A los jefes de gobierno de Italia, Alemania y Suiza se les
concede el deseo de conversar con Dios. “¿Cuándo se
terminarán nuestros problemas con la mafia y la
corrupción?”, pregunta el italiano. “En cuatro años
más”, le responde Dios. “Lástima que para entonces yo
no estaré en el poder”, reflexiona el primer ministro.
“¿Y qué pasará con los neonazis en mi
país?, inquiere el alemán. “Dentro de seis años,
nadie se acordará de ellos”, lo tranquiliza Dios. “Eso es
fantástico, pero yo ya habré dejado el poder”, se
lamenta el canciller. La pregunta del suizo parece más
fácil: ¿Mi país ingresará, finalmente a la
Unión Europea?”. “Sí, pero cuando eso ocurra yo no
estaré ya en el poder”, contesta Dios.
El chiste, que circula en las oficinas públicas de
Berna, fue relatado por Nicolas Imboden, delegado del Consejo Federal
para los Acuerdos Comerciales, en una conversación con
MERCADO. Se trata, por cierto, de una muestra de humor con ribetes de
inquietud. La pequeña, hermosa y rica Suiza empieza a sentir
que para mantener su privilegiado lugar en el mundo deberá
cambiar y adaptarse, una idea que hasta ahora no termina de ser
digerida por su complejo y descentralizado sistema político.
“Para los suizos, la Unión Europea es una
construcción intelectual, no es algo que esté arraigado
en el sentimiento popular”, explica Imboden. “Pero lo cierto es que
los países de la UE son socios comerciales de los cuales no
podemos -ni queremos- prescindir. Así y todo, es vital para
nosotros, en esta etapa, abrir nuevos horizontes, más
allá de Europa. La Expo Suiza en Buenos Aires es un paso en
ese sentido.”
Las cifras dan cuenta de lo extremadamente difícil que
resultaría para los suizos romper el cerco europeo. La UE
recibe 61,4% de las exportaciones y provee 80,1% de las
importaciones. Frente a este poderoso abastecedor, cliente y vecino,
el resto del mundo muestra una gravitación modesta: Estados
Unidos, por ejemplo, participa con apenas 8,9% de las exportaciones y
6,6% de las importaciones.
Y hay que tener presente que el comercio ha sido y sigue siendo
la clave del progreso para este pequeño país encerrado
entre montañas y pobre en materias primas. Los banqueros del
Crédit Suisse han elaborado, en este sentido, una
estadística reveladora. Por el tamaño de su territorio,
Suiza ocupa el puesto 124º en el ranking mundial, se ubica en el
81º por número de habitantes, sube al 19º por su
producto bruto y trepa al 16º por el volumen de su comercio
exterior (que, por cierto, representa 60% del PBI). Sus reservas
monetarias la llevan a la 9ª posición, se sitúa en
el 5º puesto en operaciones de cambio de divisas y es el
líder absoluto en la compra y venta de oro.
Cuestión de valor
Uno de los rasgos singulares de la economía suiza es que
su formidable desempeño exportador se basa en una estructura
en la que las Pymes representan 95% del parque industrial. En el
sector de la alimentación, que exporta 65% de lo que produce,
sólo una docena de empresas tiene planteles de más de
500 trabajadores. El gigante Nestlé (ver recuadro) da empleo a
220.000 personas en todo el mundo, pero sólo 6.500
están en Suiza.
La verdadera especialidad suiza, en todos los rubros y para
empresas de cualquier tamaño, es agregar valor: el precio
promedio de la tonelada de los productos que exporta es cuatro veces
más alto que el de una tonelada de las mercaderías que
importa.
La prueba más dura, en ese sentido, la pasó la
industria relojera. Los japoneses la pusieron de rodillas en los
años ´70 con sus económicas piezas de cuarzo
(paradójicamente, un invento suizo). Para sobrevivir, los
suizos reunieron recursos y desarrollaron el Swatch, de diseño
original y bajo precio. Así se salvó la industria.
Pero, durante las siguientes dos décadas se dedicaron a
promover el mercado de los relojes de lujo. Y lo consiguieron.
