lunes, 22 de junio de 2026

    Menor gasto = mayor recesión

    La sombra recesiva, que cada vez oscurece más la vida cotidiana de los agentes económicos, impide concentrarse en el

    problema de fondo. Hay un evidente cambio de clima, de humor, de actitud en la sociedad argentina, en especial en los

    principales protagonistas en el ámbito de la economía y los negocios.

    Los hasta ayer incondicionales defensores de la gestión de Domingo Cavallo y de todo lo actuado por el gobierno, han

    descubierto una reciente vocación crítica y escéptica que a cada momento se torna más estridente.

    Nada más peligroso que los desencantados. De un lado están los apocalípticos, los que anuncian que llegaron las lluvias,

    y que las catástrofes se producirán durante el próximo verano. De otro lado, aparecen los fundamentalistas. Los que

    sospechan que Cavallo puede ser demasiado pragmático y flexible y ojalá que tengan razón en la hora crítica.

    Sobre los primeros, basta recordar el efecto letal de la profecía que se cumple a sí misma. Tanto vaticinar desastres, aun sin

    razones fundadas, que el autoconvencimiento termina por dar vida al peor cuadro imaginado. Este es el clima que es preciso

    transformar, racionalmente, en las próximas semanas.

    En cuanto a los fundamentalistas, de este campo viene el mayor ataque a la credibilidad no de lo que dice el gobierno,

    sino de la interpretación sensata de los datos reales sobre el futuro acontecer. Es que se ha puesto tanta carga, tanto

    significado en el supuesto valor de las cuentas fiscales en equilibrio, que la aparición de un déficit se interpreta como el

    derrumbe de los cimientos.

    No es así. Es preferible que exista superávit en las cuentas públicas, pero el mundo no se acaba si excepcionalmente se

    produce un moderado desajuste, como el mismo Fondo Monetario lo admite en muchas circunstancias.

    La cuestión es sencilla y de puro sentido común. Aunque se tardó en admitirlo, nadie discute que la Argentina está en

    plena etapa recesiva. Por lo tanto, es más difícil para el Estado recaudar tributos y contribuciones de la seguridad social. En

    recesión, hay menos inversión, interna y externa. Si se aprietan las clavijas para cerrar las benditas cuentas fiscales, la

    consecuencia inevitable será mayor recesión.

    Para los fundamentalistas es una cuestión de dogma. Si aumenta la presión fiscal, las cuentas públicas estarán

    equilibradas. Ante ese hecho discurre la teoría los inversionistas extranjeros verán que el país está haciendo bien los

    deberes y, en consecuencia, se renovará el flujo de ingreso de capitales.

    Nada más inocente y alejado de la realidad. En un mercado financiero internacional con distintas oportunidades, los

    inversionistas no son afectos a elegir lugares donde se ha instalado la recesión.

    A la búsqueda de responsables por esta situación, se ensayan explicaciones que pueden tener atractivo emocional, pero

    poco respaldo en los datos concretos. Por ejemplo, la difundida creencia de que todos los males provienen del déficit

    acumulado por las provincias.

    Si para equilibrar la situación fiscal se baja más el gasto público, la consecuencia inexorable es mayor recesión. Toda

    medida contractiva agrava la situación. Por este camino se puede llegar a un punto en que la presión recesiva sea de verdad

    insostenible. Entonces sí, peligraría todo el edificio laboriosamente construido durante estos años. Aun en el caso de que

    hubiera mucho más capital disponible para prestar, la verdad es que no hay tomadores de crédito dispuestos a correr riesgos

    en las actuales circunstancias.

    ¿Qué se puede hacer entonces? En lugar de achicar más el gasto, financiar el déficit. Cuando pase la ola de desconfianza

    será el momento de volver al equilibrio de las cuentas fiscales. Es necesario instalar rápidamente la idea de que es preciso

    aceptar cierto grado de desequilibrio fiscal sin que ello suponga, necesariamente, el fin del mundo.

    Desde esta perspectiva, el problema central que subsiste, inmodificable es el del retorno al crecimiento. La cuestión

    es: ¿hay instrumentos para levantar el nivel de actividad económica dentro del rígido corsé que impone la convertibilidad?

    Lo deseable y esperable es que Cavallo y su equipo tengan oportunidad de ensayar su fórmula, si es que la tienen.

