lunes, 1 de junio de 2026

    Lo que las máquinas no pueden

    Los historiadores dedicados a la investigación dependen cada
    día más de los sistemas de almacenamiento electrónico;
    éste es un hecho irrefutable. A medida que más y más
    fuentes primarias, sean o no impresas, ingresen a esos sistemas, el historiador
    que investiga dejará gradualmente de ser un tipo extravagante que
    utiliza su tiempo, su energía y su dinero para viajar a y de las
    bibliotecas, archivos y otros depósitos de material histórico.
    Pronto podrá realizar la mayor parte de su trabajo de investigación
    &endash;y con el tiempo, probablemente todo&endash; sin moverse
    de su estudio.

    Además, la tecnología podrá ahorrarle también
    una buena parte de su precioso tiempo si puede clasificar, analizar y presentar
    su material. Sus resultados deberían ser, en consecuencia, más
    precisos y confiables, dado que muchos de los errores que se cometen en
    la investigación histórica provienen de la transcripción
    manual. Sin embargo, el principal resultado debería ser un aumento
    de la productividad del historiador y, por consiguiente, de la cantidad
    de estudios especializados que publique.

    Los críticos podrían decir que ya se ha publicado demasiada
    investigación histórica especializada y que la consecuencia
    de ello es una gran confusión y aturdimiento. A lo que respondo
    que el historiador sinóptico &endash;el que construye las visiones
    globales de los grandes temas y las presenta al lector de la manera más
    comprensible posible&endash; existe precisamente para eliminar la confusión
    y el aturdimiento. Esto lo realiza mediante un análisis y una selección
    rigurosos del material de investigación e incorporando a su visión
    sinóptica sólo aquellos estudios que modifican significativamente
    la visión recibida de la historia.

    De ese modo, para el historiador sinóptico las herramientas técnicas
    modernas son una “herramienta auxiliar de segunda mano”. Esta tecnología
    sólo tiene un valor limitado, directo y de primera mano para los
    historiadores generales. Recurramos a esta comparación esclarecedora:
    durante casi toda mi vida me dediqué tanto a escribir historia como
    a pintar paisajes. Ambas actividades tienen ciertos puntos importantes
    en común.

    Cuando miramos un paisaje real, los ojos absorben los millones de formas,
    tonos y texturas que están ubicados a distancias que pueden variar
    casi imperceptiblemente de unos pocos centímetros a varios kilómetros.
    El artista tiene que reducir toda esa complejidad a unos cientos de pinceladas,
    empleando quizás una docena de colores sobre una superficie bidimensional.
    Ese enorme y cruel esfuerzo de selección, que intensifica las formas,
    contornos y profundidades salientes del paisaje sin abandonar por ello
    la ilusión del detalle, asegura la verosimilitud general de la pintura.
    En ese esfuerzo hay ciencia y arte. Pero, en definitiva, el arte importa
    más.

    Escribir historia es, en esencia, similar a pintar un paisaje. En cierta
    forma, todos somos actores de la historia cada día de nuestras vidas.
    Nuestras actividades de un día cualquiera &endash;ni que hablar
    de las de un año o una década&endash; son virtualmente
    infinitas. El investigador histórico filtra y elimina una enorme
    cantidad de esas actividades y clasifica lo que resta siguiendo algún
    tipo de orden. La nueva tecnología juega un papel importantísimo
    en ese proceso preliminar.

    Pero el historiador sinóptico, que utiliza todas sus habilidades
    analíticas y literarias, lleva adelante el proceso final de selección
    que realmente da significado y relevancia a un período de la historia.
    La nueva tecnología no es de mucha ayuda en este caso, excepto de
    una forma totalmente auxiliar. La habilidad para captar los temas principales
    sin dejar por ello de evaluar los detalles significativos, para rastrear
    con su cámara narrativa un territorio y un período enormes
    en un determinado momento, y luego poner el foco en el siguiente para encapsular
    el carácter, llegar a los orígenes del cambio institucional,
    identificar los momentos clave &endash;que se transforman en las bisagras
    de la historia&endash; para dejar que los actores históricos
    hablen por sí mismos, constituyen técnicas que crean imágenes
    vívidas en la mente del lector. Estas son hazañas de habilidad
    literaria y criterio histórico que ninguna máquina &endash;por
    más sofisticada que sea&endash; puede lograr.

    El historiador sinóptico que cuenta en un solo tomo de 800 páginas
    la historia de la cristiandad o del judaísmo, del siglo XX o del
    pueblo norteamericano, está sentado en la punta de una vasta pirámide
    de material compilado por los investigadores que constantemente utilizan
    las nuevas tecnologías pertinentes. En definitiva, su tarea consiste
    en reducir la pirámide a unos pocos miles de hechos y figuras convincentes
    utilizando para ello su propia inteligencia y sagacidad, sin ninguna ayuda
    externa.

     

    © Forbes ASAP / MERCADO

     

    (*) Paul Johnson es historiador, ensayista y periodista. Reside y trabaja
    en Londres. Sus obras más conocidas son Modern times, A history
    of jews, Intellectuals, The birth of the modern y A history of the English
    people. Su libro más reciente es The quest for God.