viernes, 1 de mayo de 2026

    Divorcio inconveniente

    Para que el crecimiento económico sea sostenible “debe

    satisfacer las necesidades del presente sin comprometer la capacidad

    de las futuras generaciones para satisfacer las propias”.

    (Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo,

    1987, Informe “Nuestro Futuro Común”).

    Se trata de hacer crecer el producto presente sin degradar el

    medio ambiente que hará viable el crecimiento futuro. La

    solidaridad intergeneracional que crea la preservación del

    planeta obliga a pensar no sólo en cuánto se crece,

    sino también en cómo se crece.

    El consumo y la eficiencia energética son temas centrales

    en una estrategia de crecimiento sustentable. La producción de

    energía provoca efectos ambientales localizados

    (exploración y explotación petroleras,

    refinación, construcción de represas, tendido de

    líneas y ductos, etc.). El consumo contamina el medio ambiente

    y es gran responsable de la emisión de gases de efecto

    invernadero (dióxido de carbono). La producción y

    consumo de una canasta energética menos contaminante es de

    sumo interés para el desarrollo sustentable.

    Sin embargo, el medio ambiente cuenta poco en la agenda

    pública argentina. El problema ambiental se aborda con

    voluntarismo y al margen de la preocupación por crecer. Sin

    estrategias y con políticas incoherentes se corre el riesgo de

    terminar abrazando las regulaciones más exigentes, sin ninguna

    eficacia compulsoria. El país va en camino a distanciar la

    economía de la ecología, en vez de reconciliarlas.

    Hay una Ley de Tratamiento de Residuos Peligrosos sin contar con

    los adecuados depositorios. El parque automotor se renovó en

    estos años pero no se tuvo en cuenta la oportuna exigibilidad

    de los convertidores catalíticos y su asociación con la

    promoción impositiva de la producción de la nafta sin

    plomo para reducir la contaminación ambiental. El gas natural

    es menos contaminante y en la Argentina es económicamente

    razonable que sustituya combustibles líquidos. Pero las

    bocanadas de monóxido de carbono que emiten los escapes de los

    ómnibus del transporte urbano llevan a preguntarse qué

    detuvo la conversión de esas unidades al gas natural

    comprimido. Mucho tuvo que ver la eliminación del Impuesto a

    la Transferencia del Combustible al gasoil, sólo reimplantado

    parcialmente en el paquete fiscal de agosto de 1996.

     

    La fuerza del mercado

    La política ambiental, en principio, es consecuente con la

    operación de los mercados. Las distorsiones en el sistema de

    precios pueden alentar consumos en exceso y alimentar la

    contaminación. Los subsidios en los precios

    energéticos, propios de los esquemas de asignación

    planificada de estos recursos, constituyen un claro ejemplo. Pero

    también se pueden introducir grandes distorsiones en los

    precios a través del sistema impositivo. Es lo que

    sucedió en los últimos años con los precios del

    gasoil.

    Hay que privilegiar los remedios económicos basados en la

    propia lógica del mercado. Tanto en su faz correctiva como en

    la preventiva estos remedios alientan a los que contaminan, con

    costos mínimos de control, a adoptar el máximo posible

    de medidas paliativas. Se trata de cobrar impuestos a los que

    contaminan o cargos de acuerdo con los daños que causan.

    También se trata de esclarecer derechos de propiedad, ya que a

    menudo los recursos ambientales no son evaluados de acuerdo con su

    costo de oportunidad, porque no pertenecen a quien los utiliza.

    En el régimen ambiental vinculado a la industria petrolera

    ha prevalecido el criterio de imponer restricciones cuantitativas. El

    problema de estas medidas es que no tienen en cuenta la lógica

    del mercado e imponen una capacidad de control casi inexistente.

    Hay situaciones, sin embargo, en las que se debe recurrir a

    mecanismos de regulación directa para fijar parámetros

    de contaminación. Es el caso del contenido de azufre en

    ciertos combustibles. Las restricciones cuantitativas deben fijarse

    con una estrategia gradualista que concilie el impacto

    económico con las posibilidades efectivas de control.