· Perez Companc, Price Waterhouse, Techint, IBM, Citibank,
YPF, Banco de Boston, Arthur Andersen, Hewlett-Packard y Unilever son
las diez empresas preferidas por los estudiantes universitarios que
están cursando el último año de sus carreras y
que participaron en esta encuesta encargada por MERCADO a la firma
MORI.
· La oportunidad de capacitarse les importa más que
el sueldo.
· Creen que un estudio de posgrado es necesario para acceder
a buenas oportunidades laborales.
· Se definen a sí mismos como responsables y con ganas
de trabajar. Son pocos, sin embargo, los que se consideran muy
inteligentes e imaginativos.
· Contemplan con optimismo el futuro del país y de sus
propias carreras.
¿Cómo son los jóvenes que dentro de diez
años estarán ocupando los puestos de decisión en
las organizaciones? ¿Qué esperan del futuro? ¿Se
sienten adecuadamente preparados para la vida y el trabajo?
¿Qué actividades y empresas elegirían para
desarrollar sus carreras?
La búsqueda de respuestas para estos interrogantes
orientó la investigación especial que MERCADO le
encomendó a la firma MORI durante octubre. Fueron consultados
637 estudiantes del último año de carreras directamente
relacionadas con la actividad empresaria (administración,
contador público, economía, informática,
ingeniería industrial, civil y electrónica,
física y química) en las universidades de Buenos Aires,
Belgrano, Salvador, Católica, ITBA, Di Tella, San
Andrés, UCES y UADE.
La pregunta acerca de cuáles son las empresas en las que
más les gustaría trabajar conduce a interesantes
revelaciones, no sólo sobre el perfil de los estudiantes, sino
sobre la imagen de las compañías ante un público
cuya opinión resulta de particular importancia. Cada
entrevistado pudo seleccionar hasta cinco empresas en una
nómina de 100, en la que se incluyeron las líderes en
ventas y en los principales sectores de actividad. (Se les dio,
además, la oportunidad de mencionar otras no contempladas en
la lista.)
El perfil de las diez más elegidas es sugestivo. Entre
las top ten hay dos bancos (Citi y Boston), dos grandes consultoras
(Price Waterhouse y Arthur Andersen), dos gigantes de la
computación (IBM y Hewlett-Packard), los dos principales
grupos empresarios del país (Perez Companc y Techint), la
compañía más grande de la Argentina (YPF) y un
líder internacional del consumo masivo (Unilever).
Resulta curioso comprobar el escaso eco que tiene entre los
estudiantes avanzados de la Argentina el mítico prestigio
internacional de la consultora McKinsey, que aquí sólo
fue mencionada por 4% de los encuestados.
La interminable guerra entre Coca-Cola y Pepsi se define, en
este caso, a favor de la primera: 10% querría desarrollar su
carrera laboral en Coca-Cola, y sólo 4% se interesa más
en Pepsi. En la industria de las bebidas se destaca, además,
la cervecería Quilmes, con 7%.
La industria automotriz no llega a ocupar un lugar en el cuadro
de honor de las diez primeras, pero Mercedes Benz y Ford cosechan un
índice más que aceptable: 10%.
Si se analizan los resultados por carrera, Unilever y Procter
& Gamble revalidan su fama mundial en el terreno del management:
son las más elegidas por los jóvenes próximos a
graduarse en administración de empresas.
Para los futuros contadores públicos, el destino
más codiciado es la firma Price Waterhouse (23%). Los
estudiantes de economía votan por el Citi (39%). En las
carreras de física y química las preferencias se
inclinan por el laboratorio Roemmers (37%). Pero el dato más
sorprendente se encuentra en las respuestas de los que cursan
carreras vinculadas con la computación. AT&T (una empresa
de presencia relativamente reciente en el país) acapara 64% de
las preferencias, superando, incluso, a IBM (56%).
