Cómo se compara, en materia de política industrial, la experiencia argentina con la internacional?
Las políticas industriales son una necesidad para el crecimiento, todos los países las utilizan, aun los más liberales del
mundo. En Estados Unidos hay políticas de promoción, en Japón, en la Unión Europea.
En la Argentina estamos pasando por un proceso de profundas reformas estructurales. Esto resulta especialmente duro para
la actividad industrial productiva, que ha tenido que adaptarse a una nueva situación después de haber vivido durante 40
años en un país encerrado, amurallado, donde no entraba nada que no fuera producido aquí, o ingresaba a un costo tal que
el consumo era muy escaso. Para poder incorporarnos a este nuevo escenario hemos sufrido pero aceptado con beneplácito
un programa económico en el que creemos, y al que algunas veces también criticamos, porque no ha sido totalmente
comprendida la necesidad de cuidar a la industria instalada, hacer leyes o políticas que nos permitan competir con alguna
posibilidad de éxito en el mundo.
La creación de zonas de promoción industrial parece ser una idea que en la Argentina cosechó pobres resultados y
críticas feroces. La UIA, sin embargo, la mantiene como propuesta.
Nosotros hemos dicho reiteradamente que las promociones en algunos lugares, por un tiempo determinado,
transparentemente desarrolladas, son mecanismos útiles para un desarrollo más armónico y para que haya industria en
lugares como el noroeste o el lejano sur de este país. Nadie va a ir a instalar una fábrica en esas provincias cuando el centro
de consumo está a miles de kilómetros, porque nadie incurre en costos innecesarios, cuando no tiene alguna razón que le
haga suponer que va a estar en condiciones de competir en el mercado.
Estamos absolutamente convencidos de que no hay crecimiento sin inversión, y lo que queremos es disponer de los mismos
instrumentos que tienen los países con los que pretendemos competir para tener éxito en ese desafío. Algunas veces surgen
propuestas que señalan algún tipo de política industrial, pero son tenues, insuficientes. Por otro lado, creemos que los
fundamentalismos son malos, tanto el fundamentalismo liberal como el de la protección. Nosotros, que hemos aceptado este
programa de apertura, decimos que no queremos ninguna otra reglamentación diferente de la que usan los países más
liberales de la tierra para cuidar a su industria sana instalada.
¿Cómo evalúa, en este sentido, el caso de Brasil?
Yo diría que Brasil ha tenido una política de apoyo espectacular a la actividad industrial. En la Argentina fue distinto, y
evidentemente los gobiernos también han sido distintos. Los de Brasil, cualquiera fuera su signo, se esforzaron por tener el
mejor diálogo posible con los empresarios de su país, escucharon y atendieron sus sugerencias, y las aplicaron muchas veces
para poder desarrollar la industria fortalecida que hoy tienen. En la Argentina, en general, los gobiernos siempre han creído
que cada empresario que se acerca para hacer una propuesta está intentando llevar agua para su molino.
¿No cree que estas diferencias de enfoque, entre dos países que comparten un mismo mercado común, involucran
una fuente de conflictos, como el que ya se registró en el área automotriz?
Yo creo que el Mercosur nos va a servir a todos, porque la evidencia de lo que hacen nuestros vecinos para el cuidado de
su actividad industrial (y en el caso de Brasil yo diría que se trata de algo más que de cuidado) va a obligarnos a pensar
sobre el tema.
Las pequeñas y medianas industrias se enfrentan ahora, en la Argentina, a una dificultad adicional: el cierre de
las fuentes de crédito. ¿Cómo debería orientarse la reforma del sistema financiero para resolver este problema?
Yo no comparto la idea de que tendría que haber una sola banca importante, grande y concentrada. En los principales
países del mundo hay bancos que se dedican a atender grandes clientes y otros que se ocupan de las pequeñas empresas
locales.
Desde la UIA hemos estado analizando todas las variables posibles para generar crédito destinado a las pequeñas y
medianas empresas. En algún momento fuimos objeto de escarnio público, hubo quienes dijeron que lo que pretendíamos
era no pagar los servicios públicos, cuando nuestra propuesta no apuntaba a eso, de ningún modo. Lo que planteamos es
que, puesto que las grandes empresas de servicios públicos tienen acceso al dinero en el mercado internacional a un costo
relativamente bajo, podrían otorgar financiamiento para el pago de sus facturas a una tasa de 18% anual, bastante más alta
que la que rige en la plaza internacional. Esto representaba crear un crédito cercano a US$ 1.700 millones, sin ningún
riesgo para la empresa de servicios, puesto que los préstamos estarían respaldados por el fondo de garantía para las Pymes.
En medio del actual proceso de concentración y de la necesidad de competir con niveles que dicta el mercado
internacional, ¿a qué futuro pueden aspirar las pequeñas empresas del sector industrial?
Las Pymes son la preocupación fundamental de la UIA. Yo creo que cuando tengamos en nuestro poder los mismos
instrumentos que los países que se han desarrollado le han ofrecido a su actividad productiva, las pequeñas y medianas
empresas también van a estar en condiciones de exportar y de hacerse conocer en distintos mercados del mundo.
