miércoles, 29 de abril de 2026

    Negocios verdaderos

    En una reciente visita al doctor, Edward Feigenbaum vivió
    la singular experiencia de ver una de sus invenciones utilizadas en una forma
    que nunca esperó: el concepto que había desarrollado hace 25 años
    se utilizaba para diagnosticar un problema con su propia respiración.


    "Es inteligencia artificial", le explicó el médico
    pacientemente para describir al espirómetro que mide el volumen de aire.


    "Ah!", atinó a decir Feigenbaum.


    Profesor de ciencias de computación y director co-científico
    del Knowledge Systems Laboratory de la Universidad de Stanford, Feigenbaum es
    pionero de la inteligencia artificial (AI) –la ciencia que hace pensar
    a las máquinas como si fuesen seres humanos. Docenas de aplicaciones
    tienen sus raíces en el laboratorio de Stanford que este hombre comenzó
    a desarrollar en 1965, y en todos sus programas de software relacionados,
    que solucionan complejos problemas de la misma manera que lo hacen los expertos.


    Sentido común


    Dicen que Feigenbaum fue la primera persona que se dio cuenta de que la inteligencia
    humana no surge de las reglas de la lógica, sino del conocimiento de
    problemas específicos (sea química o mecánica de automóviles)
    y del mundo en general.


    Por lo tanto, piensa Feigenbaum, para que una computadora piense en la forma
    en que lo hace una persona, tiene que tener todos los elementos de sentido común
    que los humanos dan por sentado, como por ejemplo, que una pelota que se patea
    hacia el cielo volverá a la tierra, o que una taza que contiene líquido
    debe ser transportada con su boca hacia arriba.


    El problema es que los humanos piensan gracias a la existencia de millones
    de esas reglas. Es así como Douglas Lenat, protégé de
    Feigenbaum en Stanford ya lleva 15 años codificando estos procedimientos
    de sentido común en el lenguaje de las máquinas y cree que le
    llevará otros 25 años a su compañía Cycorp de Austin,
    Texas, finalizar el trabajo.


    El propósito de Lenat es el de crear un sistema experto masivo.
    Y si tiene éxito, en algún momento, alrededor del año 2025
    producirá lo que llama un "artefacto inteligente general" que
    pueda pensar como un humano. Feigenbaum le da otro nombre a ese aparato: "la
    gran enchilada".


    Teoría y práctica


    Pero ése es el futuro. Por ahora, las aplicaciones prácticas
    de AI no tratan de copiar la inteligencia humana, sino de crear pequeñas
    piezas de ella. Los sistemas expertos de Feigenbaum se usan para diseñar
    edificios y vender productos en la Web. Configuran aviones y computadoras personales
    y escanean océanos en busca de submarinos enemigos. También
    solucionan problemas en fotocopiadoras y facilitan la utilización de
    los browsers de la Web. Y, por supuesto, diagnostican los problemas respiratorios.


    Este científico que ya cumplió los 62 años asegura: "No
    me interesan los conceptos teóricos. Me gusta ver mi trabajo en el mundo
    real". Tanto es así, que a menudo invierte en empresas que iniciaron
    sus discípulos favoritos. A Feigenbaum no le va mal en el mundo de los
    negocios. Prueba de ello es que vive en San Francisco con un nivel más
    parecido al de un magnate que al de un profesor universitario.


    Esa veta práctica le ha valido muchas críticas de sus colegas.
    Cuando desarrolló el primer sistema experto en 1967, un programa
    de AI que podía determinar la estructura molecular de los compuestos
    químicos, Feigenbaum fue prácticamente abucheado al realizar la
    demostración del sistema en una conferencia nacional. "Ed, eso es
    química pura", se burló un científico del público,
    "¿qué tiene que ver con la AI?", continuó su
    colega.


    Después de todo, la AI no tiene ninguna relación con el análisis
    de los componentes químicos sino con la creación de un modelo
    similar al de la mente humana. La AI fue concebida en 1950 por el brillante
    matemático británico Alan Turing quien, antes de su prematura
    y trágica muerte a los 41 años, publicó un trabajo que
    se conoce como ¿Puede pensar una máquina?


    Si las computadoras pueden ser programadas para razonar como las personas,
    no es difícil imaginar cuánto se podría aprender sobre
    la inteligencia humana de la que tan poco se sabe.


    Pero este primer trabajo esclarecedor no tuvo demasiado éxito. En ese
    momento, los investigadores de AI estaban muy ocupados enseñando a las
    computadoras a solucionar problemas lógicos y a jugar al ajedrez. "Salgan
    al mundo real y solucionen los problemas del mundo real", dijo Feigenbaum
    en una conferencia en la Universidad Carnegie Mellon.


