Por Gustavo Saientz (*)
Hoy no podemos hablar de innovación sin mencionar la irrupción de la inteligencia artificial, que atraviesa todas las industrias y sectores. Su efecto es doble. Por un lado, nos obliga a revisar el contexto con mayor frecuencia para no quedar obsoletos, revisar nuestros productos, servicios, procesos internos y cuánto aportamos en la cadena de valor. Esto nos impulsa a innovar. Por otro lado, permite que los ciclos de innovación -desde la idea hasta la implementación- se reduzcan de meses o años, a tan solo unos días o semanas. Permite testear y equivocarse más rápido, más barato y con menos riesgos. Democratiza el acceso a las herramientas y procesos de innovación, y también los descentraliza, permitiendo ciclos casi completos de innovación impulsados por un único individuo en la organización y no necesariamente dependiente de un equipo completo. También es cierto que esto puede generar un riesgo de gobernanza, y en ese caso habrá que evaluar y encontrar un equilibrio de compromisos.
La innovación es más una actitud frente a los desafíos que una bajada de línea impuesta por el directorio.
Desde nuestra experiencia, podemos identificar tres disparadores frecuentes de innovación:
- La innovación bottom-up: impulsada por el deseo de hacer el trabajo de forma más eficiente, de no hacer tareas repetitivas y aburridas. Es liderada desde todos los niveles de la organización y, aunque suele ser caótica y errática, resuelve problemas reales del día a día. Para que ocurra, es fundamental promover un ambiente propicio y empoderar a los colaboradores para proponer y ejecutar nuevas ideas, lo que a menudo requiere disponer de tiempo para la experimentación y libertad para adoptar nuevas herramientas disponibles en el mercado.
- La innovación como mirada estratégica: se enfoca en el largo plazo. ¿Hacia dónde va el mercado? ¿Cuáles son las tendencias disruptivas? ¿Qué debemos hacer distinto en dos años para seguir aportando valor? Estas preguntas, planteadas desde el directorio, impulsan una innovación organizada y orientada al negocio que eventualmente se traduce en nuevos productos o servicios. Requiere hacer un análisis de escenarios posibles y olfato para ir en la dirección correcta.
- La innovación desde la necesidad de los clientes: en todos los negocios existen clientes curiosos con preguntas inéditas. Y si la innovación está en nuestro ADN organizacional, la respuesta será siempre más parecida a un “dejame investigarlo” que a un “esto está fuera del alcance del servicio”. De hecho muchos de los servicios que hoy ofrecemos partieron de un caso como este, en el que comenzamos resolviendo una inquietud puntual para un cliente, que de a poco se fue transformando en un producto formal.
Pero, ¿cómo podemos saber si las iniciativas de innovación verdaderamente ofrecen un retorno tangible? La respuesta está en la medición. Si dijimos que la innovación es una actitud, la medición debe ser una costumbre, casi un reflejo inconsciente de la organización. Todo lo que hacemos debe medirse de cara al impacto en el bottom line del negocio. Pero tampoco alcanza con medir, también hay que analizar los resultados, aprender e iterar para retroalimentar el ciclo de innovación, y esta es otra de las cosas que la IA nos permite hacer más rápido.
El desafío de la medición ya no es técnico, sino cultural. En un contexto en que experimentar cuesta cada vez menos, la ventaja competitiva ya no está en tener la mejor tecnología, sino en construir una organización capaz de innovar con rapidez, aprovechar la IA para acelerar el aprendizaje y transformar ese conocimiento en soluciones con impacto real en el negocio.
(*) CEO de Resultics












