viernes, 1 de mayo de 2026

    Regiones viables, sin coparticipación

    -¿Cuál es, a su juicio, el origen de los problemas de las economías regionales?


    -No todas las provincias que hoy existen estaban presentes en la fundación del Estado Nacional. Muchas son creaciones del siglo XX que, antes de adquirir esta forma jurídica, eran territorios o parques nacionales. Fueron las otras provincias las que les otorgaron el status de entes políticos independientes. El punto relevante es que muchos de estos entes no tenían viabilidad política ni económica, lo que revirtió el espíritu original de la Unión Nacional: el de un acuerdo entre pares. Ahora tenemos provincias que son territorios subdesarrollados, que no son viables económicamente, y el resto de las provincias deben transferirles recursos permanentemente a través de la coparticipación federal. Estas entidades, además, tienen una representación política desproporcionada: a pesar de que económicamente no tienen peso, cuentan con el poder político necesario, a través de sus senadores, para legislar sobre la estructura impositiva.


    -Entonces, ¿usted propone eliminar aquellas provincias que no sean económicamente viables?


    -Yo no planteo que ahora haya que echarse atrás y sacarle representatividad política a provincias que quizá no debieron haberla tenido. Si el criterio para formar provincias fuera exclusivamente la viabilidad económica, yo pediría, como vecino del barrio de Belgrano, que nos provincialicen, nos den tres senadores y varios diputados. La viabilidad económica no justifica tener un voto político en un organismo federal. Yo creo que, a esta altura, no tiene sentido discutir la legitimidad política de las provincias, ni tampoco utilizar exclusivamente el criterio de legitimidad económica, porque así convendría dividir a la provincia de Buenos Aires en cinco, y seguimos multiplicando burocracia; no se trata de eso. Creo que, respetando las individualidades socioculturales, las provincias podrían, desde una perspectiva burocrática, integrar una región como, por otra parte, alguna vez lo hicieron. Me imagino cinco regiones con sus respectivas burocracias: Cuyo, Norte, Litoral, Pampa Húmeda y Patagonia.


    -¿Qué características tendrían estas regiones?


    -Mi objetivo es que estas regiones sean fiscalmente viables. No puede ser que exista un pedazo de territorio que tenga cámara de diputados, de senadores, policía, escuelas, y no sea capaz de recaudar sus propios impuestos, que viva del resto del país y encima pague sueldos altísimos. La constitución de estas cinco regiones nos permitiría tener un verdadero federalismo, tanto histórico como político, social y económico. Alguna de estas regiones será más pobre que otra, pero ésa es la realidad. No es el papel del Estado igualar los ingresos a través del sistema impositivo.


    -¿Y cuál sería el papel que el Estado sí debería desempeñar en el desarrollo regional?


    -Yo creo que el Estado es sumamente ineficiente para prestar los pocos servicios que debiera prestar. Mucho más aún para incentivar economías regionales o provinciales a través de gastos, impuestos o subsidios. Todos los intentos pasados del Estado nacional de incentivar las llamadas economías regionales, o zonas fronterizas, fracasaron estrepitosamente. Y son décadas y décadas de promoción industrial; la nafta en la Patagonia (que, según sabemos ahora, se vende en todo el país evadiendo impuestos), la zona libre de fronteras, que es fuente de un contrabando terrible al sur de determinado paralelo… En mi esquema de regiones viables, no hace falta coparticipación. Cada una recibe lo que genera, excepto por las aduanas, o por el impuesto nacional a las ganancias, pero en proporción con lo que genera. Lo único que quedaría es algo así como los Aportes del Tesoro Nacional (ATN); o sea, que el Estado nacional, con la plata de todas las provincias, entrara temporariamente para asistir en alguna emergencia, o para atender un problema puntual de transformación de alguna provincia. Siempre con el acuerdo de las demás, y sería algo transitorio, no sistemático.


    -¿No es un objetivo del Estado nacional propender al desarrollo equitativo de las provincias?


    -El Estado puede tratar de equiparar regiones para el acceso al sistema de transporte, de justicia, de defensa, de educación, pero no en materia de ingresos. Es sabido que hay regiones que tuvieron su momento histórico de prosperidad, y que éste no se repetirá, al menos no en la misma magnitud. Pero no se puede hablar de un derecho adquirido a la riqueza para las generaciones futuras de una zona. A mí no me importan las regiones pobres, me importan las personas pobres. Por ejemplo, los norteños están en una región con mucha tradición, con mucha historia, pero que no puede ser tan eficiente en la generación de ingresos como la Pampa húmeda, o como la ciudad de Buenos Aires. Esa es una realidad, y no creo que le corresponda al Estado nacional redistribuir esos ingresos, ni creo tampoco que los ciudadanos quieran votar eso, la Constitución no dice nada al respecto.


    -En su propuesta, subsistirían asimetrías económicas entre provincias y regiones, ¿esto no acentuaría, por ejemplo, los flujos migratorios?


    -Es que deberían producirse. No hay cosas más ridículas que las que hemos hecho en la Argentina con la política de tratar de llevar activididad económica a zonas donde no la hay, sin pensar que si no la hay, es por algo. Si existe una región en la cual la actividad económica no es viable, y la gente quiere irse de esa región, está muy bien que se vaya, no veo por qué tiene que haber gente desperdigada exactamente con una misma densidad de población en cada metro cuadrado a lo largo y ancho de la República. Yo no le encuentro sentido a eso de desarrollar desiertos simplemente porque son desiertos.


    -Está, además, el problema de que los habitantes de distritos pobres utilizan los servicios públicos de otras zonas vecinas más desarrolladas.


    -Tendría que haber un sistema nacional de becas, o vouchers, para que cada ciudadano argentino disponga de un monto mensual que le permita estudiar y atenderse en el hospital que quiera. Entonces, si la región es viable, a alguien se le va a ocurrir ­aunque sea a la cooperadora del pueblo­ poner una escuela con buenos maestros pagados con esa plata. Ahora, si a pesar de eso, nadie quiere poner una escuela, se convertirá en un pueblo fantasma. Los pueblos y las ciudades aparecen y desaparecen a lo largo de la historia. No hay ningún argumento que demuestre que nada debe desaparecer, que nada debe cambiar.


    -¿No es, entonces, posible diseñar un sistema equitativo y eficiente de coparticipación?


    -No. Yo creo que con las cinco regiones que mencioné, la coparticipación secundaria sería un problema a escala regional. Tendríamos un problema en la coparticipación primaria. Es decir, ¿querrían los argentinos que la Patagonia reciba más ingresos que los que genera, cuando tiene cientos de millones depositados en Nueva York por regalías petroleras? Es para pensarlo. Es difícil que se genere un sistema equilibrado y eficiente en el cual un ente recauda y todos los otros gastan. Se genera allí una enorme propensión al gasto y a la evasión. El gobierno nacional no puede entrar a las provincias a recaudar eficientemente; son los provincianos, los de la zona, los que saben quién gana plata, a quién hay que cobrarle y a quién no.


    -Hay quienes argumentan que una de las ventajas de la descentralización es la competencia impositiva entre las provincias.


    -Eso sería lo mejor. Si las burocracias provinciales o regionales tienen que financiarse con sus propios recursos, están en un delicado equilibrio de mercado. Si gravan demasiado a sus ciudadanos, y no les dan los servicios como contrapartida, la gente, en lugar de evadir, se va a mudar a otra provincia. Y eso conduce a una óptima distribución regional de la población.