    Negocios inteligentes


    Treinta años más tarde, todavía no se creó una
    máquina verdaderamente inteligente. Pero Feigenbaum tuvo mucho más
    éxito pensando en más pequeño. A diferencia de sus rivales,
    no se dedicó a recrear toda la inteligencia humana en una computadora.
    Tomó un experto en particular, un químico, un ingeniero, un especialista
    en enfermedades pulmonares, y se dedicó a dilucidar cómo esa persona
    solucionaría un solo problema. Entonces, codificó el método
    de esa persona para solucionar el problema en un conjunto de reglas que podrían
    guardarse en una computadora.


    En cada uno de los casos sucedió que las computadoras podían
    hacer un trabajo tan bueno como los humanos en estas tareas altamente especializadas
    y, a veces, hasta mejor.


    Por otra parte, los sistemas expertos no se jubilan, ni renuncian o
    envejecen. Mejor aún, los sistemas expertos pueden combinar el conocimiento
    de varios especialistas y aceptar trabajos que ningún ser humano puede
    hacer solo.


    La máquina del tiempo


    Cuando crecía en North Bergen, Nueva Jersey, a Feigenbaum le fascinaba
    una máquina de calcular mecánica que su padre usaba en su oficina
    contable. A mediados de la década de los ’50, Feigenbaum estudió
    en el Carnegie Mellon con Herbert Simon, quien trabajaba en el primer proyecto
    de inteligencia artificial. Feigenbaum recuerda el día en que Simon anunció
    a la clase que él y su colega Allen Newel, habían inventando una
    máquina que pensaba.


    Para ayudar a explicar esto, Simon distribuyó un manual para una computadora
    IBM. Feigenbaum, de entonces 19 años, se quedó despierto toda
    la noche leyendo el manual. A la mañana siguiente, cuando salió
    el sol, "había vuelto a nacer", asegura. "Allí
    estaba esta bella versión electrónica y moderna de esa pequeña
    máquina de calcular de mi padre, que tanto intrigaba a mi mente."
    Y, además, Herb Simon desafiaba: "Voy a mostrarles cómo hacerlas
    pensar".


    Con Simon como asesor, Feigenbaum completó su doctorado en el Carnegie
    Mellon. Hasta ese momento, la AI se dividía en especialidades –visión
    de máquina, reconocimiento del habla y robótica. Feigenbaum fue
    a Stanford, donde se dedicó a sistemas expertos. Trabajando con sus colegas
    de otros departamentos, creó aplicaciones en química orgánica,
    biología molecular y medicina. A fines de la década de los ’70,
    Feigenbaum y sus estudiantes que se habían graduado, iniciaron un puñado
    de compañías que aplicaban la tecnología de sistemas expertos
    a los problemas comerciales. Dos de ellos, Teknowledge e Intellicorp, todavía
    existen.


    Una nueva generación de estudiantes de Feigenbaum encabezó una
    segunda ola de compañías de inteligencia artificial. Pero difieren
    de sus predecesores en una forma muy significativa: no se llaman a sí
    mismos AI. "La nueva generación no es traga, no está
    hipnotizada con la tecnología: se dedica a encontrar soluciones para
    las empresas", dice Feigenbaum.


    Mala crítica


    "La AI tiene mala crítica", dice Monte Zweben, fundador y
    CEO de Blue Martini Software, una empresa que recién se inicia en San
    Mateo, California, que usa la tecnología de AI para data mining,
    análisis de la historia, códigos postales, hábitos de compra,
    entre muchos etcétera, de millones de consumidores para minoristas que
    trabajan en la red. "Hubo mucho entusiasmo, pero después la comunidad
    de AI no cumplió con todas las expectativas."


    Zweben, de 34 años, dejó Stanford en 1990 con su título
    de Master. Continuó su trabajo en la Nasa diseñando un sistema
    experto para planificar y programar el mantenimiento del transbordador espacial.
    La aplicación permitió que la Nasa ahorrara millones de dólares
    que convirtieron a Zweben en millonario. Luego, Zweben vendió el sistema
    a una empresa que recién se iniciaba llamada Red Pepper Software que,
    a la vez, lo vendió en 1996 por US$ 250 millones, a PeopleSoft Inc. PeopleSoft
    ahora usa la tecnología para mejorar la cadena de abastecimiento de producción
    en compañías como Toyota y Bausch & Lomb.


