En el mundo de las entidades empresarias hay un antes y un después de Domingo Cavallo. “Nos cayó la bomba neutrónica”, dicen los de la Unión Industrial, casi sin respiro para meditar y debatir su futuro: hoy la entidad que cobija a los grandes empresarios está en pleno ajuste y plan de mudanza al viejo edificio de Avenida de Mayo al 1100, que les permitirá ahorrarse los $ 30.000 mensuales de expensas que desembolsan en el edificio Carlos Pellegrini, que quedará como recuerdo de mejores tiempos.
Los cambios en el gremialismo empresario reflejan en la superficie el nuevo modelo económico. “En la época de la sustitución de importaciones y fuerte regulación de la economía, el papel de las instituciones era el seguimiento de los intereses particulares, como los decretos de promoción, o la custodia del régimen de compre nacional. Así se fueron creando organizaciones alrededor de un esquema económico. Pero con la desregulación todo eso perdió sentido y el papel de las cámaras ante sus asociados se debilitó”, comentaron en la consultora Booz Allen en riguroso off the record.
Un conocedor del funcionamiento de las cámaras describe así el proceso que las dio vuelta como un guante: “Antes había que ponerse de acuerdo con los competidores para definir un nivel de precios y elevarlo a la Secretaría de Comercio. Y había una relación muy estrecha entre proveedores y clientes. Desde que se empezó a operar en un mercado abierto, los intereses se fueron diversificando de manera amplia y cambió la relación entre competidores y proveedor-cliente. Ahora se importa lo que otro socio abastecía, y en vez de acuerdos hay luchas feroces por la subsistencia”.
En la Cámara Argentina de Comercio cuentan en voz baja que permaneció intacta la estructura de la organización pero “se alteró la naturaleza de los intereses de nuestros representados”. Ovidio Bolo, timonel de la cámara de supermercados, se las ve negras para sacar algún pronunciamiento, aunque sea en términos generales, como la defensa de Cavallo, “sencillamente porque es muy difícil sentar a la misma mesa a Norte, Disco y Carrefour”.
Y hay un indicio de futura languidez. La colosal Wal Mart, que viene en tren de mandar en ese terreno, decidió no asociarse a ninguna cámara. Terrabusi, en manos de Nabisco, estuvo a un tris de abandonar la Copal, que cobija a las emrpesas de alimentación, y ejerce la mayor cuota de poder dentro de la UIA, donde durante varios años definió las elecciones y hoy ocupa posiciones claves.
La Copal es la única, además de la UIA, que cuenta en la celebración de sus aniversarios con la presencia de los presidentes de la nación, una tradición que inauguró Raúl Alfonsín y cumple Carlos Menem.
¿Lobby y Nada Más?
“En Estados Unidos las cámaras están prohibidas como tales. El modelo de representación empresaria pasa por entidades altamente profesionalizadas, organizadas por sectores y con un papel diferente al de aquí, que, en todo caso, es complementario al del propio lobby”, deslizaron en Nabisco.
Los cambios de dueños en las empresas, que arreciaron en los negocios de consumo masivo, impactaron en las instituciones.
Las multinacionales cuentan con un management profesional que responde a políticas establecidas desde su casa matriz o su controller regional. Si deciden, como Nabisco, permanecer en las cámaras habrá nuevas figuras con menor independencia de criterios.
“Ya no veremos a los capitanes de industria con un peso específico de poder, sino a los gerentes que tienen que consultar cada uno de sus pasos con su controller”, insistió un ex secretario de la UIA.
Fotos Amarillentas
Para colmo, esta nueva realidad pesca a las entidades con rasgos de rigidez que no pudieron vencer. El estatuto de la UIA es un botón de muestra: deduce la importancia de cada sector del censo industrial que se toma cada 10 años. La foto de hoy tiene poco que ver con la del ‘84, cuando se realizó el último. Hay 20.000 establecimientos industriales menos, y el peso relativo de los textiles, por citar un caso, era bastante distinto una década atrás.
Consciente de estas limitaciones y con un rojo de US$ 600.000, la UIA abrió este año la ventana y sugirió aportes a su cuenta bancaria a los grandes grupos económicos. Se advierten, por cierto, caras nuevas en su plana mayor: Roberto Rocca, de Techint, preside el Instituto de Desarrollo Industrial, y en la comisión directiva ocupan sendos asientos Martín Páez
Allende, el public relations de YPF, y Jorge Mostany, de Ford.
La UIA acaricia, además, el proyecto de cobrar la cuota de sus asociados a través de un aporte proporcional por número de empleados, como lo hacen sus colegas de la Fiesp, la vigorosa entidad de San Pablo, a través de la folha salarial.
Como saben de la resistencia que opondrá Cavallo, planean algo mínimo, que no será un tesoro pero, al menos, un buen pellizco.
