Está apareciendo un nuevo ambientalismo empresarial que no se origina en disposiciones legales ni en regulaciones de organismos oficiales. La fuerza que lo impulsa es la conciencia de los directivos que lo encabezan. Su característica singular es que la reforma no surge de grupos que están lejos de los centros de poder, sino de aquellos que están en el corazón mismo de las decisiones.
Entre estos líderes figura Richard J. Mahoney, director ejecutivo de Monsanto. El mandato de la compañía es “lograr el desarrollo sostenible para el bien de todas las personas, tanto en naciones desarrolladas como en vías de desarrollo”, corregir los excesos del pasado y poner la tecnología al servicio del mundo en el futuro. Bob Kennedy, director ejecutivo de Union Carbide, y David Buzzelli, vicepresidente de Dow Chemical, convencieron a la Asociación de Fabricantes de Productos Químicos (CMA, según siglas inglesas) a adoptar una “iniciativa de protección responsable”. Robert Bringer, vicepresidente de 3M, está implementando un programa muy efectivo de reducción de desechos; Edgar S. Woorlard, presidente de Du Pont, participó en la redacción de una “Carta empresarial para el desarrollo sostenido”, que fue endosada por más de 200 grandes corporaciones internacionales.
Estas iniciativas se complementan con la disposición de las empresas a conversar con los ambientalistas y evitar la anterior relación de adversarios. Esto no quiere decir que la relación se haya convertido en amistad, pero, como dice Michael A. Pierle, vicepresidente para el medio ambiente, seguridad y salud de Monsanto, “si la Unión Soviética y Estados Unidos pueden hacer el cambio, la industria y los grupos ambientalistas pueden hacer otro tanto”.
Durante los años ´60 los ambientalistas recurrían al Congreso, a los tribunales, a los entes regulatorios. Muchos de los valores políticos que alentaban esa cruzada tardaban en convertirse en regulaciones con base científica, y por eso era muy difícil implementarlas con éxito. La respuesta era presionar para más regulación, la cual tampoco producía los resultados ambientales deseados. Como consecuencia, la acción de los entes regulatorios se paralizaba en conflictos con las empresas, los políticos y el movimiento ambientalista.
Aunque la Oficina de Protección del Ambiente (EPA, Environmental Protection Agency) ha mejorado la calidad del agua y del aire desde su creación en 1970, a menudo se ha cuestionado su eficiencia.
Ha cuadruplicado su personal original, llevándolo a 18.000 empleados; tiene un presupuesto operativo de US$ 4.500 millones, y maneja y hace cumplir 100.000 disposiciones federales, estaduales y locales.
La filosofía de “dirigir y controlar” que predomina en la EPA y en los entes estatales los paraliza.
Cuando existen especificaciones detalladas para cada problema posible, ellas paralizan la innovación, la cooperación y la negociación, fuerzas que podrían ser más potentes que las regulaciones. Además, los entes no logran analizar temas éticos, como el de distribuir con justicia los costos y beneficios de las soluciones científicas.
Los juzgados, las empresas y los entes han estado con las manos atadas debido a litigios y papeleo con alto costo para todos. John Coleman, directivo de Du Pont, comenta: “La industria está dispuesta a aprovechar cualquier tecnicismo para hacer juicio al ente y detener una regulación; luego los grupos ambientalistas hacen juicio a la EPA por no cumplir con los requisitos establecidos por ley.
Todo esto minaba el sistema de modo tal que comenzamos a pedir regulaciones escritas al Congreso”. Según la Cámara de Comercio de Estados Unidos, los costos regulatorios para la empresa subir un 25% en esta década, a US$ 600.000 millones.
APROBACION PUBLICA.
Aunque las compañías preferirían no incurrir en estos costos, el nuevo ambientalismo es impulsado por las dudas acerca de la efectividad de este tipo de regulación. En el pasado no se les permitía a las compañías encontrar sus propias soluciones para ahorrar dinero. El Departamento de Asesoramiento Tecnológico (Office of Technology Assessment) calcula que, con la tecnología existente, las empresas podrían reducir los elementos contaminantes en 50% en el término de cinco años; esa reducción podría ser de 75% con investigación y desarrollo.
