Sandra Manríquez tiene 78 años, vive en el litoral central de la Quinta Región y sostiene que los cambios de hábitos no tienen “fecha de vencimiento”, incluso en la adultez mayor. Hace 15 años adoptó una alimentación vegana y, desde entonces, vincula esa decisión con su estado de salud y con un giro personal que incluyó activismo por los animales, un emprendimiento y participación comunitaria.
El punto de partida, según su propio relato, fue una experiencia familiar. Su hija rescató a una chanchita recién nacida que todavía tenía el cordón umbilical. Durante el día, Manríquez se hacía cargo del animal mientras su hija trabajaba y, con el tiempo, esa cría pasó a integrarse a la vida cotidiana de la familia. La llamaron Monty.
La convivencia diaria con Monty fue determinante para que estableciera una comparación que, hasta ese momento, no había hecho. “Al estar en contacto diario con ella comprendí muchas cosas que antes no entendía: no tenía absolutamente ninguna diferencia con un gatito o un perrito”, dijo Sandra Manríquez, autora del texto de opinión. En esa misma secuencia, describió el impacto emocional de esa conclusión y la ligó a su decisión posterior de modificar la alimentación.
El cambio, planteó, no ocurrió en un contexto neutral desde el punto de vista médico. A los 63 años tenía diabetes desde joven y afirmó que los doctores que la atendían se opusieron cuando decidió modificar su dieta. Aun así, avanzó con la decisión junto a su pareja, a quien mencionó como parte de un “cambio de vida profundo”.
En la actualidad, Manríquez asocia el veganismo con mejoras en su cuadro. Señaló que se realiza exámenes de manera periódica por pedido de su diabetóloga y que esos controles muestran resultados positivos. También afirmó que no se enferma, que tiene “todos los niveles excelentes” y que cuenta con “mucha energía”. “A los 63 años me hice vegana, y a los 78 tengo la salud de hierro que nunca imaginé”, dijo Sandra Manríquez, autora del texto de opinión.
Tras la muerte de Monty, relató que decidió dedicarse al activismo por los animales. En paralelo, impulsó un emprendimiento de colaciones veganas “a precio consciente”, con el argumento de no alejar a las personas del veganismo por valores elevados. Indicó que comenzó sola hace más de seis años y que hoy el taller está integrado por seis personas, todas veganas.
Además, participa de un club de adultos mayores donde hace zumba y tango, y acompaña a compañeros que buscan comer “más saludable”. En ese espacio, explicó, conviven personas veganas y otras que eligen una alimentación “en base a plantas” por motivos de salud. Su historia circula este mes en el marco de testimonios que Veganuary destaca para vincular veganismo y personas mayores.












