domingo, 31 de mayo de 2026

    Política industrial, o las palabras prohibidas

    En la Argentina, cuando se habla de política industrial la asociación de ideas con subsidios, ineficiencia y fracaso es

    inmediata y absoluta. Cinco décadas de desaciertos y abusos explican esta reacción fundamentalista, difícil de entender para

    economistas de otras latitudes.

    Sin embargo, el tema se abre camino otra vez, sigilosa y lentamente, y estará inevitablemente sobre el tapete en pocos

    meses. El descubrimiento será súbito y accidental, como acaba de ocurrir con la tasa de desempleo (tema con el que tiene

    íntima conexión).

    Esta cuestión del desempleo, y la forma en que se adueñó de la escena pública, es un capítulo interesante para comprender

    el mecanismo interno de los medios de comunicación masivos y su relación con el poder y con la opinión pública.

    Hace muchos meses que, en distintos ámbitos académicos y empresarios, el tema estaba en boca de todos. Nadie en el

    mundo de los negocios ignoraba que la tasa de desempleo iba en rápido aumento (en MERCADO se pueden consultar

    artículos sobre el tema publicados en las ediciones de abril, mayo, julio, septiembre, noviembre, y diciembre de 1994, y en

    las de febrero, abril y mayo de 1995).

    Pero para que llegara el gran debate (mejor dicho, la gran discusión de sordos) fue preciso el detonante de una cifra

    espectacular: 18,6% como índice oficial de desocupación. La reacción fue como si hasta el día anterior ese indicador

    hubiera sido cero, inexistente. De inmediato apareció el titular de la Unión Industrial Argentina, quien parecía

    reclamar lisa y llana reducción de los salarios para preservar los empleos que todavía existen (él dice que jamás dijo

    eso), y la polémica ganó la primera página de los diarios. Un proceso que deja lecciones interesantes.

    Nadie ignora en los círculos oficiales, académicos y en el propio mundo de los negocios que se avecina de forma inevitable

    la discusión sobre política industrial, alentada por la necesidad de encontrar soluciones al problema del desempleo. Sin

    embargo, hará su irrupción espectacular de mano de alguna polémica resonante, tal vez incidental o trivial, que excite el

    interés periodístico.

    Si MERCADO quisiera acelerar este debate tal vez debería recurrir a un procedimiento singular. Por ejemplo, si

    entrevistado un notorio dirigente industrial, como Roberto Roca, éste dijera que en vez de dar vueltas, Cavallo debería ir al

    centro de la cuestión y diseñar una verdadera política industrial, sería fácil imaginar lo que vendría: los titulares dirían

    Roca emplaza a Cavallo. El ministro se vería obligado a contestar, Roca también, y muchos otros terciarían en la

    polémica a partir de tan singular detonante.

    Es obvio que ello no ocurrirá: no coincide con el estilo del titular de Techint, ni tampoco con el de MERCADO. Pero

    los lectores comprobarán que, lamentablemente, algo similar ocurrirá en los próximos meses.

    Parecidos y Diferentes

    La vanidad de los argentinos se solaza con la idea de ser, en algo, modelos para el mundo. Si bien no hemos tenido

    muchas oportunidades para disfrutar de esta situación, a veces nos encontramos en posición incómoda. A principios

    de los años 80, por ejemplo, se popularizó en algunos medios académicos estadounidenses la tesis de los dos

    modelos contrapuestos: Corea y la Argentina.

    Ambos eran países en desarrollo, en los dos había políticas públicas con fuerte intervención estatal, en ambos hubo una

    etapa de sustitución de importaciones. Es cierto que cuando Corea comenzó a recorrer el camino (sobre la economía coreana

    ver informe especial en esta edición, página 76) a principios de los 60, la posición de la Argentina, medida bajo cualquier

    indicador, era superior.

    Treinta años después (cuando la superioridad coreana era notoria en casi todos los aspectos), Corea fue exhibida como un

    modelo exitoso y la Argentina (hasta 1991) como el que había que evitar.

