miércoles, 29 de abril de 2026

    Los que se fueron al campo

    Cuando Richard Handley dio un paso al costado en el CEI, para dejar el timón en manos de Raúl Moneta, se despidió con una frase clásica: “me voy al campo”. Ya tenía uno, pero en el impulso del éxodo se compró otro en el sudeste bonaerense, en la zona de Madariaga, donde hoy se dedica a la cría de ganado.


    Su sucesor también es un amante de la actividad agropecuaria. Los Lucini, familiares por vía materna de Moneta, fueron ­y son aún­ grandes productores de la pampa húmeda. Pero, además, en su cabaña La República, Moneta cría caballos que suele regalar a sus más encumbrados conocidos en el mundo de la política. Los criollos puros que se llevaron de la Argentina Jacques Chirac, Bill Clinton y Felipe González nacieron en Villamaría, su campo de Luján.


    Los casos de Handley y Moneta no son, por cierto, excepcionales. En los últimos tiempos se viene observando, entre los pesos pesados de los negocios, un interés creciente y sostenido por las inversiones agropecuarias. Varios empresarios y grupos económicos se fueron al campo o consolidaron y aumentaron notablemente su participación en el sector.

    Aquí parecen haber confluido dos fenómenos contemporáneos.
    Por un lado, la venta de empresas dejó fondos frescos y líquidos
    en las cuentas bancarias de varios hombres de negocios. Al mismo tiempo, en
    el sector agropecuario se registró un fuerte proceso de modernización
    y capitalización.

    Los grandes y tradicionales

    Vale la
    pena detenerse un momento a analizar la conducta de algunos de los grupos
    económicos que tradicionalmente han apostado al campo. Como Fortabat
    que, según un estudio realizado por el investigador Eduardo Basualdo
    (“Los grupos de sociedades en el agro pampeano”), es uno de los que más
    fuerte pisan en la pampa húmeda.

    Los otros
    pesos pesados mencionados por Basualdo son Bunge & Born (más
    precisamente, Octavio Caraballo y su hermana Claudia), los Bemberg y los
    Werthein.

    Santiago
    Lynch, uno de los encargados de los 16 campos que Amalita posee
    en las provincias de Buenos Aires y Entre Ríos (“además
    de otros que arrendamos para agricultura”), explica: “Aunque en los últimos
    tiempos no se han comprado tierras, estamos permanentemente evaluando
    nuevas posibilidades, incluyendo nuevas inversiones dentro de los campos
    que ya tenemos”.

    Los tambos
    que incorporaron ­uno de ellos el año pasado­ ocupan
    500 hectáreas en dos de los campos que Fortabat posee en Entre
    Ríos. Allí, las 1.400 vacas Holando en ordeñe entregan
    diariamente unos 25.000 litros de leche, que compra la compañía
    Nestlé.

    Además,
    la familia tiene 90.000 cabezas de ganado distribuidas en todos los campos,
    y “en materia agrícola, actualmente estamos incorporando tecnología
    de riego en buena parte de las 20.000 hectáreas que estamos cultivando
    con trigo en Olavarría, y con maíz, girasol y soja en Entre
    Ríos”, explica Lynch.

    Los
    Zorraquín

    Cuando en
    1995 Garovaglio & Zorraquín vendió Ipako en US$ 190
    millones, “se iniciaba la apertura de los mercados internacionales a la
    carne argentina, por eso nos pareció que el sector ganadero-frigorífico
    era el que más podía crecer”, comenta Ramón Zorraquín,
    para explicar por qué este grupo centenario, que comenzó
    en el campo y llegó a estar muy diversificado, vuelve ahora a sus
    fuentes. G&Z tropezó luego ­como todos los operadores
    de la carne­ con nuevos problemas, como la enfermedad conocida popularmente
    como vaca loca.

    “Hoy tenemos
    11.000 hectáreas propias (donde pastan 5.000 animales) en la provincia
    de Buenos Aires; hemos arrendado otras 15.000. Y en Tucumán contamos
    con 4.000 hectáreas arrendadas para producir poroto negro”, enumera
    Zorraquín.