Expectativas
Los gerentes del 2007 muestran, en general, una actitud de
optimismo y confianza en sí mismos. Una sólida
mayoría de 55% cree que tiene bastantes o muchas posibilidades
de conseguir empleo en las empresas que más le interesan. La
fe es particularmente sólida entre los alumnos del ITBA (92%
de respuestas positivas) y de la Universidad San Andrés (91%),
y decae en las aulas de la UBA (47%).
Los estudiantes de economía son los que en mayor medida
se asignan muchas posibilidades de ingresar a las empresas elegidas
(18%). Los que cursan ingeniería industrial y
administración muestran altos índices de un optimismo
más moderado. Y entre los alumnos avanzados de física y
química sólo un tercio cree que tiene bastantes o
muchas oportunidades en este sentido.
Consultoras y bancos
Cuando se les pregunta a los estudiantes en qué sectores
o ramas de actividad les gustaría trabajar, los estudios de
contabilidad y auditoría y las consultoras absorben un
porcentaje de respuestas llamativamente elevado: 61%. (Cada
encuestado podía mencionar hasta tres sectores.) Este
índice equivale a casi el doble del que obtuvieron los bancos,
segundos en este ranking de preferencias (con 32%).
La elevada gravitación de estudiantes de la carrera de
contador público dentro de la población universitaria
contribuye, desde luego, a explicar el fenómeno. Pero
también se advierte aquí la notable tendencia de los
futuros contadores a concentrar sus elecciones en el segmento de las
firmas contables y de consultoría (83% de las menciones).
Los rubros más tradicionales de la economía real
muestran una convocatoria modesta en la totalidad de la muestra. La
industria de los alimentos y bebidas recibe 18% de las preferencias,
el mismo índice que registra el floreciente sector
energético. Mucho menor aún es la tasa de menciones
para la industria automotriz (8%) y la petroquímica (7%).
Y en el rubro de servicios financieros contrasta la fuerte
atracción de los bancos (casi un tercio de los encuestados los
eligieron) frente a los bajos índices que cosechan las
compañías de seguros, AFJP y ART (6%).
Al igual que los futuros contadores, los estudiantes avanzados
de computación concentran sus elecciones en un único
rubro: las empresas de tecnología informática. Pero los
alumnos de otras carreras se muestran menos previsibles. Los de
economía, por ejemplo, reparten sus preferencias entre los
bancos (44%) y las firmas de investigación de mercado (40%).
En la carrera de administración de empresas, en cambio, los
estudiantes se inclinan por la industria de alimentos y bebidas (44%)
y las consultoras (43%).
Cuando se les pregunta a los encuestados cuáles son las
áreas de actividad en las que menos les gustaría
trabajar, la administración pública encabeza el ranking
con 32% de menciones, seguida por la docencia (22%) y el comercio
minorista (19%).
La especialización
Siete de cada diez alumnos del último año de las
carreras analizadas sabe ya en qué especialidad o área
de su profesión quiere trabajar. Son relativamente pocos (21%)
los que ingresaron a la universidad con la decisión ya tomada.
En general, las determinaciones surgen después de cursar el
tercer año (62% de los casos).
Nuevamente se impone aquí el número de
estudiantes de la carrera de contador público, que contribuyen
decididamente a llevar el área de contabilidad y finanzas al
primer puesto de las menciones con 41%.
En contrapartida, es notablemente bajo el índice
registrado por el área de recursos humanos como primera
opción de carrera: 2%, que se eleva a 8% sólo como
segunda opción.
Otro caso curioso es el de ventas, una actividad que no capta
primeras menciones, y apenas llega a 2% como segunda alternativa.
La docencia tampoco es contemplada como un área
principal de trabajo, pero llega a atraer 11% de las preferencias
como segunda mención.
Qué quieren
La noción de que la formación profesional es un
proceso sin línea de llegada se refleja con asombrosa claridad
en los resultados de la encuesta. La oportunidad de recibir
capacitación y aprovechar mejor las propias aptitudes fue el
factor más mencionado (44% de la muestra) entre los
determinantes en la elección de un trabajo.
El nivel del salario inicial quedó así desplazado
al segundo lugar en el orden de prioridades, con 35% de menciones.
