La verdadera derrota de Bolsonaro no fue la de Lula

Flávio perdió el balotaje y, días después, perdió también el control de su propio relato. El costo político más duradero no lo paga él: lo paga un bolsonarismo que queda sin narrativa y sin sucesión ordenada, mientras Tarcísio de Freitas ocupa, con cautela, el espacio que se abrió.

Por Gonzalo Berra para Mercado

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En una nota previa publicada en este mismo medio inmediatamente terminada la primera vuelta, cité a un taxista en Río que describía, sin saberlo, el guión que terminaría por imponerse después: el resultado solo sería legítimo si ganaba Bolsonaro; si perdía Lula, instauraría un “estado de excepción” porque el PT no tenía con qué sucederse a sí mismo. Cuando le mencioné al pasar la toma del Congreso de enero de 2023, la respuesta fue que se había tratado de un montaje.

Aquella nota terminaba “Si se produjera el milagro -que ganara Lula-, todavía tendríamos que ver si el bolsonarismo lo acepta. La última vez que se lo preguntaron, la respuesta llegó el 8 de enero de 2023.”

Esa pregunta tuvo respuesta la semana posterior a la elección. Y no la dio Flávio Bolsonaro. La dio su propio partido.

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El sesgo de confirmación como programa político

Daniel Kahneman describió un mecanismo que ayuda a entender lo ocurrido: WYSIATI, “lo que ves es todo lo que hay”. La mente no suele evaluar la calidad ni la suficiencia de la evidencia antes de construir una explicación coherente de los hechos; arma el relato con lo que tiene a mano y, una vez armado, deja de buscar. El taxista de Río no necesitaba pruebas de un fraude que todavía no había ocurrido: el relato ya estaba completo antes de la primera boleta. Flávio Bolsonaro repitió esa lógica a escala de carta pública: denunció una prórroga “ilegal” del horario de votación, habló de un “repugnante fraude” sin aportar evidencia verificable y pidió a la comunidad internacional que no “normalizara” lo ocurrido en Brasil. El Tribunal Superior Electoral ya había proclamado el resultado, con una diferencia de más de cuatro millones de votos a favor de Lula. Nada de eso modificó el relato: estaba escrito de antemano.

Un movimiento político puede sostenerse largo tiempo sobre un sesgo de confirmación compartido puertas adentro. Lo difícil es sostenerlo una vez que sale a la luz pública, donde otros actores —con intereses propios— deben decidir si lo acompañan.

Cuando el partido se despega del candidato

El lunes 26, pocas horas después de que Flávio anunciara en Brasilia que no reconocía el triunfo de Lula, el presidente del PL, Valdemar Costa Neto, se distanció sin nombrarlo: el partido, dijo, “reconoce el resultado proclamado por el Tribunal Superior Electoral”. No fue un gesto aislado. Lo siguieron Republicanos —partido del propio Eduardo Bolsonaro— y gobernadores aliados como Ronaldo Caiado, que ya habían reconocido la victoria de Lula sin reservas. Cuando Flávio llegó a Miami dos días después y se proclamó “verdadero presidente electo”, Trump, consultado directamente al respecto, evitó pronunciarse: “No voy a hacer un comentario al respecto”. Sin el respaldo del partido ni el de Washington, el relato quedó sostenido por una convicción tan cerrada como la del taxista de Río, pero cada vez más aislada.

Ese aislamiento es el dato central. La derrota electoral —48,21% contra 51,79%— es una derrota administrable dentro de cualquier sistema democrático. Lo que resulta más difícil de administrar es haber perdido, en el mismo movimiento, el control sobre el aparato partidario que se pretendía encabezar, justo cuando ese aparato optaba por legitimar al gobierno entrante. Perder una elección y perder la conducción del propio relato político son dos derrotas distintas, y la segunda suele costar más tiempo revertirla.

Una sucesión que avanza por omisión

En ese contexto se explica la posición de Tarcísio de Freitas, reelecto gobernador de San Pablo con el 62,85% de los votos. No necesitó confrontar públicamente con Flávio ni romper de manera explícita con el bolsonarismo: le bastó con expresar sorpresa por la salida del país y reconocer sin ambigüedades el resultado electoral. Esa diferencia de tono, mínima en apariencia, lo ubica como el interlocutor mejor posicionado dentro de una derecha que gobierna la mayoría de los estados brasileños y que necesita, de cara a 2030, una conducción que no dependa de un relato que ya no cuenta con respaldo institucional ni internacional.

Corresponde reconocer lo que la nueva derecha brasilera sí consiguió: ganó la primera vuelta, construyó una bancada amplia en el Congreso y en el Senado, y deja a Lula gobernando frente a una oposición parlamentaria sólida. Ese dato de poder real no se modifica con lo ocurrido después. Lo Flávio que no logró, y constituye su verdadera derrota definitiva, fue sostener el relato de persecución política y amenaza comunista que la familia Bolsonaro construyó durante años, un relato que dependía de que el adversario no reconociera su propia derrota. El partido lo reconoció. Los aliados internacionales, con las excepciones de Argentina y Estados Unidos, también lo reconocieron. Quien no lo hizo terminó defendiendo esa posición desde un aeropuerto en Florida, cada vez con menos interlocutores dispuestos a acompañarlo.

El taxista de Río, probablemente, sigue esperando el estado de excepción que anticipaba. La experiencia reciente sugiere que esa espera no tendrá final.

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