    Ahora,
    la estrategia es alcanzar un puesto de liderazgo en la industria frigorífica,
    para anticiparse al proceso de concentración que ya se vislumbra.
    G&Z es el dueño de Cepa, uno de los mayores operadores de la
    Argentina (aunque sólo faena 3% del total nacional, lo que refleja
    claramente la atomización del sector). Esta compañía
    controla tres plantas frigoríficas, una curtiembre y una fábrica
    de proteína; factura US$ 250 millones anuales, de los cuales 70%
    proviene de exportaciones. Y estuvo a punto de absorber a Quickfood (otro
    operador de peso en el mercado de alimentos cárnicos), una operación
    que algunos dan como interrumpida, no perdida.

    “Hoy estamos
    tratando de integrar la faena”, comenta Zorraquín, “y buscamos
    crecer por el lado de la hacienda”. Porque, aunque faenan 500.000 cabezas,
    sólo tienen 5.000 animales propios, contra los 250.000 que exhibe
    un ganadero de peso como Cresud.

    El zar en Catamarca

    Alejandro Romay ostenta otro título, además del famoso y aristocrático
    mote de zar. Es perito sacarotécnico, algo así como experto
    en azúcar, una especialidad vinculada con las ciencias agronómicas.


    Pero mientras estudiaba en su provincia natal, Tucumán, aprendió que Catamarca es un buen lugar para cultivar algodón. Esto lo recordaría años más tarde, en 1994, cuando decidió comprarse un campo allí. La oportunidad vino a través del régimen de diferimiento impositivo concebido por la ley 22.021, que estipula que puede postergarse el pago de tributos nacionales destinándolos a explotaciones agropecuarias, de las cuales 25% debe ser capital genuino (por cada $ 100 de impuestos nacionales no pagados se deben aportar 25 de capital fresco y con eso poner el campo a funcionar, previa aprobación del proyecto agropecuario).


    Romay invirtió unos US$ 10 millones en su finca catamarqueña de Los Pozos. Y su hijo Omar también sintió el llamado de la tierra: adquirió montes de nogales y frutales en San Juan.

    Del cable al alambrado


    Eduardo Eurnekian también optó por diferir impuestos: tiene, en San Luis, 10.000 hectáreas plantadas con algodón, cuya producción va a desmotarse a la planta de Romay en Catamarca. En su finca se hacen estudios para obtener semillas de mejor calidad, a través de un acuerdo con Stoneville Pedigree Seed, uno de los semilleros norteamericanos más importantes.


    Pero su apuesta más fuerte en materia agrícola está en el Chaco, donde cultiva 50.000 hectáreas. “El campo es una actividad hermosa”, declara Eurnekian, quien suele visitar sus propiedades por lo menos una vez cada dos semanas. “Me gusta eso de elegir el campo, comprarlo, y hacer todas las tareas de puesta a punto. Una vez que tuvimos la tierra, deforestamos, realizamos las obras de canalización y de riego”. La tarea dio sus frutos y Eurnekian cuenta hoy con unas 20.000 hectáreas cultivadas.


    “¿Por qué algodón en el Chaco? En nuestra familia tenemos un gran conocimiento de la industria textil, por eso elegí este negocio. Además, el algodón está menos expuesto a las caídas de los precios internacionales, a diferencia de lo que ocurre con otros commodities.”


    Eurnekian tiene otras 80.000 hectáreas en Formosa. La idea es concentrarse en la explotación agrícola ganadera que complemente al algodón. Dentro de dos o tres años, cuando el establecimiento algodonero chaqueño esté funcionando a velocidad de crucero, se convertirá en otro ganadero ilustre.

    El otro ex pope de la televisión por cable, Samuel Liberman,
    siguió los pasos de Eurnekian. Luego de desprenderse de VCC, probó
    suerte en el mercado editorial, con la revista El Planeta Urbano, incursionó
    en el negocio hotelero en Mendoza y en la costa atlántica, y quiere lanzarse
    a la telefonía. Pero también apostó al agribusiness.
    Desde su nuevo holding, Sociedad Latinoamericana, controla varios campos
    de los cuales se excusa cortésmente de hablar. Además de granos
    y oleaginosas, Liberman cultiva el bajo perfil.