No menos llamativo es el bajo índice de importancia
(14%) que los estudiantes asignan a la seguridad del empleo a largo
plazo. Lo que revelaría, por un lado, la confianza en su
propia capacidad para impulsar su carrera y, por el otro, la
convicción de que los empleos de por vida son cosa del pasado.
Un esquema de horario flexible es, en cambio, un factor
importante para 17% de los estudiantes, probablemente interesados en
contar al comienzo con un margen de tiempo que les permita dedicarse
a estudios de posgrado u otras actividades de capacitación.
Por otra parte, los estudiantes avanzados saben de qué
hablan cuando hablan de trabajo. Siete de cada diez desempeñan
ya una actividad laboral y, de ellos, la mitad le destina más
de 30 horas semanales. El lado positivo de este fenómeno es
que algo más de la mitad trabaja en un área afín
a su carrera.
Esta exposición cotidiana a la realidad del mercado
laboral explica la notable homogeneidad en los niveles de sueldos que
los estudiantes esperan ganar cuando salgan de la universidad. Los
más modestos son los alumnos de física y
química, que apuntan a un salario promedio de $ 1.450. Los de
informática y administración de empresas se muestran
algo más ambiciosos ($ 1.940 y 1.900, respectivamente). Pero
en ningún caso se advierten grandes brechas con respecto al
promedio general de $ 1.620.
Durante este año académico sólo tres de
cada diez estudiantes han buscado trabajo para después de la
graduación. Casi una cuarta parte de los que no lo hicieron ya
tiene un empleo que no planea cambiar. Y otro tanto prefiere esperar
hasta después de las vacaciones.
Ahora bien, ¿a quién recurren para asesorarse en la
búsqueda de oportunidades? Los mecanismos informales, como las
charlas con gente que ya trabaja en su área o especialidad,
son los más utilizados. Los siguen la orientación
recibida en la universidad y la experiencia concreta en el mercado
laboral. A diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, las
presentaciones y charlas de potenciales empleadores y las entrevistas
con reclutadores de personal son vías virtualmente
inexploradas.
El posgrado necesario
La idea de la formación continua también asoma
en las respuestas acerca de los planes de cursar un posgrado. Casi
dos tercios contesta afirmativamente. Los indecisos suman 32%. Y
apenas 4% ha desechado el proyecto.
Sugestivamente, aunque los que afirman que un posgrado es
necesario para conseguir un buen empleo suman un alto porcentaje
(56%), esta proporción es bastante inferior al 64% que planea
llevar adelante una maestría o un doctorado.
Entre los decididos a hacerlo, 41% se quedará en el
país, 29% viajará a una universidad del exterior y 30%
medita aún sobre ambas alternativas.
Las diferencias son, en este punto, notables entre alumnos de
diferentes carreras y universidades. Los esudiantes de
economía y administración son los más inclinados
a completar su formación con un posgrado (73 y 71%,
respectivamente), en tanto que la proporción desciende a 35%
entre quienes cursan ingeniería civil o electrónica.
En la UADE, el ITBA y la Universidad de Belgrano más de
80% de los encuestados planea cursar un posgrado. Los índices
más bajos se encuentran en la Di Tella y la UBA.
Las áreas elegidas para el estudio de posgrado son, en
orden de importancia, administración y negocios (el
mítico MBA), finanzas, impuestos, economía
(generalmente para no economistas), políticas públicas
y auditoría.
Los juicios
¿Qué piensan de sí mismos los futuros
gerentes argentinos? El perfil que surge de sus respuestas los
muestra pragmáticos, seguros de sí mismos pero no
soberbios, y más confiados en el esfuerzo que en el talento.
Responsable (63%), con muchas ganas de trabajar (43%) e
interesado en desempeñarse en una organización
líder (30%) son las expresiones más usadas por los
encuestados para describirse a sí mismos. El éxito
personal (25%), la ambición (19%) y el dinero (14%) aparecen
como factores de motivación de relativamente escasa
importancia.