Los relojes que exporta Japón alcanzan un precio
promedio de US$ 20. En el caso de la industria suiza, 52% de las
ventas al exterior proviene de piezas de alto valor (más de
US$ 300). El promedio por unidad es US$ 110. Y la mayoría de
los compradores está en países donde hay una fuerte
industria relojera: Estados Unidos, Japón, Alemania y Francia.
Otro detalle, no menor, de la performance exportadora suiza es
la ausencia casi absoluta de subsidios públicos a la
actividad. Los créditos para la promoción representan
0,0013% del volumen exportado, la tasa más baja de cualquier
país industrializado. El sector privado ejerce una eficaz
tarea en este campo, a través de la Oficina Suiza para el
Fomento del Comercio (Osec), que cuenta con más de 2.000
empresas afiliadas y mantiene una extensa red de contactos en todo el
mundo. Sólo un tercio de su presupuesto se cubre con aportes
estatales.
Fantasmas y contrastes
Asentados en bases tan sólidas, ¿qué tienen
que temer los suizos de una asociación formal con la
Unión Europea? “Los obstáculos no son
económicos, sino políticos”, señala Imboden.
Y aquí es donde se hace sentir el espíritu
conservador de una parte importante de la sociedad suiza, encarnado
ahora en un próspero empresario de 57 años, Christoph
Blocher, jefe del Partido Popular, el más pequeño de
los cuatro que integran la coalición de gobierno. En 1992,
Blocher promovió la realización del referéndum
que bloqueó el ingreso de Suiza a la UE. Desde entonces, viene
difundiendo, con creciente fervor, su prédica nacionalista. En
un reciente discurso, recordó que Josef Goebbels (el ministro
de Propaganda de Hitler) había instado a los suizos a sumarse
a un nuevo orden europeo, y no dudó en trazar un paralelo con
la situación actual: “Algunos políticos quieren ahora
que abdiquemos de nuestros derechos, en favor de la burocracia de
Bruselas”.
Blocher también ocupó espacio en la prensa a
principios de marzo, con su férrea oposición a que se
creara un fondo de compensación para las víctimas del
Holocausto. La iniciativa gubernamental, dijo, era una
concesión a “la campaña de organizaciones judías
para sacarles dinero a los suizos”.
El consejero federal (ministro) de Asuntos Exteriores, Flavio
Cotti, respondió, en una conversación con MERCADO, a
estos argumentos. Con respecto a los renovados cuestionamientos a la
actitud de Suiza durante la Segunda Guerra, señaló que
“ésta es una oportunidad para ejercer una saludable
reflexión sobre nuestra historia, para buscar la verdad y la
justicia”. En cuanto a la polémica sobre el ingreso al marco
comunitario europeo, Cotti no duda en afirmar que “no podemos
permitirnos el lujo de ser un territorio aislado dentro de Europa.
Suiza pierde oportunidades y ventajas por no estar integrada a la
Unión Europea”.
Imboden es aún más explícito, al afirmar
que el ingreso como miembro pleno a la UE “es un objetivo
estratégico para el gobierno suizo”. Y admite que “el paso del
tiempo no nos favorece en este terreno, porque, cuanto más
grande y federativa se torne la UE, se nos hará más
difícil hacer escuchar nuestros argumentos”.
“Suiza está obligada a encontrar una salida, y la
Unión Europea también. Somos muy buenos socios y
clientes; contribuimos en no poca medida a compensar el
déficit de la UE con Japón.” Para Imboden, por lo
tanto, la cuestión está destinada a resolverse
más temprano que tarde. “Por lo menos, no hay duda de que,
cuando esto suceda, Dios seguirá en el poder.”
Una vidriera porteña
Entre el 18 y el 27 de abril, Buenos Aires será la sede
de Expo Suiza ´97. La muestra, que ocupará 5.000 metros
cuadrados en el predio de la Sociedad Rural de Palermo, será
la primera vidriera abierta por los suizos en el Mercosur. Los 70
expositores que estarán presentes cubren una amplia gama de
sectores, que van desde la clásica relojería hasta la
robótica, la educación y el cuidado de la salud.
La cocina suiza tendrá su propia vitrina en un festival
gastronómico (en el hotel Libertador Kempinski), y tres
artistas plásticos expondrán sus obras en el Centro
Cultural Borges de las Galerías Pacífico.
(En Berna) Dolores Valle