    Quién es quién
    entre los nuevos dueños

    Alejandro
    Romay

    Invirtió
    algo más de US$ 7 millones en las 3.000 hectáreas de Los
    Pozos, un establecimiento a 50 kilómetros de la capital catamarqueña.
    Ya fueron desmontadas 1.800 hectáreas, donde actualmente se cultiva
    el algodón bajo riego, sin el cual sería impensable sostener
    el cultivo en una región de estas características.

    “Un millón
    de dólares se gastaron para poner el campo en condiciones (remover
    árboles, nivelar terrenos, labrar la tierra, etc.) y otros 3 millones
    se convirtieron en maquinaria agrícola y equipos de riego. Como
    es una zona agrícola marginal, es impensable producir sin un fuerte
    soporte tecnológico”, comenta Raúl Slapak, la mano derecha
    de Romay en este negocio.

    El ex zar
    de la televisión suele visitar su campo tres veces por año,
    aunque en los últimos meses su entusiasmo decayó, junto
    con el precio del algodón. Hace cuatro años, cuando se decidió
    a incursionar en el negocio, el valor de la tonelada rozaba los US$ 1.700.
    Hoy apenas llega a los 1.200 y nada indica que ése sea su piso.

    En 1997
    Romay compró una desmotadora que recién comenzó a
    funcionar el año pasado y que puede procesar unas 3.000 toneladas
    de fibra. Esta máquina, que demandó unos US$ 3 millones
    de inversión, permite separar la fibra de la semilla. Y esas semillas,
    que compran los demás productores del país para iniciar
    sus cultivos, representan actualmente el principal ingreso de Los Pozos.

    Perez
    Companc SA

    El holding
    cuenta con 150.000 hectáreas destinadas al negocio forestal. El
    año pasado hizo temblar el mercado al adquirir 100.000 hectáreas
    en Corrientes para dar un espaldarazo a su apuesta más fuerte.
    Antes de esta última compra ya explotaba 50.000 hectáreas
    en San Jorge, Misiones. “Para alcanzar nivel y competitividad internacional
    teníamos que lograr una expasión muy grande”, explica Héctor
    Guerrero, director de Negocios Agropecuarios de PC.

    Y como
    los campos disponibles en Misiones eran mucho más chicos ­la
    idea era incorporar campos integrados­, hubo que buscar en otra provincia.
    “Hasta 1994 había solamente 12.000 hectáreas forestadas
    y plantábamos unas 200 hectáreas de árboles por año.
    Hoy son 17.000 y tenemos un plan de forestación de 2.000 hectáreas
    anuales en Misiones y otras 4.500 en Corrientes”, se enorgullece Guerrero.

    En el rubro
    de agricultura y ganadería, PC suma otras 90.000 hectáreas.
    “Creemos contar con la superficie necesaria. Por eso estamos creciendo
    verticalmente más que horizontalmente”, señala Guerrero.

    Perez Companc
    tiene nueve campos repartidos en el noroeste de Buenos Aires, sur de Córdoba
    y sur de Santa Fe, donde pacen sus más de 90.000 cabezas de ganado.
    Son, en conjunto, unas 17.000 hectáreas. Otros dos campos en el
    sur de Santa Fe agregan 18.000 hectáreas donde invernan los novillos
    producidos en los campos del norte. En la zona santafesina de Vera, dos
    campos se dedican a la producción de terneros. Y 33.000 hectáreas
    de tierra correntina están dedicadas a la explotación arrocera.

    La empresa
    tiene, además, varios tambos donde se ordeñan unas 4.500
    vacas.

    Gregorio
    (Goyo) Perez Companc

    El fondo
    de inversiones de la familia Perez Companc es el que más decididamente
    se ha inclinado por los agronegocios. Desde hace años, Goyo
    viene comprando tierras para distintos fines: desde explotaciones agrícolas
    tradicionales en las zonas núcleo hasta tambos con las mejores
    vacas de la raza Jersey (su mujer, María del Carmen Sunbland, es
    propietaria de San Isidro Labrador, la cabaña y el tambo de vacas
    Jersey más importante del país).

    La sorpresiva
    compra de Molinos es otro dato que confirma la decisión de los
    Perez Companc de dedicarse al sector alimentario, tanto en producción
    primaria como en industrialización.