Lo curioso del caso es que los rasgos de personalidad en los
que suelen poner más énfasis los head hunters aparecen
aquí bastante desdibujados. Sólo 13% de los encuestados
se consideran imaginativos, otro tanto dice que tiene una mente
analítica y apenas 10% se atreve a afirmar que es “muy
inteligente”. Y, lo que resulta más sugestivo aún, la
madurez es una cualidad que sólo declaran 8% de los
estudiantes.
Contrariamente a lo que podría suponerse, la
mayoría se muestra satisfecha con lo que ha obtenido hasta
ahora en la universidad: dos tercios sienten haber adquirido
allí una perspectiva más amplia acerca de la vida, y
más de la mitad (53%) no cree que la preparación
recibida haya sido insuficiente o inadecuada.
Los juicios son menos favorables a la hora de evaluar las
habilidades no académicas que les requerirá el mercado
laboral. En una escala de uno a diez, los estudiantes se califican
con 5,92 en dominio del idioma inglés, 6,78 en manejo de
herramientas informáticas (el área donde todos se
sienten más capacitados), 5,77 en experiencia laboral y 5,96
en capacidad para gerenciar recursos humanos.
El color del cristal
Bien sea porque pertenecen, en general, a segmentos
socioeconómicos medios y altos, o porque su propia
formación los lleva a realizar juicios más ponderados,
lo cierto es que los estudiantes se muestran bastante más
optimistas que el resto de la población a la hora de evaluar
la situación económica del país.
Los que creen que la Argentina está bien o muy bien suman
20%, frente a sólo 9% del público general. Y, en
contrapartida, apenas 6% de los universitarios dice que la
situación es “muy mala”, una opinión que suscribe 23%
de la población encuestada recientemente por la consultora
Mori.
De cara al futuro, sin embargo, las diferencias no son tan
marcadas. Es parejo el porcentaje de los que avizoran una
mejoría (18% del público general y 17% de los
estudiantes). La mayoría absoluta (52 y 58%, respectivamente)
no espera grandes cambios. Y sólo 17% de los universitarios
(frente a 22% del público) cree que las cosas van a estar
peor.
Los estudiantes no se muestran, por otra parte, complacientes
en sus juicios a las empresas, sus futuros (y, en muchos casos,
actuales) empleadores. Dos de cada tres afirman que la industria y el
comercio no prestan la atención que deberían a sus
responsabilidades sociales. Y una proporción aún mayor
(79%) no cree que las empresas argentinas se preocupen por cuidar el
medio ambiente.
¿Y el desempleo?
El optimismo tampoco aflora a la hora de vaticinar la
evolución del problema del desempleo. Cuatro de cada diez
estudiantes creen que todo seguirá igual y uno de cada cinco
anticipa un agravamiento. Sólo 29% confía en que la
situación va a mejorar.
Pero resulta sorpresiva la aparente calma con que enfrentan
individualmente la cuestión. Algo menos de la mitad reconoce
que la desocupación puede afectarlo “bastante”. Sólo
13% dice que el tema lo preocupa mucho en lo personal. Y más
de un tercio (35%) asegura que la tasa de desempleo lo afecta poco o
nada.
Con este mismo espíritu, 55% de los estudiantes
próximos a graduarse se muestra convencido de que
conseguirá un buen trabajo, aunque esto le llevará
algún tiempo. Casi una cuarta parte confía, incluso, en
que lo conseguirá rápidamente. Solo 4% cree que no va a
encontrar trabajo en su área profesional.
El mayor grado de optimismo se encuentra en los estudiantes de
ingeniería industrial, computación y economía.
Las expectativas moderadas prevalecen entre los futuros contadores,
físicos y químicos. Y los alumnos de ingeniería
civil y electrónica son los que menos confían en poder
trabajar dentro de su especialidad.
Ficha técnica
Universo: Estudiantes del último año de las
carreras de administración, contador público,
economía, informática, física, química,
ingeniería industrial, civil y electrónica de las
universidades de Buenos Aires, Belgrano, Salvador, Católica,
ITBA, Di Tella, San Andrés, UCES y UADE.
