Durante años, China construyó cuidadosamente una posición singular en Medio Oriente: compra petróleo a Irán, hace negocios con Arabia Saudita, invierte en los países del Golfo y mantiene relaciones con Israel. Habla con prácticamente todos y evita, en la medida de lo posible, quedar atrapada en las disputas que enfrentan a unos con otros. Era una posición extraordinariamente cómoda, hasta que dejó de serlo.
Arabia Saudita pidió a China que intercediera ante Irán para contener a los hutíes de Yemen, después de que el grupo aliado de Teherán avanzara rápidamente por la costa del Mar Rojo y alrededor del estrecho de Bab el-Mandeb. Pekín trasladó privadamente el reclamo a las autoridades iraníes, según tres fuentes iraníes citadas por Reuters. No es una gestión diplomática menor: es probablemente una de las pruebas más interesantes que haya enfrentado hasta ahora la política exterior china.
Dos estrechos y un mismo problema
La geografía explica buena parte de la urgencia. Por un lado está el estrecho de Hormuz, por donde antes de la actual guerra circulaba alrededor de 20% del petróleo mundial y cuyo tráfico comercial está hoy extremadamente reducido: el miércoles 16 de septiembre apenas tres buques comerciales cruzaron el paso, según datos de seguimiento marítimo citados por Reuters. En el otro extremo aparece Bab el-Mandeb, que conecta el Golfo de Adén con el Mar Rojo y, a través de Suez, con Europa. Cerca de 7% de la producción mundial de petróleo transita normalmente por allí, y el avance hutí volvió mucho más vulnerable esa segunda ruta.
La paradoja es evidente: Irán y sus aliados adquirieron capacidad de presión alrededor de dos de las arterias energéticas más importantes del mundo, pero uno de los países más afectados por esa capacidad es precisamente China. Aproximadamente la mitad de las importaciones petroleras chinas procede de Medio Oriente, y ahí aparece el problema diplomático.
China tiene una palanca que pocos tienen
Pekín no es un interlocutor cualquiera para Teherán. China fue durante años el principal comprador del petróleo iraní: durante 2025 absorbió más de 80% de las exportaciones marítimas de crudo de Irán, equivalentes a unos 1,4 millones de barriles diarios, de acuerdo con datos de Kpler citados por Reuters. Es una relación difícil de reemplazar para una economía sometida a sanciones y a las consecuencias de la guerra.
Pero del otro lado de la ecuación está el Golfo. El comercio entre China y los seis países del Consejo de Cooperación del Golfo ronda los u$s300.000 millones anuales, y Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y sus vecinos son además proveedores energéticos, mercados, inversores y socios cada vez más importantes para Beijing. China tiene entonces una ventaja poco frecuente en política internacional: todos necesitan algo de ella. El problema es descubrir cuánto vale realmente esa necesidad cuando los intereses estratégicos comienzan a chocar.
El antecedente de 2023
Pekín ya tuvo un éxito diplomático extraordinariamente visible en la región. En marzo de 2023 reunió en Beijing a Arabia Saudita e Irán y patrocinó el acuerdo mediante el cual ambos países restablecieron relaciones diplomáticas después de siete años de ruptura. La fotografía recorrió el mundo, y para China fue también una demostración política: Estados Unidos no era el único país capaz de producir acuerdos relevantes en Medio Oriente.
Pero aquella negociación tenía una característica que ahora resulta importante recordar: Arabia Saudita e Irán ya tenían incentivos para reducir la tensión. Las conversaciones habían comenzado antes, con mediación de Irak y Omán; China proporcionó el escenario, el peso político y probablemente el impulso final para transformar ese proceso en un acuerdo. El propio comunicado firmado en Beijing reconocía las rondas previas desarrolladas entre 2021 y 2022.
Lo que ocurre ahora es diferente. Arabia Saudita no le está pidiendo simplemente a China que acerque dos partes que desean conversar, sino que utilice su influencia sobre Irán para conseguir un resultado que afecta directamente la estrategia regional de Teherán. Ahí empieza la verdadera prueba.