    Todavía
    queda pendiente el viejo sueño de la familia de alcanzar una posición
    prominente en el mercado de helados y en el de los vinos, como hizo Enrique
    Menotti Pescarmona con Lagarde.

    Oscar
    Vicente

    El CEO del
    grupo Perez Companc sueña con disponer de más tiempo para
    ocuparse de su campo-tambo, La Gotera, en Vicente Casares.

    Oscar Vicente,
    cuando estudiaba ingeniería en la Universidad de La Plata, llegó
    a considerar la posibilidad de especializarse en Maquinaria Agrícola.
    Estuvo a punto de trabajar para la fábrica de tractores Fiat, y
    es quien fue comprando, de a pedazos, el lote actual. Y lo hizo por una
    razón afectiva: allí, en uno de los tambos de La Martona,
    trabajó su padre y transcurrió su infancia. En 1975 retornó
    al pago para comprar tierra. Desde entonces, ha venido anexando las parcelas
    que sus antiguos vecinos le vendieron, hasta sumar las actuales 925 hectáreas,
    pobladas por 600 animales en ordeñe.

    Alberto
    Guil

    Cuando,
    a fines de 1996, se desprendió de Supermercados Norte, Alberto
    Guil ya tenía decidido convertirse en empresario rural. Doce años
    antes había comprado un campo en Azul, donde se dedicó a
    la cría de ganado; pero, por entonces, el único beneficio
    que buscaba allí era oxigenar los pulmones y la cabeza, y olvidarse
    de los negocios.

    En Delfínagro,
    su nueva empresa, avanza ahora a paso firme con la ganadería y
    la agricultura. Al campo original se sumaron otros dos en Azul y tres
    más, repartidos entre Daireaux, Trenque Lauquen y Guaminí.
    En total, posee ahora 10.000 hectáreas dedicadas a la agricultura
    y 12.000 a las explotaciones ganaderas (incluida una cabaña Aberdeen
    Angus y un feed-lot en ciernes. “En ganadería buscamos trabajar
    de manera integral, orientándonos a cierta forma de integración
    vertical”, explica.

    Y esos
    seis campos son sólo el comienzo. “La idea es establecerlos, ponerlos
    a punto, nivelarlos, y recién entonces pasar a la siguiente etapa.
    En el campo hay muchísimo por hacer y nosotros recién estamos
    en un período de aprendizaje”, confiesa.

    Ese segundo
    paso podría ser la compra de más campos para ampliar sus
    actuales extensiones, o bien incursionar en otras zonas del país.
    “Allí donde surjan buenas oportunidades estaremos analizando la
    inversión, aunque eso involucre diversificar nuestras actuales
    ocupaciones: ya sea tambo, frutales o algodón”, anuncia Guil.

    Franco
    Macri

    Socma Americana
    viene lenta, pero sostenidamente, afianzando su participación en
    el agro. En Salta compró 20.000 hectáreas con las que proyecta
    explotar el algodón a escala y procesar la fibra obtenida tanto
    en sus campos como en el resto de la provincia. Cuenta con dos explotaciones:
    Yuto y Salta Cotton.

    La primera,
    de la que Socma controla 80%, es un emprendimiento en asociación
    con el grupo alemán Cremer, uno de los mayores operadores de granos
    y aceites de Europa. Este emprendimiento representó una inversión
    de US$ 31,5 millones (el campo absorbió 6,4% de la inversión;
    la sistematización de la tierra, 20,4%, y las maquinarias y equipos
    de riego 73,2%). Es un campo ubicado en la localidad de Dragones con 1.600
    hectáreas actualmente bajo riego, donde, además de algodón,
    ensayan con poroto, maní (es una experiencia piloto, ya que 99%
    del maní argentino se produce en Córdoba) y cártamo
    (un cultivo invernal).

    Salta Cotton
    (nacida de la unión de Macri con Queensland, un operador australiano
    de apreciable peso en el mercado mundial) se dedica al procesado de la
    fibra. Para ello se han instalado dos plantas desmotadoras en Pichanal,
    a un costo de US$ 4 millones. Con este complejo industrial, Socma pretende
    dominar hasta 30% de la producción de algodón en territorio
    salteño.

