El Mercosur alberga a más de 200 millones de personas y acumula un producto bruto superior a US$ 1,3 billones, con exportaciones recíprocas que crecieron desde 8,9% en 1990 a 22,7% en 1996, con lo que se convirtió en el acuerdo regional con más alto crecimiento en el comercio recíproco en el mundo.
Con respecto a otras agrupaciones sudamericanas, como la Comunidad Andina, que nuclea a Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, o el MCCA, que agrupa a Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua, el Mercosur es el único acuerdo que mantiene más relaciones comerciales con Europa y la propia América latina que con Estados Unidos.
Como ocurre desde comienzos de la década, la Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay orientaron sus políticas macroeconómicas a consolidar sus avances en materia de estabilización.
Una característica común a los cinco países es el sustantivo volumen de capitales extranjeros que se asentaron en la región, impulsados por tres razones fundamentales: la atracción por el sector primario, con precios y calidades competitivas; las privatizaciones, sobre todo en la Argentina y Chile hasta ahora; Brasil ya inició su proceso y promete superar lo alcanzado por sus vecinos, y la consolidación del Mercosur, que amplía la escala de producción.
Entre 1991 y 1997, los cinco países crecieron a un ritmo anual promedio de 4,68%. Por supuesto, el nivel de crecimiento del PBI no fue parejo: al tope del ranking se encuentra Chile, con un alza anual promedio de 8%; le siguen la Argentina, con 5,6%; Uruguay, con 4,1%; Brasil, con 3%, y por Paraguay, con 2,7%.
A la hora de analizar el crecimiento del producto bruto per cápita, los países no cambian su lugar en el ranking. El crecimiento anual promedio entre 1991 y 1997 en Chile fue de 6,3%; en la Argentina, de 4,2%; en Uruguay, de 3,5%; en Brasil, de 1,6%, y en Paraguay no registró variación.
Asia en América
El último trimestre de 1997 marcó un punto de inflexión en la región. La crisis del sudeste asiático restringió notablemente la posibilidad de contar con financiamiento externo abundante y a bajo costo, por lo que la volatilidad de los flujos de capital y la sostenibilidad de las pautas de crecimiento pasaron nuevamente a estar en el centro de las discusiones, según consta en el Estudio económico de América latina elaborado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas (Cepal).
El informe señala también que, a partir de entonces, las políticas
macroeconómicas asumieron posturas más restrictivas con el fin
de recuperar la confianza de los inversores internacionales que no realizaban
distinciones entre los países emergentes.
Cuando los gobiernos confirmaron la gravedad de la crisis asiática, recurrieron a ajustes para moderar la demanda interna y ajustarla a un nuevo escenario externo que se caracteriza por una creciente incertidumbre.
Los ajustes fiscales comenzaron a arreciar en la región, con políticas de contención de gastos, para hacer frente a elevados déficit o contrarrestar mermas en los ingresos públicos. Brasil fue el primero en reaccionar frente al cambio de las condiciones internacionales, con un ambicioso programa en el que se proponía reducir su déficit en más de dos puntos de su producto bruto, cosa que no logró.
La caída de los precios internacionales de los productos primarios golpeó fuerte a Chile, que vio reducidos sus ingresos públicos por el abaratamiento del cobre. Cuando se observó que la crisis sería persistente, la Argentina comenzó a aplicar medidas de austeridad fiscal expresadas en recortes presupuestarios.
Brasil, el centro
Si algo tienen en común los cinco países analizados, desde el punto de vista macro, es que sus respectivas balanzas comerciales permanecen en rojo desde hace largo tiempo. Por otra parte, la magnitud del mercado brasileño, con respecto a los de sus socios, lo constituye en el centro alrededor del cual gira buena parte de las exportaciones de sus vecinos, por lo que el intercambio comercial se transforma en un excelente vaso comunicante a la hora de transportar las noticias buenas o malas de la economía brasileña al resto de la región.
La participación de Brasil en el comercio exterior de los demás integrantes del Mercosur es importante, lo que constituye una buena fuente de propagación de los choques que afectan a ese país. Por ejemplo, la ponderación del mercado brasileño en el comercio argentino se duplicó desde comienzos de la década y en 1997 representó 26% del total de las importaciones y exportaciones, según las cifras de la Cepal.
El acceso al mercado brasileño es importante también para Uruguay, ya que un tercio de sus exportaciones se destina a Brasil, lo cual incide en una gran variedad de sectores productivos agropecuarios e industriales. En cuanto a Paraguay, Brasil fue el comprador de casi la mitad de sus exportaciones entre 1997 y 1998.
De acuerdo a la Cepal, las oscilaciones de cierta amplitud en las variables macroeconómicas de Brasil inducen efectos apreciables a través del comercio bilateral con sus socios del Mercosur. Así, las exportaciones argentinas hacia Brasil responden con intensidad a la coyuntura de ese país.
En el episodio de la crisis de 1995, el impulso de demanda proveniente del Mercosur jugó un papel importante para la Argentina, al compensar parcialmente el efecto contractivo de la merma del crédito externo. En Paraguay, la menor demanda brasileña en 1998 representó una disminución de 30% de sus exportaciones a este país.
Las implicaciones indirectas no son menos importantes. Por ejemplo, las consecuencias de la demanda de Brasil sobre la Argentina tienen efectos significativos para Uruguay, toda vez que la Argentina constituye el segundo destino de sus ventas de mercaderías y el primer cliente en materia de servicios turísticos.
Por cierto, una parte apreciable del comercio intrarregional está constituida
por productos primarios poco diferenciados y que se pueden derivar hacia otros
mercados, sin otras dificultades que mayores costos de transporte. Pero también
pesan bienes manufacturados de origen no agropecuario, que enfrentan una situación
diferente. Es el caso de los automotores argentinos, para los cuales el mercado
brasileño representa 91% de sus exportaciones, según la economista
Beatriz Nofal (ver página 32). Para este grupo de exportaciones, las
alternativas de colocación internacional son más limitadas y los
sectores productores son más sensibles al ciclo económico.
Los mecanismos de transmisión por la vía del comercio se complementan con efectos sobre la inversión. Un informe de la Cepal, titulado Transmisión de impulso macroeconómico desde Brasil a los otros países del Mercosur, asegura que es probable que un conjunto significativo de decisiones de inversión real en el sector manufacturero esté influido por las expectativas acerca del mercado regional. Tampoco se pueden excluir, dice, los efectos de contagio en los mercados financieros, aunque el impacto sobre la demanda externa de bonos nacionales es todavía menor comparado con el que se deriva de la especificidad propia de cada economía o de la coyuntura internacional.
En Paraguay y Uruguay, el incipiente desarrollo de sus mercados de activos
privados limita la relevancia del impacto de las turbulencias en los mercados
financieros externos. Incluso, en el caso uruguayo, su tradición de refugio
de capitales permite que, al contrario, en esas situaciones aumenten los depósitos
de no residentes, principalmente de origen argentino. En Paraguay, en cambio,
los recurrentes rumores sobre la posibilidad de una devaluación en Brasil
confirmados el 13 de enero de este año, como se sabe generaron
durante 1998 una mayor demanda de divisas y una depreciación real de
10% del guaraní.
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