Metodología del estudio: Cuestionario autoaplicado.
Características de la muestra: Por cuotas de sexo,
universidad y carrera.
Tamaño de la muestra: 637 casos.
Fecha del trabajo de campo: entre el 1º y el 14 de
octubre de 1997.
Mesa redonda: ¿qué producen las
universidades?
De los títulos a las cabezas
Los gerentes del 2007 se habrán formado en una universidad
en transición que aún no definió cómo
ajustarse a un escenario en el que el bien que provee, el
conocimiento, se torna obsoleto a un ritmo aparentemente
ingobernable. Para debatir cuáles son sus responsabilidades,
limitaciones y fortalezas en la preparación de cuadros
gerenciales, MERCADO convocó a responsables de las carreras
ligadas a la economía empresarial de seis universidades de
diferente perfil, trayectoria y tamaño.
MERCADO: -¿De qué manera perciben ustedes, como
responsables de la formación de los futuros gerentes, la
brecha entre la formación académica y las demandas del
mercado?
Ernesto Gore (San Andrés): -Aquí hay un viejo
problema que es discernir entre las demandas y las necesidades de las
empresas, porque no siempre son la misma cosa. Si analizamos
cuántas compañías certificadas con ISO hay en la
Argentina o cuántas son capaces de competir
internacionalmente, podemos llegar a la conclusión de que
quizá lo que se está pidiendo no es todo lo que se
necesita.
Si hubiéramos tenido esta conversación hace algunos
años, habríamos coincidido en apoyar carreras de la
mayor duración posible, con una muy alta especificidad y en
las que trataríamos de enseñar todo lo que la persona
debe saber a lo largo de su vida. Y, sin duda, con fronteras
profesionales mucho más nítidas.
Hoy, cuando los conocimientos se desactualizan muy
rápidamente, la forma en que se ve la carrera universitaria es
distinta. Es una plataforma de una fuerte formación
generalista con conocimientos que envejecen a menor velocidad que el
downsizing, el benchmarking o miles de cosas por el estilo. La
universidad ahora apunta más a cabezas y espíritus bien
armados que a conocimientos específicos.
Miguel Sofer (Di Tella): -Yo creo que ésa es la
tendencia. La función de la universidad consiste, cada vez
más, en asegurar que el graduado tenga activos de
amortización lenta, que no son los conocimientos
específicos sino habilidades generales, como capacidad de
análisis, capacidad de resolución de problemas,
habilidad en la toma de decisiones. Hoy es realmente muy
difícil educar a un administrador. Porque las habilidades que
se le reclaman cubren todos los campos. Por eso pienso que, cada vez
más, lo importante es la calidad de la cabeza y la agilidad
que tiene para el cambio, porque la constante es que su realidad
profesional va a variar a lo largo de su carrera.
Gore: -Si se me permite la ironía, diría que
más importante que lo que las universidades están dando
hoy en día es lo que el alumno aprende mientras el profesor
piensa en otra cosa: aprender a trabajar en equipo, a generar y
recuperar información, a escribir un informe, a conectar
hechos con teorías y ese tipo de cosas que -me parece- son lo
central de la educación universitaria de grado.
José Pena (UADE): -Estamos preparando alumnos para
la próxima década, para las condiciones que van a regir
entonces. Creo que tenemos que preocuparnos por la empleabilidad, lo
que supone, desde el punto de vista funcional, una estrecha
relación entre la universidad, la empresa y el gobierno. Y
resulta fundamental dar una educación amplia que le permita
tener una gran flexibilidad ante el cambio, con capacidad
crítica y formación humanística. Pero
además, debemos preparar personas orientadas a la
acción, porque actuarán en un contexto en el que, como
dijo Rifkin, se acaba el trabajo.
MERCADO: -¿Qué papel cumplen los posgrados en
este esquema de ciclos de grado orientados hacia una
preparación generalista y con menos énfasis en las
habilidades básicas?