    Eduardo
    Eurnekian

    Es otro
    de los nuevos terratenientes del país. Tiene 50.000 hectáreas
    en el Chaco, 10.000 en La Rioja y 80.000 en Formosa. Allí ha invertido
    generosamente, hasta el punto de dotar a su explotación con un
    paquete tecnológico que los productores más ambiciosos del
    mundo envidiarían. El costo de la hectárea bajo riego, según
    Daniel Tardito, responsable técnico del establecimiento, es de
    US$ 3.000. Y Eurnekian habla de 20.000 hectáreas en producción
    para este año.

    Además
    de la más moderna tecnología con la que siembra, riega,
    fertiliza y cosecha sus algodonales, la inversión incluye una planta
    desmotadora propia (ubicada en el Chaco) con un rasgo destacado: es una
    de las siete máquinas más modernas del mundo. “Tiene capacidad
    para procesar 40% de la fibra que produce toda la Argentina”, se enorgullece
    Eurnekian.

    “Las tierras
    del Chaco tienen ventajas comparativas muy interesantes. En los últimos
    años el cultivo del algodón se ha desarrollado muy fuertemente.
    De cubrir la demanda interna, hemos pasado a exportar. Las perspectivas
    que tenemos en esto son enormes”, pronostica.

    ¿Por
    qué tan lejos de Buenos Aires? “Podría haber elegido un
    campo de La Pampa, pero como la rentabilidad del agro ha caído
    tanto, la única manera de que sea rentable es disponer de grandes
    extensiones. Y eso no es fácil en la pampa húmeda. En cambio,
    en el interior, en las zonas marginales del país, hay mucha tierra
    disponible, y la tecnología de riego reduce los riesgos”.

    Macri al fondo

    Franco Macri está decididamente jugado a la actividad agropecuaria.
    “Nuestros objetivos en este sector apuntan a convertir a Socma en un operador
    relevante”, proclama un video en el que se alude al negocio del algodón,
    la movida más reciente del grupo. Aunque vendió sus montes de
    limoneros y la planta industrial que operaba en Tucumán, porque el negocio
    no rendía lo esperado (“había compradores monopólicos que
    imponían el precio; de modo que el limón ya no dejaba suficientes
    beneficios”, explica Jorge Aguado, el vicepresidente de Socma que pilotea los
    negocios agropecuarios), el grupo sigue apostando fuerte en la industria de
    alimentos, tanto en la Argentina como en Brasil.


    De hecho, Macri ha logrado convertirse en el mayor protagonista del mercado brasileño de pastas. “Recientemente le compramos a Quaker la planta donde se fabrican los productos de la marca Adria. Con esto suman ya cuatro nuestras empresas en Brasil, donde tenemos 25% de la producción de pastas”, afirma Aguado.


    Y en materia de producción primaria, Socma ensaya su próximo paso: armar un fondo de inversión agrícola, “pero algo grande, a escala, en serio. Digamos que estamos pensando arrancar con 50.000 hectáreas”, se entusiasma Aguado.


    La idea es hacer agricultura convencional en la pampa húmeda. Allí cultivarían maíz, soja o girasol. “Aunque también podríamos considerar alguna actividad agrícola no tradicional”, advierte Aguado.


    ¿Y por qué no trigo, para su fábrica de galletitas Canale? “No; preferimos comprarlo. Yo creo que la Argentina no debería producir trigo… cualquier país en el mundo vende trigo, y para colmo el nuestro no es de buena calidad. En cambio, el maíz que se obtiene en la pampa es de los mejores del mundo”.

    Petróleo, árboles y leche

    Quizá el caso más notorio de concentración en el negocio
    agroindustrial es el de Perez Companc. Especialmente porque en los últimos
    tiempos viene acentuando esa tendencia. Claro que una cosa son los negocios
    de la familia y otra, los del grupo empresario. Hay diferencias de intereses
    pero, de alguna manera, ambas estrategias llevan a que, hoy, Perez Companc sea
    el mayor player del sector.


    La familia ha conmovido al mercado con la adquisición de Molinos, empresas lácteas y explotaciones agropecuarias. Los US$ 160 millones obtenidos por la venta de las acciones de YPF, y los 60 millones que dejó la constructora Sade proporcionaron, últimamente, el combustible necesario para seguir con el tour de compras.