Además, las compañías están comenzando a ser más receptivas a las preocupaciones del público por el medio ambiente, en parte porque necesitan de la aprobación de la gente para sobrevivir. El cambio no es puramente automotivado. El Congreso le dio impulso a través de una ley de 1987 que exige a las empresas que hagan conocer la cantidad exacta de elementos contaminantes que emiten. Muchas empresas consiguieron una reacción positiva de la opinión pública mostrando que tradicionalmente siempre habían rectificado problemas y que estaban comprometidas a realizar futuras mejoras.
Pierle, de Monsanto, ha dicho que el mandato del Congreso dio a la compañía una nueva perspectiva:
“Nosotros debemos calibrar cuáles son las expectativas del público; ésa debe ser la fuerza que nos impulse, y no las regulaciones. Con las regulaciones siempre iremos a la zaga de las expectativas del público”. Pierle cree que la filosofía resultante, “impulsada por los valores”, convertir a las empresas en los guardianes del medio ambiente.
Quienes adhieren a esta filosofía fijan sus propias metas, que van más allá de las más estrechas regulaciones del gobierno. Los adjetivos son alcanzados gracias a sus propias innovaciones tecnológicas.
La filosofía del valor y el gerenciamiento de calidad total ensamblan a la perfección para Monsanto.
Sus 40.000 empleados comprenden el compromiso y les entusiasma ser innovadores. Para la mayoría sería casi imposible marchar a la par de un detallado cuerpo de regulaciones.
El creciente sentido de moralidad ha aliado a empresas y grupos ambientalistas. McDonalds y el Fondo de Defensa del Ambiente (Environmental Defense Fund) diseñaron un programa de reducción de desechos; Dow colaboró con varios grupos para preservar las tierras húmedas.
Los grupos ambientalistas, por su parte, son hoy más flexibles. En el pasado, creían que al aprobarse una ley se lograrían los objetivos. Ahora muchos comprenden que muchas leyes pueden tener consecuencias no pensadas. Saben, además, que el boicot de los consumidores y la presión de los legisladores no son las únicas formas de enfrentar el problema. Hay ahora herramientas sofisticadas a disposición de los gigantes industriales que son igualmente armas poderosas.
Organizaciones como la FDA lamentan que se esté abandonando completamente la política ambientalista basada en reglamentaciones. Creen que se debería permitir a las empresas cierta flexibilidad, pero que las normas esenciales deben ser fijadas por procesos políticos y no por el mercado libre. En última instancia, dicen, todas las empresas deben rendir cuentas ante sus accionistas. Si la rentabilidad no sufre o si es aumentada por el ambientalismo, entonces las empresas tienen los suficientes incentivos para ser ambientalmente responsables.
MAS COMPETITIVIDAD.
Una política basada en los valores puede aumentar la competitividad. Las compañías que reducen sus desechos y sus emanaciones tendrán en el futuro ventaja sobre las que ignoren tales responsabilidades y deban incurrir en costos más altos por sucesivas desventajas. Sin embargo, aquellas empresas cuya competencia no se atenga a las regulaciones pueden encontrarse en una desventaja competitiva.
Estas compañías verdes tendrán que librar una gran batalla contra el recelo público con respecto a sus motivaciones. Deberán mostrar un mejoramiento sostenido y probar que han sentado las bases para continuar la tendencia. Tendrán que seguir dialogando con la comunidad y demostrando su deseo de implementar los planes.
Si el ambientalismo empresarial ha de tener éxito en su proyecto de aunar fuerzas con un movimiento más grande, serán necesarios los siguientes pasos:
* La EPA debe dar a la empresa la posibilidad de encontrar sus propias soluciones técnicas a los problemas ambientales, y de buscar los modos de alcanzar los objetivos voluntariamente.
* Los consumidores deberían tomar conciencia de los progresos de las empresas y apoyarlos con su decisión de compra.
* Los grupos ambientalistas no deberían permitir que la ideología interfiera con la cooperación.
