El ´97 fue un año lleno de emociones para este creativo tan
humilde como talentoso: se alzó con tres Leones en Cannes y
con la estatuilla londinense, ésta por el aviso de un
genérico que había que reposicionar.
Fernando Fernández reconoce, entre risas, que no se ha
transformado en un adicto a los premios, “aunque me encantan”.
“Fue un año muy bueno para la agencia y estoy especialmente
contento porque las piezas que ganaron alguna distinción a
mí me gustan mucho; entonces, el premio es como algo que viene
a confirmar esa sensación.” Los Leones de Cannes para los
avisos gráficos de La Estrella y la estatuilla londinense para
el comercial de televisión de Plasticola parecen
ratificarlo.
Fernández también admite que su nivel de
autoexigencia es muy alto, tanto para trabajar como para inscribir
piezas en los festivales: “Sólo enviamos las que consideramos
que tienen dignidad para competir a nivel internacional, aunque, en
realidad, si uno no pudo trabajar creativamente para un cliente,
más allá de no poder participar en un concurso, lo
más grave es que la agencia no está funcionando como su
filosofía lo indica”.
En el caso de Plasticola las dificultades no fueron pocas. “Fue
toda una experiencia trabajar con un genérico, y la
conclusión que saco es que esa calificación es tan
buena como peligrosa, porque cuando se deja de serlo cambia el target
y muchas veces el cliente piensa que sigue siéndolo. Nosotros
hicimos una investigación de tres meses, y los resultados
asustaron bastante por el enorme avance de la competencia. Hubo que
armar el brief con dos targets, uno primario, dirigido a los chicos,
y otro secundario constituido por las madres y maestras. Esto, por el
silencio comunicacional que había tenido la marca durante
tantos años, en los que su original target primario
pasó a ser adulto; así que en la película, si
bien el protagonismo y la decisión están en el chico,
también están presentes las madres y maestras.”
Precisamente una maestra, joven y bonita, llora en su escritorio;
interrogada por su pequeño alumno, le explica que se acaba de
separar de su marido. El chico, entonces, vuelve con lo que cree es
la solución: un frasquito de Plasticola, que, supone, puede
unir cualquier cosa. Satisfecho, pasa por otra aula y ve a otra
docente, ésta mayor y muy voluminosa, que también llora
amargamente; sin preguntar nada, se va y vuelve corriendo con un
enorme envase del mismo adhesivo. “Es un comercial que tiene ternura
pero también un toque de humor”, dice Fernández; “no
necesitábamos que mandara la historia, sino el chico, su
inocencia y su ilusión”.
Pese a que asegura que lo más importante del ´97
ocurrió hace un par de meses &emdash;el nacimiento de su hija
Micaela&emdash;, admite que el premio de Londres lo hace muy feliz:
“Primero porque respeto mucho ese festival, pero además porque
habría sido fantástico que la cigüeña que
me trajo hubiese bajado en Londres; de las ciudades que conozco, para
mí es la ciudad, sobre todo en esta actividad. En verdad, yo
siempre digo que he visto dos ciudades: Londres y Quilmes. Como me
estoy por ir a vivir a Quilmes, elijo Londres para trabajar”.