    También en la elección de campos los Perez Companc son temibles. “A la hora de comprar, eligen lo mejor”, sentencia Cristián Beláustegui, director de Malabe, un broker de negocios rurales, para definir el estilo de compras de PC. En 1998 adquirió 2.400 hectáreas en la zona de Salto, el corazón de la pampa agrícola, pagando precios cercanos a los $ 7.000 por hectárea. No satisfecho con eso, poco tiempo después incorporó otras 4.000 hectáreas. En uno de estos campos, precisamente, estaba el jefe del clan, Gregorio Goyo Perez Companc, cuando Octavio Caraballo lo llamó para proponerle la compra de Santista, la mayor compañía de alimentos del Brasil. Así, la antigua Compañía Naviera va transmutándose rápidamente en un gran holding alimentario.


    La compañía Perez Companc, por su parte, parece preferir los árboles a la leche. Héctor Guerrero, director de negocios agropecuarios del holding reconoce que, en este momento, la vedette es la actividad forestal. Y aunque PC está en el negocio desde hace 40 años, recientemente ha subido la apuesta con la compra de 100.000 hectáreas en Corrientes, que le aseguran su expansión en este rubro durante los próximos 10 años. Mientras tanto, la empresa no descuida sus intereses en tambos, campos agrícolas, cría de ganado y producción de aceites.


    Perez Companc no es, por cierto, la única petrolera que ha incursionado en este tipo de inversiones. La filial argentina de Shell explota en la Mesopotamia tres campos (23.600 hectáreas en total) donde planta unas 20 especies, especialmente pinos. También Esso y Pluspetrol estudian proyectos de inversión similares que, a partir de la reglamentación de la nueva Ley de Forestación, podrían acelerarse.

    A punto de caramelo

    Arnaldo Stanislawsky era el propietario de la fábrica de golosinas Stani.
    Hace tres años se la vendió a la multinacional Cadbury (que, asociada
    con el grupo mendocino Peñaflor, de la familia Pulenta, produce bebidas
    gaseosas y jugos de fruta). Ahora dirige la empresa que administra sus campos,
    aunque es difícil conocer en detalle la ubicación y los destinos
    de tales explotaciones, porque don Arnaldo mantiene, como en el pasado,
    uno de los perfiles más bajos del empresariado vernáculo.


    Pero los verdaderos precursores de la moda de irse al campo tras salir de una actividad que heredaron y luego transfirieron a un inversionista foráneo fueron Gilberto Montagna y Carlos Reyes Terrabusi: buena parte de lo percibido por la venta de la fábrica de pastas y galletitas se convirtió en explotaciones agropecuarias.

    Más recientemente, tras la venta al Exxel Group de la cadena de Supermercados
    Norte, Alberto Guil adquirió campos en cuatro puntos diferentes de la
    provincia de Buenos Aires. Desde mayo del año pasado, cuando dejó
    definitivamente de ocuparse de Norte, Guil ha concentrado su actividad en Delfínagro,
    su nueva sociedad.

    “La tierra siempre
    vale”

    Frente
    a un menú de opciones de inversión que crece día
    a día, ¿cuál es el atractivo del agro?

    En los
    últimos años, el campo ha sido protagonista de una reconversión
    integral, sostenida en gran parte por un fuerte flujo de inversiones.
    La reestructuración económica que impulsó la administración
    menemista tuvo un fuerte impacto en el sector y abrió las puertas
    a nuevos protagonistas (arrastrados por la fiebre inversora en empresas
    públicas y privadas del país). Esto, sumado a las nuevas
    reglas del juego para el sector, llevó a los actores tradicionales
    (los grandes productores, en rigor) a invertir fuertemente en tecnología
    para producir en escala.

    Cuadro 1
    Fuente: Malabe Negocios Rurales.

    Por otra
    parte, a mitad de la década se registró una fuerte tendencia
    al alza en los precios de los commodities agrarios, como consecuencia
    de un quiebre en la política histórica de subsidios, parida
    con fórceps en la ronda Uruguay del GATT.