    "Siempre hubo muchas diferencias dentro la comunidad de AI entre quienes
    querían desarrollar una teoría unificada de conocimiento y quienes
    estaban interesados en solucionar problemas comerciales", dice Zweben.
    "Comprender la mente humana es un objetivo intelectual muy grande. Pero
    una aplicación que soluciona un problema comercial también tiene
    mucho valor."


    Esa limitada promesa gustó a muchas empresas que buscan mantener la
    calidad y reducir los costos en un entorno comercial tan competitivo. Trilogy
    Software desarrolló para Hewlett Packard una aplicación para reducir
    la cantidad de estaciones de trabajo que salían mal configuradas.


    El presidente de Trilogy, Joseph Liemandt es un ex estudiante de Feigenbaum
    que abandonó Stanford para convertirse en un hombre de negocios. Trilogy,
    en Austin, Texas, vende sistemas expertos a empresas como Boeing, IBM, Lucent
    Technologies y Xerox que utilizan su software para configurar aviones, mainframes,
    conmutadores telefónicos y fotocopiadoras.


    "La gente se da cuenta que en el mundo real un poco de AI tiene muchas
    aplicaciones", dice Peter E. Hart, doctorado en Stanford y ex investigador
    de AI que ahora está al frente de Ricoh Silicon Valley Inc., una subsidiaria
    del gigante de las copiadoras japonesas en Menlo Park, California. La mayoría
    de las aplicaciones valiosas de AI surgieron de casos en los cuales la AI fue
    un componente importante –pero solamente un componente– de un gran
    sistema.


    Ejemplo de ello es el soporte técnico que Hart desarrolló para
    Ricoh. El y su socio se reunieron con los técnicos más inteligentes
    de la firma de fotocopiadoras y trataron de descubrir cómo solucionaban
    los problemas. Codificaron ese know-how en un software que el
    equipo de soporte de Ricoh utiliza en la actualidad para acelerar las respuestas
    a los problemas que plantean los clientes.


    Inteligencia en la Web


    Por otra parte, cualquier poseedor de una computadora puede comprobar que seguramente
    utiliza una aplicación de AI. La tecla Con qué se relaciona
    de la última versión del navegador de Netscape que permite saltar
    de una página de Web a otra que se relaciona con la anterior – por
    ejemplo, saltar de leche a tambo, omitiendo la página de
    vía láctea y otras galaxias– parece que resume
    una tarea simple, pero no lo es. Cualquiera que utilice un motor de búsqueda
    y se encuentre con una docena de malas respuestas, sabe que la tarea es muy
    compleja.


    En lugar de buscar palabras clave, el sistema experto de Netscape entiende
    el contenido de las páginas. La tecla fue diseñada por Ramanthan
    V. Guha, de 33 años que terminó su posdoc en Stanford en
    1991.


    La abrumadora popularidad de la World Wide Web proporcionó muchos negocios
    para la AI, y la AI ayudó a la Web a ser más amigable con el usuario.


    Otro ejemplo: Feigenbaum y algunos de sus colaboradores de Stanford fundaron,
    hace 17 años, Teknowledge en Palo Alto, California, para vender tecnología
    de sistemas expertos. Ahora tienen un agente de ventas artificial que vende
    estéreos en la Web. "El programa hace las preguntas, prepara las
    configuraciones, recomienda y es tan activo como un vendedor real", dice
    Frederick Hayes-Roth, presidente y ejecutivo principal de Teknowledge.


    Alan Turing, preguntó retóricamente: ¿Pueden las máquinas
    pensar? En una forma limitada ya lo hacen.

     


    INMORTALES AL FIN


    El nuevo libro de Ray Kurzweil es asombroso. Predice que en un futuro cercano
    seremos mitad humanos y mitad máquinas.


    Dentro de cuatro décadas, las computadoras serán más inteligentes
    que nosotros. Su software simulará nuestros cerebros tan bien
    que no sabremos si le estamos hablando a una persona o a una máquina
    cuando usemos el teléfono o Internet.


    La inteligencia artificial fue una gran desilusión para muchos de los
    que la apoyaron en sus primeros tiempos, pero eso es porque esperaban demasiado
    muy pronto, de acuerdo con Raymond Kurzweil, el gurú de la AI,
    y autor de The Age of Spiritual Machines (La era de las máquinas
    espirituales, Viking, enero de 1999), su tercer libro.


    Kurzwell no se preocupa demasiado por los sistemas expertos como los desarrollados
    por Edward Feigenbaum. Son útiles, dice, pero limitados. Está
    más interesado en encontrar una forma de ingeniería inversa
    para el cerebro humano para que podamos bajar toda la información sobre
    nosotros mismos, nuestros recuerdos, nuestros sueños, nuestras personalidades,
    en una computadora –un proceso que llama reejemplificación–.
    La inmortalidad, finalmente.