Norberto Cinat (UBA): -Nosotros observamos que dentro de
los tres primeros años de graduados, nuestros egresados
realizan estudios de posgrado o continúan su formación
en el marco de los cursos de la empresa en la que trabajan. Hoy no es
suficiente tener un título de grado; hace falta reciclarse
permanentemente. Y creemos que para llegar a algún puesto de
dirección es inevitable pasar por un curso de posgrado.
Gore: -Parecería que cada vez más esa
formación generalista se completa con el posgrado, que es el
que finalmente define la especialización y la ubicación
laboral de la persona. Hoy, un egresado puede empezar trabajando de
ingeniero y terminar trabajando de cualquier otra cosa, en un periplo
que difícilmente puede planificarse. Lo que hace entonces a
través de los sucesivos posgrados es redefinir su
inserción profesional.
Ricardo Domínguez (UB): -El tema del posgrado merece
un análisis con mayor detenimiento, porque uno se pasa la vida
frente al pizarrón y siempre parece que falta más. Hay
una fuerte ansiedad por seguir ganando títulos. Y creo que
esto depende de muchas cosas. La maestría quizás
empieza a ser una necesidad, pero otra vez dependiendo de qué
haga uno. Más aún el doctorado, que no es un requisito
laboral, sino académico. En la escuela de negocios de Harvard
sólo 5% estudia doctorado, el resto hace masters, porque ese
5% es el que va a formar a los futuros estudiantes de MBA.
Luis Beccaria (UBA): -Me da la impresión de que el
panorama debe ser un poco más heterogéneo que lo que
estamos viendo acá. No hay duda de que crecientemente las
empresas demandan y necesitan profesionales con las
características que se mencionaron, pero todavía queda
un resto de empresas que contratan personal en primer lugar por la
situación del mercado de trabajo.
Y pienso que la presión por el posgrado es una muestra no
sólo de que se requieren perfiles más sofisticados sino
también de que hay un problema de mercado: para conseguir
trabajo es necesario diferenciarse, lograr una credencial adicional.
Porque si bien es cierto que los profesionales tienen una tasa de
desempleo menor a la general, también lo es que ha sido el
sector en el que más creció la desocupación.
Cuando el desempleo total era de 6 o 7%, los profesionales
desempleados eran apenas 2%; hoy llegan a 8%.
MERCADO: -¿Cómo evalúan ustedes la
incorporación de recursos que está llevando a cabo el
mercado? ¿Las empresas están demandando lo que realmente
necesitan ?
Sofer: -En nuestro caso pude constatar que las empresas
están buscando de una manera muy madura a sus recursos
humanos. Tenemos una licenciatura un tanto extraña, de
Estudios Internacionales, para la que preveíamos un problema
de marketing. Y vemos que las empresas, sobre todo los bancos, les
están dando un lugar en paralelo a los economistas
empresariales.
De todos modos, hay cierta ambivalencia, parecería que
estamos viviendo una transición en la que coexisten dos tipos
de demanda. Por un lado, cuando se acercan a la universidad
demuestran que sí están buscando cabezas. Pero
después vemos una divergencia notable en los avisos de los
diarios, donde queda claro que no buscan talento sino a alguien que
resuelva un problema hoy: que sepa hacer algo y que lo haya mostrado
durante cinco años en algún otro lado.
Gore: -La madurez se ve en que la búsqueda es mucho
más cuidadosa. Antes, un graduado universitario era alguien
con un título, mientras que hoy se mira de qué facultad
viene, cuáles fueron sus notas, en qué tiempo hizo la
carrera, en qué materias anduvo bien. En la medida en que el
conocimiento se va convirtiendo en un factor de producción,
las empresas asumen que cuando incorporan conocimiento están
incorporando posibilidades y miran más qué recursos
humanos reclutan. Lo que no sé es hasta qué punto se ha
generalizado esta política.
