jueves, 30 de abril de 2026

    El éxito y la ceguera

    En 1969, entre las 500 compañías más grandes

    de Estados Unidos, sólo 11 registraron pérdidas. En

    1985 fueron 70. Y en 1992 llegaron a 149. Cada vez más, las

    empresas líderes tienen problemas. Y esto ocurre por dos

    razones fundamentales que se relacionan entre sí: los mercados

    cambian y las compañías se fosilizan.

    Ford introdujo el Modelo T en 1908 y durante un largo

    período dominó el mercado. En 1921 ostentaba una

    participación de 56%. El éxito se explicaba

    fácilmente: el modelo T era un vehículo de

    incuestionable valor, relativamente barato. La calidad era, sin duda,

    la prioridad para Henry Ford.

    Pero durante los años ´20 el mercado cambió. Los

    consumidores se acostumbraron a los automóviles y el argumento

    de venta básico de Ford &endash;la confiabilidad del

    producto&endash; podía ser esgrimido por la competencia. El

    país crecía rápidamente y el público

    tenía más poder adquisitivo. En la década de la

    radio, las películas mudas y los deportes, aumentó el

    interés de la gente por el esparcimiento y la

    recreación. Estos cambios modificaron la razón de ser

    del automóvil.

    En 1908 el auto era un medio que servía para desplazarse de

    un lugar a otro. A mediados de los años ´20, también

    era un producto de moda. El mercado se había transformado y

    General Motors cambiaba sus modelos año tras año,

    fabricaba autos de colores (no sólo negros, como el Modelo T)

    y construía una pirámide de precios: un vehículo

    al alcance de cada bolsillo y uso.

    Ford se mantuvo inmóvil. Henry Ford era un nombre conocido

    y el más rico de Estados Unidos después de John

    Rockefeller. Su producto parecía estar más allá

    de la competencia, pero la estrategia de GM logró derrotarlo.

     

    Resistencia al cambio

    En la década de los ´70 los automovilistas norteamericanos

    se volcaron a los neumáticos radiales, que duraban más

    que los tradicionales y permitían ahorrar combustible. Al

    principio, los fabricantes se resistieron; luego comenzaron a

    producir neumáticos radiales, aunque con poco entusiasmo. Por

    último, casi todos renunciaron al negocio frente a sus

    competidores franceses y japoneses.

    En los años ´80 IBM continuaba vendiendo sus mainframes a

    clientes que estaban cada vez más interesados en estaciones de

    trabajo y redes de computadoras personales.

    Adaptarse a las condiciones cambiantes es bastante difícil.

    Y, en el caso de las grandes compañías, hay algo que

    puede complicar más esta tarea: la petrificación de las

    organizaciones.

    Una empresa nueva carece de cultura y de tradición. Esto,

    sumado a la urgente necesidad de sobrevivir, la impulsa a estar

    permanentemente atenta a las necesidades del mercado y a las

    oportunidades de negocios.

    Pero, cuando a las compañías les va bien, el

    éxito crea en ellas hábitos de pensamiento,

    acción y percepción. Entonces, cuando las condiciones

    cambian, es difícil que la empresa reconozca la novedad, y

    mucho menos que responda a ella. “Las compañías serias

    no hacen computadoras de juguete”, argumentaba IBM ante la

    aparición de las primeras PC.

    Incluso cuando las condiciones no cambian, la petrificación

    puede llevar a las compañías a dejar de lado sus

    propios mercados. Es el caso de las tiendas por departamentos. A

    medida que dejaban que los gastos subieran, aumentaban los precios y

    bajaban la calidad de atención. Su estrategia estaba impulsada

    por las necesidades internas y los costos crecientes, y no por las

    necesidades y deseos de los clientes. En consecuencia, alejaron al

    público que buscaba servicio y al que en otras épocas

    habían atendido bien.

     

    ¿Al mercado le importa?

    ¿Cómo se puede superar el dilema de los mercados

    cambiantes y los hábitos difíciles de romper? Es

    necesario plantearse interrogantes molestos. La

    compañía debe preguntarse no sólo si es

    competitiva, sino también si compite en la dimensión

    adecuada. En 1965 los ejecutivos de la industria de los

    neumáticos competían, pero estaban varados en la rutina

    de mejorar lo que siempre habían hecho. No podían ver

    el gran salto tecnológico: la cubierta radial.

    En lugar de preguntarse si el producto está bien, la

    compañía debe preguntarse si al mercado le importa. Tal

    como escribió Theodore Levin, de la Escuela de Negocios de

    Harvard: “Un producto no es un producto a menos que venda. De lo

    contrario, es solamente una pieza de museo”.

    Una compañía debe saber no sólo si

    está ganando, sino por qué. Es raro encontrar una

    empresa que conozca los motivos que la llevaron al liderazgo. IBM,

    por ejemplo, recordaba mal su propia historia como fabricante de

    mainframes y proveedora de servicio. De hecho, la verdadera historia

    de IBM muestra a una compañía dispuesta a asumir

    grandes riesgos para obtener grandes ganancias: la transición

    de máquinas tabuladoras a mainframes en 1953, la

    introducción de la computadora 360 en 1964 y el demorado pero

    vertiginoso desarrollo de la PC en 1981.

    En resumen, para tener éxito las compañías

    deben mirar hacia afuera, deben dar a sus clientes algo que quieran

    mucho conseguir. Si miran hacia adentro, como lo hizo IBM al seguir

    produciendo mainframes para obtener grandes beneficios,

    fracasarán. Las compañías dejan los mercados y

    los mercados las dejan a ellas.

    * Benson P. Shapiro y Richard S. Tedlow son profesores en la

    Escuela de Negocios de Harvard. Adrian J. Slywotzky es vicepresidente

    de Corporate Decisions, una firma consultora con sede en Boston.

    Shapiro se presentará el 14 de mayo en Buenos Aires, en un

    seminario organizado por HSM.