La limpieza facial es un paso central de la rutina de cuidado de la piel y, a la vez, un punto frecuente de errores de práctica. En el rostro se acumulan sudor, restos de protector solar, maquillaje, contaminación ambiental y células muertas, una combinación que puede obstruir poros, favorecer imperfecciones y comprometer el resultado de tratamientos posteriores.
En ese marco, el médico dermatólogo Simón Sacrano (MN. 151411), para CeraVe, planteó que el objetivo de la higiene no es agresivo, sino compatible con la protección natural de la piel. “Una limpieza adecuada no solo remueve la suciedad, sino que ayuda a mantener intacta la función de barrera de la piel”, dijo Sacrano, médico dermatólogo para CeraVe. En la misma línea, sostuvo que “la elección del producto debe basarse estrictamente en las necesidades de cada piel”, y que esas necesidades pueden variar con el clima, la edad o ante el consumo de determinados medicamentos y tratamientos dermatológicos.
El punto de partida, según el especialista, es reconocer el tipo de piel para seleccionar el tipo de limpiador. La piel grasa se caracteriza por el brillo en la zona T —frente, nariz y mentón— durante gran parte del día. En esos casos, se recomiendan limpiadores en gel o espumosos que eliminen el exceso de sebo sin resultar agresivos ni generar un efecto rebote.
La piel seca, en cambio, suele presentar sensación de tirantez, incomodidad o descamación. Para ese perfil, se priorizan limpiadores cremosos con ingredientes humectantes que limpien respetando los lípidos naturales. La piel mixta combina una zona T grasa con mejillas secas y se beneficia de limpiadores suaves que mantengan un equilibrio entre limpieza y confort.
El comunicado también enumeró cinco mitos y errores comunes. Uno de los más extendidos es asociar la tirantez posterior al lavado con una higiene “profunda”: esa sensación puede indicar que la barrera cutánea fue alterada, con riesgo de descamación e irritación. Otro hábito cuestionado es asumir que el agua por sí sola alcanza: puede eliminar parte del sudor e impurezas, pero no remueve correctamente el sebo, el protector solar, el maquillaje ni los contaminantes adheridos a la piel; por eso, especialmente por la noche, se consideró imprescindible usar un limpiador facial.
También se desaconsejó usar el jabón de ducha para el rostro, ya que los jabones tradicionales suelen tener un pH elevado y detergentes más agresivos que alteran la función de barrera y favorecen irritación y sequedad. En cuanto a la frecuencia, se remarcó que lavarse más no implica menos acné: el acné no se debe a falta de higiene y el exceso de lavado puede irritar la piel y empeorar la inflamación; dos limpiezas al día, una por la mañana y otra por la noche, se consideraron suficientes.
Para el lavado, la recomendación fue aplicar una pequeña cantidad de limpiador, masajear suavemente con las yemas de los dedos durante unos segundos, enjuagar con abundante agua y secar a toques suaves con una toalla limpia, sin frotar con fuerza ni usar cepillos o esponjas; en el caso de limpiadores en gel, se sugirió hacer la espuma en las manos antes de llevar el producto a la cara.