Jorge Meier (ITBA): Por lo que hablamos con los jefes de
personal de las empresas, para ellos también está claro
que lo importante no son los conocimientos estrictamente
técnicos sino que resaltan en forma creciente la
formación humanística, la personalidad y las
características de liderazgo de la persona. Este contexto
resultó muy favorable para los ingenieros industriales, que
además de la instrucción básica en materias como
matemática o química reciben una formación en
contabilidad, finanzas e investigación de mercado. Justamente
la visión amplia que adquieren tiene tanta demanda que los
ingenieros están invadiendo otras áreas de
economía o administración e, incluso, están
siendo requeridos en instituciones financieras.
Cinat: -Hace un par de años hicimos una encuesta de
seguimiento de nuestros egresados inmediatos: cerca de 90%
tenía empleo, y uno de cada diez, en bancos. A los ingenieros
de ramas más duras les resulta en cambio más
difícil conseguir empleo, porque les falta esa visión
global de la organización que tienen nuestros egresados.
Osvaldo Navarro (UB): -Nosotros tenemos un sistema de
pasantías para que los alumnos se acerquen al sector
productivo y lo conozcan mientras estudian. Pero el contacto
también nos sirve para evaluar nuestra oferta con respecto al
mercado. Las debilidades que señalaron las empresas, en el
caso de los estudiantes de contaduría, fueron tres: liderazgo
y trabajo en equipo, creatividad en las funciones e insuficiente
conocimiento del sector bancario. Es decir, menos en este
último punto, hicieron hincapié en las actitudes o
comportamientos de los alumnos antes que en su formación como
técnicos.
Domínguez: -Es claro que lo que ahora se busca es un
profesional polivalente, con la materia prima necesaria para poder
ser recreado en la empresa y trasladado a distintas posiciones. Esto
tiene que ver con la famosa globalización. Hasta la
década pasada teníamos dos clases de empresas: la
local, encerrada en el mercado interno y la multinacional tradicional
que mantenía estrategias diferenciadas para el Norte y el Sur.
Allá, digamos, generaba estrategias y renovaba todos los
años al Mustang, mientras que acá mantenía al
histórico Falcon. Eso cambió; las trasnacionales tienen
-o al menos tienden- a parámetros globales y, por otro lado,
aparecieron Goliats nacionales.
Esto reclama otros recursos; exige profesionales que, al menos en
el mediano plazo, sean capaces de establecer estrategias. No es una
tarea fácil, sobre todo porque unir la formación de un
intelectual con la formación de un profesional ha sido una
tarea crítica en la universidad argentina. Nos cuesta tener
esas dos imágenes juntas. Y creo que la clave del éxito
está en juntarlas, porque un profesional sin una
formación global se queda en el corto plazo y un
todólogo no puede aplicar nada de lo que sabe.
MERCADO: -A la carrera de economía se la ha
considerado, por lo general, una disciplina confinada al mundo
académico o al sector público. ¿Se está
produciendo, ahora, una inserción creciente de economistas en
empresas de distintas ramas?
Beccaria: -A partir de los años ´80 el mercado
cambió para los economistas. El sector privado
tradicionalmente absorbía a muy pocos y cuando los contrataba
no lo hacía porque fueran economistas. Hoy es evidente que la
matriz de salida es otra y que el mercado recluta egresados, sobre
todo para las áreas financieras. De todos modos, más
allá de casos particulares, la carrera de los economistas
dentro de las empresas no tiende hacia la gerencia sino hacia la
definición de estrategias y el relevamiento del medio en el
que la organización se desenvuelve. Quizá sea
éste el modo específico de inserción en el
sector privado.
Domínguez: -En última instancia, cuando una
gran empresa arma su estrategia empresarial no dista mucho de lo que
debe hacer un economista en un Estado al diseñar una
política económica. En el fondo, la idea de
planeamiento, de estrategia, de tener en cuenta una serie de
variables externas a la institución, es la misma. Esto
igualó mucho las funciones de los profesionales de uno y otro
sector y en los países desarrollados se observa que los
cuadros pasan de un lado a otro sin ningún tipo de problemas.
