Para fines de los 90, Mercado documentó el ascenso del marketing de base de datos (o marketing relacional) como alternativa a la comunicación masiva. La premisa de fondo, que la nota atribuía a especialistas del sector, era que el cliente volvía a ser el activo más valioso de una empresa, y que convenía conocerlo con precisión antes de dirigirle cualquier mensaje.
Por qué la segmentación llegó tarde a la Argentina
El marketing de base de datos exigía algo que en la Argentina de los 90 todavía era escaso y caro: capacidad de cómputo y software de gestión de clientes. La llegada masiva de PCs a las empresas medianas y grandes, y la popularización de bases de datos relacionales durante esa década, fue la condición técnica que permitió trasladar a la práctica local una disciplina que en Estados Unidos ya tenía más de diez años de desarrollo. Antes de esa infraestructura, “conocer al cliente” dependía casi exclusivamente de la memoria del vendedor o del dueño del comercio —la lógica del almacén de barrio que, dos décadas después, otra nota de Mercado usaría como metáfora fundacional del marketing directo.
El ejemplo que mejor graficaba esa lógica no venía de la Argentina sino de Detroit. Ford comunicaba su modelo Explorer de maneras distintas según el segmento al que apuntaba: como vehículo 4×4 para quienes valoraban la aventura, como auto familiar para quienes priorizaban el espacio y la seguridad, y como producto de lujo para un tercer grupo. Un mismo vehículo, tres relatos distintos, construidos a partir de lo que la empresa sabía sobre cada audiencia.
El supermercado que cruzaba cerveza con pañales
La nota traía también el caso, ya clásico en la bibliografía de marketing, de Wal-Mart y el cruce de sus bases de datos de ventas: la cadena detectó que la compra de pañales descartables y de cerveza tendía a moverse junta, y ajustó la disposición de ambos productos en sus góndolas. El dato no provenía de una encuesta ni de la intuición de un gerente, sino de minería sobre transacciones reales, un antecedente directo de lo que hoy se llama analítica de canasta de compra.
En la Argentina, la comparación de la época giraba en torno al Plan Rombo: una campaña de 1996 para recuperar ahorristas morosos que, según la nota, costó una fracción de lo que insumía por entonces una campaña de agencia tradicional como las que manejaba Agulla & Baccetti. El contraste buscaba mostrar que una base de datos bien trabajada podía rendir más, al mismo costo, que la creatividad pura dirigida a todo el público por igual.
De la “libretita negra” al segmento de uno
El artículo fechaba el fenómeno con cifras concretas: la respuesta promedio al correo directo apenas llegaba al 1,2%, administrar una base de datos costaba de tres a cuatro veces más que dos décadas atrás, y cerca del 80% de los datos de negocios tenía algún componente geográfico que todavía se explotaba poco. La conclusión de la nota era que la masividad, sin segmentación, desperdiciaba presupuesto.
En el modelo de las 5A de Philip Kotler, ese trabajo de ajustar el mensaje a quien lo recibe corresponde a la etapa de evaluación o consideración: el momento en que el consumidor compara alternativas y la marca necesita mostrarle, específicamente a él, por qué el producto le sirve. Lo que en los 90 se resolvía con bases de datos segmentadas por cohortes —familias, aventureros, compradores de lujo— hoy se resuelve con creatividad dinámica, retargeting programático y motores de recomendación que ajustan el mensaje en tiempo real para cada usuario individual, no para un grupo de miles. El segmento pasó de contar con cientos o miles de personas a contar, en el límite, con una sola: el mismo Ford Explorer que en 1998 tenía tres relatos hoy podría tener, en teoría, tantos relatos como visitantes distintos llegan a su sitio web.
Lo que no cambió es el diagnóstico de fondo: un mensaje genérico, disparado a toda la base por igual, sigue siendo la forma más cara de no vender nada.












