Es imposible escribir sobre el tiempo. El tiempo es todo. El tiempo es vida. El tiempo es elástico. (Y eso es todo lo que hace falta saber.) Durante una crisis, un momento dura un mes. Literalmente. (Si no, vea lo que es quedarse encerrado en un baño público en una calle de Río de Janeiro.) A medida que uno envejece, un mes parece un momento. Literalmente.
Paradoja. De Nueva York a Johannesburgo: 14 horas, 35 minutos, sin escalas. Después de 10 horas de vuelo sobreviene una sensación de sinusitis inevitable. Aquí estoy (en Johannesburgo) para un seminario de un día. La tasa de desempleo en Sudáfrica alcanza a algo así como 33%. El analfabetismo es aún más alto.
Mi seminario, en este lugar surrealista, está auspiciado por Baan, la pequeña compañía holandesa cuyo valor de mercado llega a US$ 6.000 millones y compite con éxito en los servicios de planificación de recursos para empresas (ERP). ¿Tiempo? ¿Tiempo de desempleo? ¿O tiempo mundial de Baan en segundos? No lo sé. Y no sé qué decir en mi seminario tampoco.
Eterno. Me abro paso como puedo. Algunos buenos momentos en el seminario.
Vuelvo al aeropuerto. Sala VIP. Paso una hora no programada me pareció un minuto conversando animadamente con un funcionario del Ministerio de Justicia de Sudáfrica. No hablamos de nanosegundos, ancho de banda, o ERP. Hablamos de la búsqueda de la justicia, de la necesidad humana de reparación. Y del precio terrible que significa. Hablamos de Nüremberg. (Y del fiscal Ken Starr.) Nuestra conversación en breve es eterna. Sobre la virtud y el vicio. La condición humana, algunas veces obscena, ocasionalmente espléndida, siempre equívoca, y lo poco que ha cambiado en el último milenio.
No hay diferencia entre nuestro diálogo y el de los antiguos griegos.
Salvo, supongo, que sus conversaciones no eran interrumpidas por el último
llamado para el vuelo BA54 a Londres.
Cuestión de control
Como muchos ya lo han dicho antes, la gente de cada época cree, con
engreimiento, que lo que pasó antes fue un cambio pequeño comparado
con sus complejos tiempos.
Mi madre nació en 1909 y vivió la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial, la crisis de los misiles de Cuba, el Muro de Berlín, el DC-3, el 707, el Concorde, la caminata lunar, las llamadas de larga distancia, la televisión… y todo eso antes de que se produjera la revolución de Internet con sus microprocesadores y fibras ópticas.
¿Cómo se las arreglaba la gente para hacer negocios antes de que se inventara el teléfono celular? Esta mañana escuché a alguien preguntar eso en la sala de espera de British Airways en Londres. Respuesta: sin problemas. ¿Cómo era la vida antes de que el hombre aprendiera a controlar el fuego? Esa es otra historia.
La Red está volviendo las cosas más lentas. El autocontrol hace más l-e-n-t-a-s las cosas. El autocontrol: mi cronograma. Mi tiempo.
Me encantan los libros. Vivo para leer. Amo las librerías. Paso muchísimo tiempo allí, o más bien, pasaba. Ahora, compro por amazon.com. Compro a las 6 de la mañana, o a la medianoche. Compro en Johannesburgo o en Porto Alegre, cuando el jet lag me pone indeseablemente consciente. Compro cuando se me da la gana. Yo mando. Nadie más.
¿Velocidad? No. La Red vuelve más lentas las cosas. Rápido es vivir según el cronograma de otras personas. Lento es vivir según el cronograma de cada uno.
Aprendí esto hace 20 años. Me hice cargo de un nuevo proyecto
en McKinsey. (De allí nació In Search of Excellence.) Mi
frenético cronograma promedio, para McKinsey empeoró.
Y sin embargo, nunca había sentido tanto espacio (un sustituto de lentitud).
Trabajaba a un ritmo alocado pero era mi propio ritmo alocado.
A la búsqueda de la lentitud
Se puede volver lenta cualquier cosa. Cuando uno quiere. Cuando tenía
23 años siempre estaba apurado. Nunca por orgullo llegaba
a un aeropuerto antes de que faltaran 15 minutos para que saliera el avión
(apuro = sensación de vanidad). Estaba apurado, pero los aviones eran
lentos, es decir, impulsados por hélice, y los viajes eran cortos. Ahora
los vuelos son más largos. Los aviones son más rápidos
(compresión del tiempo). Pero ahora llego religiosamente a hora al aeropuerto
antes del vuelo. Resultado: voy más lejos. Voy más rápido.
Pero llegar temprano significa que estoy a cargo de mi vida. He vuelto más
lento al tiempo.
Es posible acostumbrarse a cualquier cosa. Me conecto a Internet doce o más veces por día. ¿Si cambió mi vida? No, realmente no. A menos que sea importante enterarme de que se convirtió un tanto en un partido de béisbol en el momento exacto en que ocurre.
Tengo 56 años. Recuerdo perfectamente cuando un viaje de 45 kilómetros desde Severna Park, Maryland, a Washington DC era algo grandioso, y se planificaba con semanas de anticipación. Era mucho más importante que mi itinerario actual: Tinmouth, Vermont a Johannesburgo, a Londres, a Ciudad de México, a Porto Alegre (vía Río y el baño público), a San Pablo, a Buenos Aires, a Chicago, a Tinmouth. Alrededor de 55.000 kilómetros. Parece algo fantástico. Pero no lo es. Levantarse. Ir al aeropuerto. Subir al avión. Volar 800 kilómetros. Bajar del avión. Ir al hotel. Dormir. Levantarse. Caminar rápido. Dar el seminario. Ir al aeropuerto. Subir al avión. Volar 5.000 kilómetros. Todo tan excitante y difícil de manejar como conducir 11 kilómetros al mercado de Machs, en Pawlet, Vermont, para comprar el Sunday Times.