Influir no es lo mismo que convencer
Irán mantiene una relación estrecha con los hutíes, pero eso no significa que pueda ordenar cada una de sus decisiones. Tampoco está claro cuánto está dispuesto Teherán a modificar su estrategia regional para proteger los intereses económicos chinos.
Hasta ahora, Pekín pidió moderación. En público reclamó diálogo, seguridad para la navegación y evitar una mayor expansión del conflicto; en privado fue más lejos y transmitió a Teherán su preocupación por las acciones hutíes. Pero, según las fuentes citadas por Reuters, China no acompañó todavía ese mensaje con amenazas económicas ni indicó qué ocurriría si Irán no actuara.
Ese detalle puede terminar siendo el más importante de toda la historia, porque el poder tiene varias etapas: primero se acumula, después se convierte en influencia y, finalmente, llega el momento más difícil, decidir si se está dispuesto a utilizarlo.
El precio del multipolarismo
China lleva años proponiendo un sistema internacional más multipolar y presentándose como una potencia capaz de ofrecer una forma diferente de relacionarse con el mundo: menos alianzas militares permanentes, menos intervención política, más comercio, más infraestructura, más interdependencia. El modelo tiene ventajas evidentes: permite hablar simultáneamente con países que difícilmente aceptarían el mismo grado de proximidad con Washington.
Pero existe una consecuencia inevitable. Cuanto mayores son los intereses económicos de una potencia, mayor es también su exposición geopolítica. Comprar petróleo deja de ser solamente comprar petróleo cuando los barcos que lo transportan tienen que atravesar estrechos amenazados; invertir en puertos deja de ser simplemente una operación comercial cuando esos puertos quedan dentro de una zona de guerra. Y convertirse en el principal socio comercial de países enfrentados significa que, tarde o temprano, alguno de ellos pedirá algo más que comercio. Arabia Saudita acaba de hacerlo.
Riad también está diversificando
La decisión saudita tiene otra lectura. Durante décadas, la seguridad del Golfo estuvo fundamentalmente vinculada a Estados Unidos, y Washington continúa siendo un actor militar incomparablemente más importante en la región: mantiene una relación de seguridad muy profunda con Riad y, de hecho, en los últimos días ofreció apoyo de inteligencia y asistencia para identificar objetivos frente a la ofensiva hutí, aunque no accedió a realizar los ataques directos que Arabia Saudita había solicitado.
Pero los sauditas recurrieron también a Beijing, no necesariamente para reemplazar a Washington, sino porque China tiene una herramienta que Estados Unidos posee en mucho menor medida: acceso económico y político a Teherán. Eso es multipolaridad en su versión más concreta. Los países no necesitan elegir necesariamente un único protector o aliado: pueden recurrir a distintas potencias según el problema que intentan resolver.
La prueba real
China tiene prácticamente todas las piezas que debería necesitar para ejercer influencia: es el principal comprador del petróleo iraní, es uno de los mayores socios económicos de Arabia Saudita, necesita abiertas las rutas marítimas de Medio Oriente, mantiene canales políticos con todas las partes y ya demostró que puede sentar a sauditas e iraníes alrededor de una mesa. Ahora falta comprobar algo diferente: si puede conseguir que alguna de esas partes haga algo que preferiría no hacer.
Los mercados entendieron rápidamente la diferencia. Este viernes el petróleo retrocedió cerca de 1% después de conocerse la gestión china ante Irán, ante la posibilidad de que una desescalada redujera parte del riesgo sobre las rutas energéticas. Es una señal pequeña pero reveladora: el mundo ya reconoce que China tiene influencia. La pregunta es cuánto vale.
Porque Beijing puede descubrir en Medio Oriente una regla bastante antigua de la política internacional: ser indispensable para todos es una enorme fuente de poder, pero también genera obligaciones. Y llega un momento en el que una potencia ya no puede limitarse a tener buenas relaciones con todos: tiene que decidir cuánto está dispuesta a arriesgar para que los demás escuchen lo que tiene para decir.