    ¿Cómo se explica que políticas casi idénticas tuvieran tan distinto resultado? Veamos algunas de las explicaciones:

    En Corea hubo una burocracia eficiente, no subordinada al poder económico. No puede decirse lo mismo de la Argentina.

    Las ventajas concedidas a un grupo empresario o a un sector fueron por tiempo limitado, y sujetos al cumplimiento de

    metas muy exigentes, especialmente en materia de exportación. En Corea hubo un poder de control que premió a los que

    cumplían y sancionó a los que fallaban. Otra gran diferencia con la Argentina.

    Los coreanos seleccionaron para promover las industrias con futuro las que producían lo que el mercado mundial

    demandaba. En la Argentina se eligieron sectores del pasado o los que tenían mercado interno.

    A esta altura del proceso del plan de convertibilidad, está claro que hay luces y sombras, datos positivos y negativos. Hay

    estabilidad, pero los precios relativos perjudican a la producción industrial y a la agropecuaria. Es cierto que durante estos

    años y al menos hasta ahora hubo equilibrio fiscal, pero con fuerte carga impositiva de signo regresivo.

    El Estado parece estar a la búsqueda de su nuevo papel en esta etapa. Las inversiones privadas han aumentado

    espectacularmente, pero no siempre en la dirección más conveniente para contar con una economía competitiva en el

    mundo.

    Precisamente éste es el punto esencial. Si hay que hablar de política industrial no es únicamente porque hay en este

    momento un alto índice de desempleo. En definitiva, la industria no es el primer empleador. Pero sin el aporte de la

    industria en el proceso de innovación y de incorporación de tecnología, no hay crecimiento sostenido y tampoco posibilidad

    alguna de insertarse en las grandes corrientes del comercio mundial.

    Miguel Angel Diez

    La opinión de Robert Reich

    Ni Intervención Estatal ni Laissez Faire

    El crecimiento económico no es suficiente, afirma el imaginativo secretario de Trabajo de Estados Unidos, en un reciente

    artículo periodístico. Esta es la condensación de su pensamiento.

    Los países industrializados están aprendiendo una nueva lección: el crecimiento no es suficiente. El año pasado la economía

    estadounidense creció 4,1% y las empresas cosecharon buenas ganancias. Sin embargo, el salario real medio siguió en baja.

    En casi todos los países desarrollados la economía también creció, pero la mayor parte de sus habitantes no han sentido los

    beneficios.

    Nos engañamos si creemos que es posible, simultáneamente, desmontar las redes de seguridad, permitir el libre

    movimiento del capital y el comercio, y decirles a los perdedores que el crecimiento resultante compensará las pérdidas

    económicas actuales.

    En una democracia, los ciudadanos apoyan las políticas que promueven el dinamismo económico sólo si perciben que

    podrán beneficiarse. Esto significa que la opción no es intervención estatal o laisser faire; la opción es la siguiente: o se

    toman medidas para acelerar la adaptación de los ciudadanos al cambio económico, o se desacelera el ritmo del cambio.

    Reich señala cuatro áreas de acción para dar al trabajador común mejores oportunidades de beneficiarse con la nueva

    economía:

    En el nuevo contexto económico tienen más posibilidades de progresar aquellos trabajadores capacitados para reconocer y

    resolver problemas. Esto significa que la situación es propicia para que el gasto público se destine a educación y

    entrenamiento.

    Los trabajadores pueden participar en las ganancias a través de sistemas de retribución que estipulen porcentajes por

    aumento de la productividad.

    En el pasado, los países occidentales contaban con una red de seguridad para proteger a los que se caían y sostenerlos

    hasta que pudieran volver a levantarse. Pero aquella red ya no basta. Es preciso ahora tejerla dentro del mismo mundo

    laboral. Hay que convertir al sistema de desempleo en un sistema de reempleo.