    La cosecha
    récord de la campaña 1997/8 y el fin de la aftosa fueron,
    quizá, los hitos más emblemáticos de esta etapa dorada
    del agro argentino. Parecía entonces que casi todos los inversores
    compraban campos, o los arrendaban. O participaban indirectamente, a través
    de fondos específicos, los pools de siembra que florecieron
    al calor de los altos precios de granos y oleaginosas.

    Hoy, con
    la generalizada caída de precios, de esa fiebre sólo queda
    el recuerdo. Sin embargo, la posibilidad de invertir en campos y explotaciones
    agropecuarias sigue siendo una opción atractiva. Entre muchos inversores
    persiste la vieja idea de que la tierra es un bien de valorización
    creciente y segura. Luis Clucellas Bullrich, de Bullrich Campos, se muestra
    firmemente convencido: “Lo que se ha probado, en todos estos años,
    es que la solidez del negocio a largo plazo no tiene competencia. Sin
    tomar en cuenta épocas de depresión y años con precios
    pico, hablamos de una capitalización del valor de la tierra de
    4 a 5% anual, más la renta que pueda generar el campo”.

    “Tomando
    como parámetro la década de los ´60, con moneda constante,
    y ajustando los precios por la inflación de Estados Unidos, el
    valor de los campos, medido en intervalos largos, sigue manteniendo una
    tendencia positiva.”

    Esto se
    aprecia con toda claridad en el gráfico elaborado por Malabe, otro
    broker. Allí se ve la evolucion del precio de una hectárea
    en la provincia de Buenos Aires: de un promedio de US$ 300 en 1970, la
    cifra trepa a US$ 1.250 en 1996.

    Desde el
    lado de los empresarios, Guil comparte esa convicción: “La tierra
    siempre vale. Y aunque en el campo la rentabilidad es menor, también
    los riesgos son menores”. Para Guil, invertir en campos es ventajoso hasta
    desde el punto de vista de la seguridad: “Se pueden robar los animales,
    pero nunca la tierra”.

    Excepciones y paradojas

    Podría pensarse que Andrés Deustch se sentiría tentado
    de adoptar ese mismo rumbo tras la venta de Tía. Pero no termina de decidirse.
    “Aunque siempre estoy pensando cuál puede ser una buena inversión,
    hoy por hoy no me siento inclinado a volcarme al campo”, señala. Sin
    embargo, Deustch tiene alguna experiencia en el tema: desde hace 15 años
    es accionista de una de las principales empresas de cítricos del país,
    Citrícola Ayuí, una exportadora con sede en Concordia. “No es,
    realmente, un gran negocio”, se lamenta. Aunque quizá esta postura apunte
    a mantener alejados a los vendedores de oportunidades agropecuarias que están
    a la pesca de posibles compradores.


    Otra excepción notable es la de Ricardo Gruneisen, uno de los herederos de la petrolera Astra, vendida a la española Repsol. La única tierra que compró fue la de las macetas que adornan los locales de su nuevo negocio: las librerías Yenny.


    El caso representa una interesante paradoja si se tiene en cuenta que Gruneisen es licenciado en Ciencias Agropecuarias. “Hoy estoy tan desentendido del tema que, si se me ocurriera hacer algo en este rubro, tendría que salir a buscar asesores técnicos”, confiesa.


    En las oficinas de los principales operadores del mercado agropecuario suelen seguir con particular atención las noticias sobre ventas de empresas. Carlos Avila es, por ejemplo, uno de los potenciales inversores en la mira de los brokers, quienes esperan el momento en que el grupo Clarín o el CEI convenzan al dueño del fútbol codificado de dejarles definitivamente el negocio. Si esto se concreta, Avila podrá tomar gratuitamente lecciones aceleradas de organización y explotación de campos, antes de decidirse a volcar su capital en este rubro.

    Otra ausencia notable es la de los nuevos grandes grupos. El CEI nunca compró
    un campo o una empresa agropecuaria, como confirma Cristián Beláustegui,
    de Malabe: “Los grupos de inversión ­como el CEI o el Exxel­
    no acostumbran a invertir en el rubro agropecuario”. Y eso que Juan Navarro
    tiene allí intereses personales: es propietario de un haras en la provincia
    de Buenos Aires.