esta vez es diferente”— es exactamente el que se escucha en la cúspide de todos los ciclos de inversión, no solo en los que terminan mal. Su hipótesis de la inestabilidad financiera dice, resumida, que la estabilidad y el éxito prolongado generan las condiciones de su propia reversión: cuanto más tiempo pasa sin una corrección, más capital se compromete asumiendo que el crecimiento seguirá, y menos margen queda cuando la demanda finalmente se desacelera. No hace falta que haya una crisis para que la lógica de Minsky aplique: alcanza con que los compradores de infraestructura —las mismas tecnológicas que hoy pagan precios récord por memorias— empiecen en algún momento a revisar sus planes de gasto, algo que los mercados financieros, a diferencia de las estadísticas de comercio exterior, ya están empezando a descontar.
Corea ya vivió este guion
La propia industria surcoreana conoce el patrón: los ciclos de escasez y precios altos de los años noventa y los dosmil incentivaron inversiones que terminaron, más de una vez, en exceso de oferta. La diferencia esta vez es la escala: Corea acumuló entre enero y octubre cerca de u$s 930.000 millones en exportaciones, camino a superar el billón de dólares anual, una cifra que —según las estadísticas oficiales de comercio exterior coreanas, tal como las reportó Reuters el 1 de noviembre— sitúa al país a un paso de su mejor año exportador de la historia. Cuanto más alto el pico, más historia de Minsky hay detrás.
La lección para la Argentina
Eso no convierte al boom en una ilusión. Convierte a Corea en el ejemplo más nítido de una regla que la Argentina —que mira la economía del espacio y la inteligencia artificial desde la platea— haría bien en internalizar: participar de una revolución tecnológica no es apostar a un solo cuello de botella, por rentable que parezca hoy. Es construir capacidad en los eslabones —energía, infraestructura, talento técnico— que siguen teniendo valor incluso cuando el ciclo, inevitablemente, gira.