La iniciativa no es nueva. En 1988, Confederaciones Rurales Argentinas (CRA), que agrupa a ganaderos y productores de medianos para arriba, quiso un bocado apetitoso de las ventas de hacienda vacuna. Pero el 2 por mil, finalmente establecido como aporte a la entidad, no fue declarado obligatorio y hoy los ruralistas viven en el equilibrio de la pobreza. Aportes de Bunge y Born y de algunas cerealeras, que mantienen su nombre en reserva, sumados a un plan de austeridad, hicieron que CRA no generara más déficit.
A fines de agosto estuvo en Buenos Aires Luc Guyau, presidente de la poderosa federación de productores agropecuarios franceses (representa a 70% del sector y cuenta con un presupuesto de US$ 60 millones al año). En un íntimo almuerzo en la Sociedad Rural les habló del nuevo tipo de gremialismo empresario: aconsejó alianzas estratégicas con los homólogos del Mercosur para salir a vender juntos afuera y mucha capacitación y entrenamiento para los asociados. En el salón de los espejos del palacete de Florida, la sede de la Rural construida a fines del siglo pasado y que perteneció a la familia Peña, le respondieron: “Estamos instalados en otras urgencias”.
Banqueros
Resquemores, Austeridad y Discreción
La crisis financiera golpeó el corazón de Adeba, que reúne a los bancos nacionales de todo tamaño, a los que se sumó el Citibank. Las entidades mayoristas, todas socias de Adeba, fueron las primeras en recibir el impacto. Y pusieron el grito en el cielo ante sus representantes: “Consideramos que el grupo de bancos grandes no nos defendió, que no hicieron gestiones suficientemente decididas ante el Banco Central, que aprovecharon la crisis para llevar agua para su molino”, comentaron en el UNB, que terminó fusionado con el Medefin para seguir en carrera.
En Adeba reconocen los resentimientos y admiten que en marzo estuvieron al borde de una división. En ese momento decidieron romper con un rito de trece años y no realizar su convención anual. Para una entidad en la que los gestos y las tradiciones son palabra sagrada no fue poca cosa. Con un presupuesto anual de $ 2 millones, a Adeba se la considera la más poderosa de las entidades emprsarias. Agrupa a los dueños de los bancos, y no a los gerentes, como hace Abra que cobija a los bancos de capital extranjero.
Adeba no ejerce su influencia de modo espectacular, sino a través de reuniones reservadas. Eduardo Escassany, timonel del Galicia y presidente de la Asociación, es de los que frecuentan a Menem en Olivos y suele desayunar los sábados en el departamento de Domingo Cavallo.
La gestión de Escassany se diferencia de la de Roque Maccarone, ex Banco Río y ahora estratega de la política financiera del equipo económico. Maccarone tomó las riendas de Adeba cuando se abría el proceso democrático y el negocio entraba en expansión.
Escassany dice que su tarea pasa, en cambio, por preservar la solidez del sistema, y que prefiere bancos muy asentados antes que un gran número de entidades, porque así se ayuda a consolidar el prestigio bancario.
Aclaración
En el recuadro titulado “La Industria Automotriz en Cifras”, complementario del ranking de las 1.000 empresas que más importan, publicado en la edición anterior, se deslizó un error. Las exportaciones que figuran como efectuadas por Ciadea, pertenecen a Autolatina y viceversa. Esta modificación no altera, sin embargo, las cifras de la columna que refleja la gravitación de las importaciones sobre las ventas totales.
Antiguo Esplendor
La Sociedad Rural es una sombra de lo que supo ser. Apremiada por sus deudas con los bancos, decidió poner en venta el campo de 200 hectáreas que tiene en Del Viso, sobre la Panamericana y a pocos kilómetros de la Capital. Símbolo de estos tiempos, lo que es hoy un centro de experimentación ganadera se convertirá pronto en un barrio privado.
La Rural aún ocupa a 200 empleados y tiene el manejo de los registros de pedigrée. Pero esos ingresos, a los que se agregan los de las cuotas de sus asociados y los de las exposiciones, no alcanzan para cubrir el bache con los bancos: debe cerca de US$ 15 millones a un club integrado por el República, el Galicia, el Quilmes, el Río y el Roberts.
Según sus cálculos, puede conseguir cerca de US$ 20 millones por Del Viso, ubicado estratégicamente junto al Club Armenio (uno de los posibles compradores) y el country Highland Park. Las deudas que arrastra la Rural con los bancos vienen de la época en que se quedó con el predio de Palermo. Carlos Menem les cedió esas tres hectáreas frente a Plaza Italia en diciembre del ‘91 por apenas US$ 30 millones y a pagar con amplias facilidades. Pero, para pagar la llave, la Rural se endeudó fuertemente con el Banco República, que le prestó US$ 10 millones. Luego fue refinanciando esa deuda con otros bancos.
