martes, 28 de abril de 2026

    ¿Qué pasó con la tercera revolución industrial?

    Cuando hace poco menos de dos décadas comenzaba lo que se llamó la revolución de la informática, la industria contagiaba su entusiasmo a los demás sectores de la producción. Fue la lucha entre productores de microchips de Estados Unidos y de Japón la que anunció el advenimiento de una nueva era, en la que la tecnología reemplazaría al capital y al trabajo como motor del crecimiento.

    En aquel momento abundaron los pronósticos para el año 2000. Para fin del siglo, decían algunos, las ventas del sector rondarían los US$ 2.000 millones anuales. Aumentaría el nivel de empleo, por un lado debido a la formación de nuevas compañías y ampliación de las existentes, y por el otro por el efecto multiplicador en otros sectores que utilizarían la informática. Finalmente, los puestos de trabajo generados por la incorporación de la informática compensarían con creces los que se perderían a consecuencia de la automatización.

    Lo cierto es que hoy en día las empresas líderes del sector dan pérdidas o están estancadas en su crecimiento, y se ven obligadas a recurrir a alianzas estratégicas (impensables hasta hace muy poco) para lograr los recursos que demanda una nueva generación de productos. En los tres lustros anteriores no ocurrió nada que diera por tierra con esas ambiciosas predicciones.

    Cada uno de los sectores de la informática (semiconductores, productos electrónicos de consumo, computación y telecomunicaciones) experimentó un crecimiento sostenido, y a veces explosivo.

    Se creía que, por su capacidad para afectar cada aspecto de la vida cotidiana, estas industrias pondrían en marcha la tercera gran revolución industrial, después de las del vapor y la electricidad.

    La microelectrónica se ubicó en el centro del progreso. Al miniaturizar los componentes electrónicos, se abrieron las posibilidades y surgieron nuevas industrias y compañías. El mercado de los equipos de fax, por ejemplo, creció en pocos años hasta generar US$ 2.000 millones anuales en Estados Unidos solamente.

    Hoy, los fabricantes de esos productos electrónicos sobre los que se suponía estaría basada aquella revolución, ven reducidos sus ingresos y ganancias y les resulta difícil financiar nuevos desarrollos.

    En los dos últimos años el panorama se deterioró rápidamente. Muchas de las principales compañías de informática (IBM, Digital y Fujitsu entre ellas) comenzaron a dar pérdidas. Sony y Matsushita, líderes en la venta y desarrollo de productos electrónicos, vieron estancarse sus ventas y utilidades, lo mismo que Philips de Holanda, a pesar de los millares de despidos que realizó.

    Quienes antes fueron competidores se ven forzados a formar alianzas para aunar conocimiento y recursos y poder crear la próxima generación de productos de alta tecnología.

    COSTOS SINDICALES.

    Los costos de desarrollo son hoy de tal magnitud que ninguna empresa, por sí sola, está dispuesta a arriesgar la inversión. Los problemas que sufren los fabricantes de chips se trasladan a todo el sector de la tecnología de la información, o sea semiconductores, computación, productos electrónicos para el hogar y telecomunicaciones.

    El mercado mundial de semiconductores tendrá este año un crecimiento inferior a 11%; el sector computadoras crecer 5%; las ventas de productos electrónicos permanecerán estancadas. Estos porcentajes, que serían buenos para otras industrias, son alarmantes para la informática, acostumbrada como está a crecimientos del orden de 20% al año o más.

    La declinación es aterradora para las industrias de alta tecnología. Indica que el mercado no está creciendo con la debida velocidad como para generar los fondos necesarios para financiar el desarrollo de la próxima generación electrónica. ¿Por qué se desvaneció el optimismo de las dos décadas precedentes? ¿Hay posibilidad de retornar a las tasas de crecimiento -de 15% hacia arriba- para contar con los recursos que demanda una nueva generación de productos?

    Hay varias respuestas, porque en la informática convergen tendencias separadas que conspiran contra el crecimiento, deprimen los precios y reducen, para el consumidor, el atractivo de los productos electrónicos.

    Entre esas tendencias se incluye la recesión mundial y el costo cada vez más bajo de semiconductores y computadoras. También está la estandarización de los sistemas de computación, que son intrínsecamente menos caros que los equipos diseñados a medida. Finalmente, hay una especie de desencanto general con la tecnología electrónica, como si las inversiones en estos rubros no fueran percibidas como rentables.

    ALGUNOS PRIVILEGIOS.

    No todos los subsectores de la informática presentan el mismo tipo de problemas, ni las empresas líderes en cada uno de ellos actúan de la misma forma. En el campo de los semiconductores, Intel de Estados Unidos se distancia rápidamente del resto del pelotón. Según los expertos, su rentabilidad proviene de la política de no otorgar licencia de su más avanzada tecnología de microprocesadores, mientras que Fujitsu de Japón y Samsung de Corea, proveedores masivos de chips de memoria, ven disminuir sus ganancias.

    Lo que ocurre en la industria electrónica -caída general en las ventas y en las utilidades- revela que no existen productos con alto valor agregado. Los últimos lanzamientos, como el disco compacto, el minidisco, la televisión de alta definición, no han logrado despertar el entusiasmo de los consumidores. No ha vuelto a suceder nada parecido a lo que significó en su momento la aparición del Walkman de Sony.

    Ningún sector atraviesa por una reestructuración tan radical como el de la computación. A medida que aumenta la competencia y bajan los precios de los componentes, el valor de las PC´s disminuye en un promedio de 20% anual. Los márgenes se han estrechado peligrosamente para todo el mundo y son insuficientes para garantizar el desarrollo de nuevos productos. Para colmo, la demanda de compra de computadoras también se redujo drásticamente.

    Lo que sí obtiene utilidades es la industria de programas o software. Lo interesante es que, en esta etapa del desarrollo de la industria, no existe un equivalente japonés de Microsoft o de Lotus. Las dos compañías de software m s grandes de Japón están en el sector entretenimiento: Nintendo y Sega, fabricantes de juegos de video.

    El único miembro de la familia informática que funciona razonablemente bien es el sector telecomunicaciones, donde la desregulación favorece un contexto de crecimiento.

    En suma, la informática no ha fracasado todavía en su promesa revolucionaria. Pero se encuentra en el medio de un descanso, tomando aliento para retomar el mismo ritmo de crecimiento de los comienzos. La estructura corporativa de los principales actores está sometida a un cambio drástico.

    La diferencia es que en Estados Unidos la voz de orden es escapar de las trampas del gigantismo, y reencontrarse con productos y clientes; mientras que en Japón los keiretsu (inmensas alianzas de compañías vinculadas entre sí) siguen demostrando eficacia.

    Se insinúa -en todas las latitudes- una preferencia por productos y servicios capaces de generar alto valor agregado, soslayando el papel de commodities que tienen los chips de memoria y las computadoras personales.