    La división entre máquinas y personas desaparecerá aún
    más a medida que pase el tiempo e insertemos máquinas en la gente
    para reemplazar funciones corporales o mentales desgastadas o inadecuadas.


    Del mismo modo que las caderas artificiales recuperan en la actualidad las
    funciones del cuerpo humano, así lo harán los implantes neuronales:
    mejoraran nuestra visión, audición y memoria.


    Kurzwell, de 50 años, no es un soñador. Durante los últimos
    25 años construyó y vendió cuatro compañías.
    La primera, Kurzweil Computer Products, construyó una máquina
    de leer para ciegos, que fue comprada por Xerox. Uno de sus primeros clientes
    fue el músico Stevie Wonder, cuya amistad con Kurzwell lo llevó
    a desarrollar sintetizadores de música computarizada.


    Un proyecto para el futuro es un programa para administradores de fondos que
    creará analistas financieros con inteligencia artificial que superarán
    a los humanos. "Esta tecnología va a ser muy grande", dice.


    Forbes Global se reunió con Kurzwell en su pequeña oficina en
    Waltham, Massachusetts, cuyas paredes están decoradas con recortes de
    diario sobre su padre, Fredric, concertista de piano, y con un dibujo hecho
    por una computadora con AI.


    –¿Su nuevo libro es
    ciencia o ciencia ficción?


    –Si de algo estoy seguro es que mis visiones son conservadoras. Las predicciones
    están basadas en tecnologías que se pueden tocar y sentir. No
    pienso que alguien que estudie esto cuidadosamente pueda decir "estas cosas
    nunca van a suceder".


    –Su libro es muy extraño.
    La gente escanea sus cerebros en una computadora y crea réplicas
    de sí mismos.


    –En el año 2040 será rutina. Si usted arma una computadora
    basada en el diseño del cerebro humano y coloca información de
    un ser humano en esa computadora, la información surgirá de la
    máquina y dirá que es la persona. La máquina dirá:
    "Crecí en Brooklyn, fui al MIT, luego entré en un scanner
    y me desperté aquí, en la máquina."


    –¿Cómo reproducirá
    el cerebro humano?


    –Lo podemos copiar, bit por bit, conexión por conexión,
    neurona por neurona, sinapsis por sinapsis. Está aquí justo frente
    a usted. Las neuronas humanas no son tan complicadas como para que no las podamos
    entender o copiar. Ya hemos copiado las características de entrada y
    salida de los clusters de cientos de neuronas. La pregunta es: ¿cuál
    es la probabilidad de aumentar de cientos de neuronas a miles de millones de
    neuronas? Y eso no es fácil.


    –¿Usted dice que los
    humanos reejemplificados tendrán cuerpos creados con nanotecnología
    que nos permitirá construir dispositivos –hasta copiar órganos
    humanos– a nivel atómico?


    –Los nanotubos no están funcionando todavía, pero ya se
    están desarrollando en los laboratorios. La nanotecnología es
    una industria de US$ 5.000 millones y todo lo que hago es observar las tendencias
    para ver dónde estamos en cuanto a capacidad de computación y
    a sofisticación de software y agilidad de ciertas tecnologías
    físicas como la nanotecnología.


    –¿Usted se reejemplificaría?


    –Probablemente. Pero puedo sentirme muy celoso del nuevo Ray, en el sentido
    de que compartiría mi historia, mis deseos y mis ansiedades pues estaría
    en una mejor posición que el viejo Ray para satisfacerlos. Serán
    entes más inteligentes, mucho más inteligentes que los humanos
    y es allí donde realmente reside su poder. Finalmente, esas entidades
    tendrán poder político, tendrán todo el poder político.


    –¿Es bueno?


    –Algunas personas que leyeron el libro se deprimieron. Se quedaron con
    la idea de que la raza humana desaparecerá, y que la civilización
    está llegando a su fin. En realidad continuará, pero en una forma
    mucho más profunda. La raza humana va a evolucionar. Seremos más
    inteligentes al fusionarnos con las máquinas.


    –Muchos dicen paren el mundo,
    me quiero bajar.


    –No se puede parar. Es parte de las leyes fundamentales del universo.
    Esto no es una invasión extraterrestre, surge desde adentro de nuestra
    civilización. Somos muy amigos con nuestras computadoras. A medida que
    fortalezcamos el nexo entre las máquinas y los humanos, esa relación
    será cada vez más íntima.


    © Forbes Global / MERCADO

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