Ocho Grandes Nombres Ocho
El Grupo de los Ocho tomó fuerza cuando desfallecía el Plan Austral y aparece en escena desde entonces como portavoz del establishment cada vez que las papas queman. Según sus detractores, los Ocho (reúnen a las dos cámaras de la construcción, a las dos de los banqueros, la de comercio, la Sociedad Rural y CRA) “tienen más nombre que otra cosa”.
Hubo intentos de deserción, como el de Adeba a fines del ‘94, pero todo quedó en la nada, porque a pesar de que los intereses son distintos “nos une la defensa del modelo y hoy resulta más eficaz movernos todos juntos frente a las crisis”, según justifica un banquero.
Hay, sin embargo, otras entidades de escasísimas apariciones públicas, pero con alto voltaje en cada uno de sus movimientos silenciosos. El Consejo Empresario Argentino, comandado por Enrique Ruete Aguirre (Banco Roberts) es una de ellas. En la última pelea entre el presidente y su ministro Cavallo, el CEA no hizo ningún gesto público.
Pero en privado movió hilos en Washington para lograr dos comunicaciones telfónicas que resultaron decisivas para inclinar la balanza a favor de Cavallo: la de David Mulford, del Boston, y la de William Rhodes, de Citicorp.
La otra es Acde, la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresas, donde influye Eduardo Casabal, de Pérez Companc, y con estrechos vínculos con el Vaticano. Acde nuclea a empresarios de todo tamaño y facilita vínculos entre chicos y grandes. Se pronuncia sólo ante problemas con impacto social: estuvo activa cuando se conoció el índice de desocupación y reclamó en la voz de su presidente, el consultor Luis Riva, un plan más humano.
Claroscuros
El Consejo Empresario Argentino fue creado en 1967 a instancias del por entonces ministro Adalbert Krieger Vasena. Su primer presidente fue José Martínez de Hoz y entre quienes colocaron la piedra fundamental estaban Jorge Born, Luis Gotelli (del Banco de Italia, luego procesado), Francisco Soldati, Oberdan Sallustro (de la Fiat, secuestrado y asesinado en plena erupción de la violencia política de los ‘70) y Eduardo Gruneissen (Astra). Desde entonces, el CEA actuó como portavoz del establishment. Pero su estrella se eclipsó durante el gobierno de Alfonsín,
cuando vino a ocupar el centro del escenario el llamado Grupo María, comandado por los capitanes de la industria.
Con la asunción de Carlos Menem, el CEA volvió a adquirir protagonismo, impulsado por Jorge Born, quien buscaba respaldo para la gestión de Néstor Rapanelli.
Desde entonces padeció dos deserciones: los Blaquier, del Ingenio Ledesma, y Techint. En ambas empresas explican la retirada por su oposición al ultraliberalismo económico que pregona el CEA.
En mayo de 1990, la entidad propuso medidas de emergencia. Elaboró un plan alternativo junto con Fiel y lo bautizó Transición Ordenada para una Economía de Mercado. Consistía en una política de shock con fuerte ajuste fiscal y reforma de la carta orgánica para darle independencia al Banco Central.
En el ‘93 estuvo en contra de la reelección presidencial y publicó solicitadas oponiéndose a la reforma constitucional. Sin embargo, la entidad agasajó a Menem en el Jockey Club el 13 de mayo de ese año para darle pleno respaldo al modelo económico.
Su última aparición pública fue en febrero de este año, cuando gestionó el empréstito patriótico: el tramo local juntó más de $ 1.200 millones. El CEA está presidido hoy por Enrique Ruete Aguirre, del Banco Roberts. Y éstos son algunos de sus miembros más conocidos: Armando Braun (de la familia Braun Menéndez, con campos en el sur y acciones en el Galicia), José Martínez de Hoz, Juan Munro (Philip Morris), Luis María Flynn (ex Cargill), Noberto Morita (Quilmes), Eduardo Casabal (Pérez Companc), Santiago Soldati (Sociedad Comercial del Plata), Arturo Acevedo (Acindar), Jorge Brea (Shell), Octavio Caraballo (Bunge & Born), Hugo D’Alessandro (Arcor), Félix de Barrio (Idea), Francisco de Narváez (Tía), Ricardo Gruneissen (Astra), Alberto Guil (Supermercados Norte), Oscar Imbelloni (Refinerías de Maíz), Ricardo Martorana (IBM), Juan Carlos Masjoan (Telecom), Jaime Núñez (Bagley), Carlos Oliva Funes (Swift), Luis Otero Monsegur (Banco Francés), Carlos Pulenta (Peñaflor), Manuel Sacerdote (Banco de Boston), Patricio Zavalía Lagos (Alpargatas) y Federico Zorraquín (Ipako).