    Bancos: la Reconversión Pendiente

    Tanto se habló y escribió sobre la reconversión del sistema financiero argentino, que ya nadie parecía tomarse en serio la

    inminencia de este proceso. Sin embargo, está ocurriendo implacablemente dentro del proceso recesivo que atraviesa la

    economía en el marco de la convertibilidad.

    La concentración de los depósitos en un reducido número de entidades bancarias era un fenómeno más que anunciado, pero que

    ahora, a la luz de los datos más recientes, es una realidad insoslayable. Los primeros diez bancos del sistema local absorben 42,74%

    del total de los depósitos, que entre dólares y pesos se acercan a 41.000 millones. Si la lista se amplía a los primeros 20, se

    comprueba que éstos han captado casi 70% del total depositado. Si se toman en cuenta las primeras 30 entidades, la proporción se

    acerca a 80% del total. Poco más de 20% se distribuye entre el resto, alrededor de 134 bancos.

    Ha crecido la gravitación de los principales bancos extranjeros y de las mayores entidades privadas y públicas argentinas.

    Simultáneamente, se deterioró la situación de los bancos pequeños, que en un semestre perdieron de 30 a 40% de sus

    depósitos. En ese mismo período, la llamada banca mayorista vio desaparecer hasta 60% de lo captado durante el ciclo

    expansivo. La recesión, que persistirá, acelerará esta tendencia, mientras aumenta el peso de una cartera irregular, debido a

    las dificultades de los tomadores de créditos para cumplir con sus compromisos.

    Lo que se teme hoy no es tanto una crisis de iliquidez, que fue conjurada por una batería de decisiones oficiales. El gran

    riesgo ahora es una crisis de insolvencia. La cartera activa de los bancos vale cada vez menos. La única manera de conjurar

    este riesgo es una reactivación, un escenario que no está a la vista.

    Ante este panorama crítico, los principales bancos minoristas orientan ahora sus esfuerzos, no sólo al aumento de la

    eficiencia operativa y la reducción de costos, sino también a la expansión del índice de bancarización (inusualmente bajo en

    la Argentina), o sea a aumentar el número de personas que operan con entidades financieras. Además del clásico sector

    ABC1 de la población, se busca ahora al C2 y al C3, de menores ingresos, pero que pueden contribuir a ampliar la masa de

    depósitos.

    A todo esto, las fusiones y megafusiones continúan en América latina y en el mundo industrializado, alimentadas por

    una fiebre competitiva que enciende ya luces de alarma en las oficinas de consultores y analistas en Europa y Estados

    Unidos.

    Los más recientes comentarios de las publicaciones especializadas advierten sobre la naturaleza del fenómeno que

    comenzó a gestarse tras la última crisis financiera internacional. Los programas de recuperación dejaron a muchas de las

    grandes instituciones con un exceso de capital, que buscan canalizar ahora a través de una carrera de adquisiciones.

    El clima de aguda competencia ha inducido, por una parte, a un aflojamiento de los controles internos que, en algunos

    casos, condujo a desastres como los de Baring en Gran Bretaña y ahora Daiwa en Japón. Por otro lado, los márgenes de

    rentabilidad se han ido estrechando peligrosamente, en el afán por desplazar de los negocios a los bancos rivales, de modo

    que la alternativa ahora es expandirse, casi a cualquier precio.

    La megaoperación por la que el Chase Manhattan abandonó 118 años de existencia independiente para fusionarse con el

    Chemical y engendrar así al mayor banco de Estados Unidos (con activos por US$ 297.000 millones y un capital de US$

    20.000 millones) es la manifestación más espectacular y reciente, pero seguramente no la última de esta tendencia.

    En la Argentina, el tembladeral financiero que comenzó a principios de año dejó, también, una importante secuela de entidades

    absorbidas por otras (fueron, hasta ahora, 39, con un saldo aproximado de US$ 560 millones en patrimonios netos que cambiaron

    de manos) y de una decena de bancos que quedaron fuera del mercado.

    Pero el cuadro es engañoso si se lo contempla como un proceso concluido. Todavía, ninguno de los grandes players

    internacionales ha movido aquí sus piezas, ni el ritmo de la verdadera competencia, tal como se la concibe hoy en el

    escenario mundial, se ha instalado en los negocios financieros locales.

    Cuando la ola llegue a la Argentina y en el actual escenario de globalización y desregulación sería demasiado

    aventurado imaginar que esto no ocurrirá encontrará, como puede apreciarse en la investigación que se publica en esta

    edición de MERCADO, a pocas instituciones suficientemente preparadas para resistir el embate de los nuevos tiempos.