MERCADO: -Mientras que otros países, incluso
latinoamericanos, tienden a la profesionalización de la
enseñanza, en la Argentina la docencia sigue siendo,
básicamente, una segunda ocupación para los
profesionales. ¿Es posible garantizar así la excelencia
educativa?
Gore: -Yo creo que los procesos que mencionábamos
modifican la organización interna de las instituciones. En las
universidades no sólo se enseñan teorías sino
que también se aplican teorías acerca de cómo se
educa a una persona. Y me parece que la teoría de que a un
joven lo podía educar un profesional en sus tiempos libres se
acaba. Es necesario educar con verdaderos docentes, con
investigadores, con profesores de dedicación full time.
Beccaria: -La falta de la carrera docente es una de las
preocupaciones más serias dentro de la facultad de Ciencias
Económicas, que se destaca por tener una baja
proporción de profesores de dedicación exclusiva. Son
investigadores, pero por fuera de la institución; ahora
estamos tratando de articular el trabajo de esos centros o
fundaciones con los recursos de la UBA para poder asegurar dentro de
las cátedras una generación de recambio.
Cinat: -Pienso que, en algunos casos, como en el de
ingeniería industrial, es una ventaja que el docente no sea un
full time que cuenta lo que leyó en un libro, sino un hombre
que trabaja en la industria. En nuestra facultad, los profesores de
dedicación exclusiva o semiexclusiva se encuentran con mayor
frecuencia en las ciencias básicas, pero en los departamentos
terminales es preferible que los docentes no sean teóricos
sino gente en plena actividad.
MERCADO: -¿Esto no equivale a hacer de la necesidad
una virtud?
Cinat: -No, porque el que tiene que volcar la experiencia
es el profesor y nadie puede transmitir experiencia de algo que no
vive.
Meier: -Coincido plenamente, porque ése es el
enfoque que buscamos en el ITBA.
Sofer: -Esto nos lleva al planteo inicial. ¿Qúe
es lo que estamos transmitiendo? ¿Conocimiento o habilidades
básicas, como capacidad de análisis o de
resolución de problemas? En nuestra universidad intentamos
avanzar hacia el modelo estadounidense, donde está clara la
separación entre grado y posgrado, entre formación
intelectual básica y formación profesional
específica. En la Argentina, fiel al estilo europeo, ambas
aparecen mezcladas y hasta buena parte de la formación
intelectual se supone que recae sobre la escuela secundaria. Coincido
plenamente con quienes expresan la necesidad de contar con expertos
en actividad en una escuela profesional, pero por detrás queda
la pregunta de si eso corresponde o no al nivel de las licenciaturas.
Domínguez: -Un tema inevitable es el financiamiento
de la educación superior, porque cualquier intento de
construir una institución distinta necesita recursos. Todos
podemos tener como modelo a Harvard o Berkeley, pero esas
universidades manejan, con 14.000 alumnos, presupuestos de US$ 1.000
millones. Y disponen de semejantes montos porque existe la figura de
memorial, que permite convertir impuestos en donaciones. Sin una
legislación semejante, el desarrollo universitario queda atado
a la matrícula, en el caso de las privadas, y al subsidio
estatal en el de las públicas. Si queremos hacer Harvard, no
importa si pública o privada, además de esfuerzo
deberemos contar con dinero.
D.A. y D.V.
Los participantes
Luis Beccaria, director del Departamento de Economía de la
facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos
Aires (UBA).
Norberto Cinat, director de la carrera de Ingeniería
Industrial de la Universidad de Buenos Aires.
Ricardo Domínguez, director de las carreras de
Economía y Administración de la Universidad de Belgrano
(UB).
Ernesto Gore, director del Departamento de Administración
de Empresas de la Universidad San Andrés.
Jorge Meier, director del Departamento de Ingeniería
Industrial del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA).
Osvaldo Navarro, director de las carreras de Contaduría y
Recursos Humanos de la Universidad de Belgrano (UB).
José Pena, director de la carrera de Administración
de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE).
Miguel Sofer, director del Departamento de Economía
Empresarial de la Universidad Torcuato Di Tella.
