La primera empresa china que se instaló en la Argentina fue la fabricante de motos Jincheng, integrante del grupo Avic, uno de los mayores conglomerados estatales del país.
En diciembre del año pasado, se asoció con la firma chaqueña Daltac, una importadora de motos y ciclomotores que cuenta con 20 locales en la región y era, hasta ese momento, la distribuidora exclusiva en el país de los rodados de Jincheng.
El fruto del acuerdo fue Jinarg, un joint-venture por partes iguales que, en enero de este año, comenzó a ensamblar ciclomotores y motos de hasta 150 centímetros cúbicos en una planta de la localidad santafesina de Avellaneda, con una inversión inicial de US$ 2 millones. “Nos llevó casi cuatro años de negociaciones y viajes”, admite Julio Acosta, presidente de Daltac. Pero lo cierto es que los socios chinos y argentinos hoy están ensamblando 500 motos por mes y el objetivo es llegar a 1.500 unidades a partir del año próximo. En la fábrica trabajan 50 personas, incluyendo dos gerentes de Jincheng, que se ocupan de las finanzas y el control de calidad.
“Hasta ahora, importamos las partes desde China y ensamblamos las motos en Santa Fe, pero estamos trabajando para iniciar la producción de algunas piezas en el país, con el objetivo de que en el 2001 el producto sea considerado como fabricado en el Mercosur y podamos exportar a otros países de la región”, explica Acosta. Una vez concluido el proceso de nacionalización, esperan alcanzar una facturación de US$ 10 millones.
Sin embargo, los planes del grupo Daltac no se terminan con el acuerdo con Jincheng. La firma examina otros proyectos de asociación con empresas chinas. “El rubro que más nos interesa es el del tabaco. Los chinos fuman muchísimo e importan tabaco de todo el mundo, de modo que hay grandes oportunidades para fabricar cigarrillos en la Argentina y colocar la producción allá”, señala Adrián Anaya, apoderado de Jincheng.
De Shangai a Tierra del Fuego
El segundo acuerdo de asociación entre empresas de ambos países fue el que alcanzaron la fabricante de electrodomésticos argentina Athuel Electrónica, dueña de la marca Serie Dorada y controlada por el empresario José Liberman, y la compañía china Wuxi Little Swan, para iniciar la producción de lavarropas en Tierra del Fuego, con una inversión inicial de US$ 8 millones.
El joint-venture está controlado por los socios argentinos, con 70% de las acciones. La producción de los lavarropas se iniciará en marzo del próximo año en el complejo industrial que tiene Athuel en Río Grande, Tierra del Fuego, donde hoy fabrica televisores y videocaseteras.
Todas las negociaciones estuvieron a cargo de Liberman, actual presidente de la Cámara de Comercio e Industria Argentino-China y uno de los empresarios locales que mejor conoce el mercado de Lejano Oriente, tras haber sido, durante años, importador exclusivo de las calculadoras Casio.
Los lavarropas se comercializarán exclusivamente en el mercado local, seguramente con la marca Serie Dorada, aunque no se descarta la posibilidad de exportar a otros países de la región.
El proyecto apunta a alcanzar una producción de 80.000 unidades anuales en el tercer año de operaciones. “Este es el primer negocio que emprende Little Swan en Latinoamérica. Por el momento, no están programadas nuevas asociaciones para otras líneas de productos, pero esto podría encararse a futuro”, explica Gabriel Martínez, gerente de ventas de Athuel Electrónica, una de las escasas empresas enteramente locales que sobreviven en el mercado de electrodomésticos.
Wuxi Little Swan Company es el mayor fabricante de lavarropas de la República Popular China, con una producción de 2,5 millones de unidades anuales. La empresa nació en 1958 y forma parte de Jiangsu Little Swan Group, uno de los mayores holdings industriales de China, con ventas anuales por US$ 475 millones y ganancias cercanas a US$ 40 millones.
En octubre, Athuel cerró un acuerdo con Dalian International Corporation Holdings, una empresa controlada por el gobierno de la provincia de Dalian. La inversión ascenderá a US$ 15 millones y la empresa china se comprometió proveer los kits para el ensamblado de 180.000 televisores durante el año próximo, aunque los primeros aparatos con piezas importadas estarán en el mercado en diciembre.
