lunes, 1 de junio de 2026

    Desde un puñado de islas

    Constituido como país independiente hace apenas medio siglo, Taiwán logró índices de crecimiento económico y de inversión extranjera que aun superan a los de los llamados tigres asiáticos. Desde 1986, el país crece a una tasa promedio anual de 6% y los sectores más dinámicos son los servicios financieros, transportes marítimos y aéreos, las telecomunicaciones y las manufacturas de precisión.


    El legendario sello made in Taiwan mutó, en la década pasada, a very well made in Taiwan, una iniciativa oficial dirigida a apuntalar la idea de que los productores de la isla se habían impuesto estándares de calidad más exigentes que los habituales en la región.


    Se trata, a todo esto, de una economía enclavada en un puñado de islas cuya superficie total no supera los 36.000 kilómetros cuadrados (apenas algo más que la provincia de Tucumán), con una población de 22 millones, una densidad de 610 habitantes por kilómetro cuadrado y un PBI

    anual de US$ 13.000 per cápita.


    Sin duda, el secreto del despegue taiwanés está en el comercio exterior. Según cifras del gobierno de Taipei, durante 1999 las exportaciones generaron US$ 120.000 millones, de los cuales 98,4% correspondió a productos industriales. Sus principales clientes fueron Estados Unidos y Japón. Las importaciones sumaron US$ 110.000 millones, compuestas en su gran mayoría (64%) por materias primas.


    La pelea por el nombre


    En Formosa, un archipiélago ubicado entre el Mar de China y el Océano Pacífico, solían estallar las históricamente tensas relaciones entre Japón y China. De hecho, entre 1895 y 1945, el territorio actual de Taiwán perteneció a Japón. Después del triunfo de la revolución comunista en China, el líder nacionalista Chiang Kai Sek buscó refugió en la isla. Su organización política, Kuomitang, comandó una suerte de resistencia nacional.


    En 1949, el gobierno de Taipei obtuvo el reconocimiento de las Naciones Unidas y hasta llegó a tener una silla en el Consejo de Seguridad, pero finalmente debió ceder ante la República Popular, que fue admitida como China por la ONU en 1979.


    La independencia de Taiwán terminó de confirmarse cuando asumió Lee Teng Hui, en 1988: por primera vez, el poder era ocupado por un político ajeno a la dinastía Chiang y, también por primera vez, se trataba de un originario de Taiwán y no de un exiliado continental. Ya en 1996, en las primeras elecciones abiertas del país, se impuso Lee Teng Hui, consolidando el paradigma que proponía a Taiwán como base para las operaciones de las principales multinacionales en Oriente.


    Saldo negativo


    Las relaciones económicas entre Buenos Aires y Taipei registraron un gran salto en 1989, cuando el intercambio bilateral trepó a US$ 150 millones, una cifra tres veces más alta que la correspondiente a 1987. Durante la última década, el comercio entre ambas naciones continuó en alza, aunque cambió el signo de la balanza. En el primer año de la presidencia de Carlos Menem, la Argentina logró exportar a Taiwán por US$ 135 millones y sólo importó por US$ 12 millones. Ocho años después, aunque las ventas argentinas se mantuvieron en un nivel superior a los US$ 100 millones, las importaciones treparon a US$ 222 millones.


    El desarrollo tecnológico es el principal motor de este cambio. Las exportaciones argentinas continúan ancladas en el agro, especialmente maíz, soja y sus subproductos.


    “El intercambio bilateral está pasando un buen momento. Pero podría crecer más, porque Taiwán ocupa el 15º lugar en el mundo en comercio exterior”, reclama Lin Teng Ching, director de la Oficina Comercial y Cultural de Taiwán.


    El gigante del microchip


    Acer es una de las pocas empresas taiwaneses instaladas en el país, donde desembarcó en 1993. Hoy, no sólo es el mayor grupo industrial de Taiwán sino, también, el principal productor de computadoras personales, componentes y periféricos de Asia. “El año pasado la empresa facturó US$ 8.400 millones en todo el mundo y las proyecciones para el 2000 superan los US$ 10.000 millones”, explica David Kaplan, director administrativo y financiero de la filial argentina, totalmente controlada por la casa matriz de Acer en Taipei.


    En la decoración de la oficina de Kaplan sobresale un ideograma que él mismo se encarga de traducir. “La palabra crisis se compone, para ellos, de otras dos palabras: peligro y oportunidad“. La parábola resulta apropiada para explicar la historia de Acer, nacida hace 26 años como una iniciativa ambiciosa de 11 personas en un momento adverso para la economía taiwanesa.


    El proyecto Argentina Digital, impulsado por el gobierno de De la Rúa, ha llegado a convertirse en una de las principales prioridades de la empresa a escala mundial. Hace tres meses, directivos de la primera línea de Acer se reunieron en Buenos Aires con la plana mayor del Banco Nación para cerrar los acuerdos a través de los cuales la compañía taiwanesa será el principal proveedor de las computadoras financiadas por el Estado argentino en 36 cuotas, por un valor total de $ 850.


    “Para Acer, una empresa con un volumen de operaciones de US$ 10.000 millones, un plan de US$ 1.000 millones se convirtió en una prioridad. No sólo porque aspiramos a captar 20% de la demanda, sino porque esto apunta al segmento de mercado que más nos interesa”, explica Kaplan.


    Vía marítima


    Los barcos y containers verdes con la marca Evergreen son sobradamente conocidos en el puerto de Buenos Aires. Detrás de este nombre se encuentra otro gigante de la economía taiwanesa, el Evergreen Group que, entre otras cosas, es dueño de la segunda flota de navegación comercial del mundo, con 134 buques de gran envergadura.


    “La Argentina es el primer país de Sudamérica en el que comenzamos a operar: desde 1996 tenemos una oficina en Buenos Aires”, señala Austin Chinjen, director local del grupo y ex representante diplomático taiwanés en Brasil.


    Para los próximos meses, los planes del grupo son más ambiciosos y trascienden el rubro naviero. “Nuestro proyecto es comenzar a desarrollar inversiones en el campo cultural a través de nuestra Fundación Chang Yung-Fa, porque de esa manera vamos a generar mayor confianza lo que, a su vez, nos ayudará a superar las complicadas barreras burocráticas que hoy encuentran nuestras inversiones”, asegura Chinjen.


    También pusieron en marcha un proyecto en Puerto Madero. El primer paso fue la compra, en US$ 10 millones, de un terreno en el dique 2 ­frente a la sede de la Universidad Católica Argentina­ que pertenecía a Irsa. Allí se construirán dos torres gemelas de diez pisos, con una universidad y un hotel. “La idea es crear un puente cultural y comercial entre Taiwán y la Argentina. En la universidad, que estará en funcionamiento en el 2004 y para la que invertiremos US$ 50 millones, dictaremos carreras de administración hotelera, transporte y comercio internacional”, se entusiasma Chinjen.


    Para este emprendimiento, los taiwaneses se asociaron con el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (Itba) que les brindará, además del know-how académico, la imprescindible conexión local. El líder y fundador de Evergreen, Chang Yung-Fa, fue uno de los empresarios pioneros en incursionar en Latinoamérica, en la década de 1970.

    Hoy, además de la poderosa flota naviera que emplea a 17.000 personas
    en todo el mundo, Evergreen tiene una cadena hotelera y una línea aérea
    propia, Eva Air, que cubre rutas entre los principales países de Asia,
    Europa y América del Norte.