“El acuerdo contempla un incremento de la producción hasta alcanzar las 220.000 unidades en el 2003, y para más adelante tenemos programado el inicio de la fabricación de algunas piezas en Tierra del Fuego. La idea es importar máquinas inyectoras para producir en el país las carcazas plásticas de los televisores”, explica Leandro Liberman, director de Athuel.
“Con los nuevos proyectos, aspiramos a incrementar por lo menos en 30% nuestras ventas en un plazo de dos a tres años”, anticipa el director de Athuel, que el año pasado facturó US$ 40 millones.
Además de Jincheng, Little Swan y Dalian, que son las únicas empresas chinas con inversiones en el país, hay alrededor de 30 firmas, principalmente de Shangai y Beijing, que abrieron oficinas y representaciones comerciales en Buenos Aires. En la mayoría de los casos se trata de traders, aunque también hay media decena de compañías de pesca entre las que sobresalen Dic America y Univpesca y delegaciones de las autopartistas Norinco y Yuejin. Tampoco faltan algunos proyectos más exóticos, como el Jehengsen, una firma controlada por el gobierno chino que aspira a desarrollar un sistema de intercambio de jugadores de fútbol entre ambos países, para lo cual planea levantar un complejo deportivo en la localidad bonaerense de Jáuregui, dentro de las instalaciones del club Flandria.
Los nuevos inmigrantes
La comunidad china es relativamente nueva en la Argentina. Aunque los primeros inmigrantes llegaron al país en la década de 1920, después de hacer escala en Estados Unidos, la gran mayoría se radicó en Buenos Aires, Córdoba y Mar del Plata hace menos de 15 años, y proviene de la zona costera de China (Shangai, Beijing y Canton).
Según los cálculos oficiales, son cerca de 40.000, aunque los miembros de la colectividad aseguran que la cifra está más cerca de los 60.000.
“La inmigración china siempre se movió siguiendo las corrientes inmigratorias japonesas, que fueron muy fuertes en Perú, Brasil y la Argentina”, explica Hong Liang, director de Nuevo Continente, una de las cinco revistas de la colectividad china que se edita en Buenos Aires, con una circulación de 1.200 ejemplares semanales.
Hong Liang afirma que, más allá de las diferencias políticas, los chinos continentales y los taiwaneses conforman una sola comunidad en la Argentina. “Todos somos chinos”, señala, en un fluido castellano, el periodista que hace seis años llegó al país con su familia. “Cuando pisé Buenos Aires, no sabía una palabra de castellano; ni siquiera tenía idea de que existía la letra ñ“.
A diferencia de otras corrientes de inmigrantes que se radicaron en la Argentina después de la Segunda Guerra, los chinos suelen llegar al país con un capital inicial que les permite abrirse paso como comerciantes. Los rubros preferidos son los autoservicios (sólo en Buenos Aires existen cerca de 1.400 locales de la colectividad) y los restaurantes de tenedores libres (se calcula que en la ciudad hay 9.000 cuyos dueños son chinos). “Lo interesante es que no se trata, en todos los casos, de pequeños comerciantes. Ya hay varias cadenas. Por ejemplo, los restaurantes Grant´s cuentan con 11 locales en Buenos Aires y Supermercados Marc tiene 25 bocas”, señala Hong Liang.
El caso de los tenedores libres es la mejor prueba de que los chinos, a pesar de medio siglo de socialismo, saben adaptarse rápidamente al mundo de los negocios y utilizar las herramientas de marketing. Originalmente, este tipo de restaurantes se identificaba claramente con la colectividad, pero ahora las mayores cadenas, como Grant´s, Free Way, Toronto y Sartenes, decidieron ampliar el target, con una oferta de gastronomía internacional en megalocales de autoservicio en los que se cocina a la vista de los consumidores.
El otro rubro donde los inmigrantes chinos se hicieron fuertes es el del comercio mayorista de artículos de bazar y juguetes. En el barrio de Once, unos 70 importadores de la colectividad distribuyen sus productos principalmente entre las casas de todo por dos pesos.
A diferencia de los coreanos, que se radicaron en el Bajo Flores, los inmigrantes
chinos no se concentran en un barrio, aunque existan pequeños conglomerados
de la colectividad, como en Belgrano. “Los chinos viven cerca de donde tienen
instalado su restaurante o autoservicio. Lo que se conoce como Chinatown
en Belgrano es, básicamente, una zona comercial, donde funcionan locales
de venta de comida importada de China”, sostiene Hong Liang.
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