* Las empresas deben darse cuenta del papel vital que pueden desempeñar en el movimiento ecologista, y de que ellas pueden ser los mejores líderes para encontrar un futuro sostenible.
Aunque un sistema de protección ambiental totalmente impulsado por los valores no es inminente, sus atractivos se est n haciendo cada vez m s evidentes. Al innovar constantemente, al trabajar sobre éxitos pasados, al hacer cada vez más conscientes a los consumidores, el sector privado puede realizar cambios significativos, cambios que trasciendan la rentabilidad y salven al planeta.
Gestión.
– La tendencia es a la desaparición de puestos de trabajo industriales y al surgimiento de posiciones en los servicios –
AUMENTA EL EMPLEO DE MEDIO TIEMPO.
Dos de las numerosas tendencias económicas que surgieron en la década pasada fueron el aumento del trabajo de medio tiempo y la flexibilización de los horarios laborales. Patricia Hewitt es autora del libro About Time: The Revolution in Work and Family Life (Acerca del tiempo. Revolución en la vida laboral y familiar, editado por Rivers Oram Press, £ 9,95). En realidad, el libro es producto de un trabajo que Hewitt realizó para el Instituto de Investigación de Empresas de la Universidad de Warwick, Inglaterra.
El estudio revela que la cuarta parte de los trabajadores británicos se define como de medio tiempo, lo que significa que trabajan menos de 21 horas semanales.
Para el año 2000 -predice la autora- desaparecerán no menos de 1.200.000 empleos de horario completo en el sector fabril y se crearán 2 millones de puestos en el sector servicios, la mitad de los cuales serán de medio tiempo.
Cuando la proliferación del medio tiempo se hace a costa de puestos full time, se trata de una mala noticia. Dos cadenas de tiendas por departamentos de Inglaterra, British Home Stores y Burton, acaban de anunciar que 3.000 empleados pasarán a ocupar tareas de medio tiempo.
Para muchos otros, especialmente para las mujeres casadas, trabajar medio día significa poder trabajar. Según la investigación de Hewitt, el problema es que, aunque sólo uno de cada tres empleados trabaja 40 horas semanales de lunes a viernes, es esa cantidad de horas la que se considera en la mayor parte de la legislación laboral y de bienestar social. Por lo tanto, casi la mitad de las mujeres empleadas a medio tiempo no están comprendidas en las leyes que protegen, entre otras cosas, del despido injustificado.
Por lo menos uno de cada tres empleados de medio tiempo gana menos de £ 54 (US$ 83) por semana, que es el nivel mínimo requerido para aspirar a seguro de desempleo, licencia por enfermedad con goce de sueldo y licencia por maternidad. Muchos también quedan fuera del sistema de aportes jubilatorios y de la indemnización por despido.
A pesar de todos estos problemas que se derivan de la vigencia de leyes antiguas, Hewitt cree que el fenómeno del medio tiempo es un acontecimiento positivo. En primer lugar porque flexibiliza el horario de trabajo y lo acomoda con más facilidad a las necesidades personales, en especial a las de las madres que trabajan y las personas de mayor edad. La flexibilización del horario de trabajo debe mantenerse y ampliarse, dice Hewitt, siempre que a los empleados se los incluya en todos los beneficios que cubren al resto de los trabajadores.
Sin embargo, mientras los medio-empleos sigan mal pagos y desprestigiados, no habrá hombres que deseen abandonar un tiempo completo para quedar en libertad de compartir con su mujer las responsabilidades familiares.
Por ahora, hay algunos indicios de un paulatino aumento de prestigio del trabajo de medio tiempo.
Comienza a haber jefes de personal, gerentes y directores de sección dispuestos a canjear dinero por horas de trabajo. Pero el medio tiempo no es una solución para el desempleo. Según Hewitt, parte de la solución está en la redistribución de los ingresos y del tiempo de trabajo, con menos horas y horario más flexible para todos los trabajadores.
La otra tendencia laboral que se insinúa como importante para esta década, también vinculada a la flexibilización de horarios, es el trabajo en el domicilio particular. La informática, es decir la combinación de computación y telecomunicaciones, permite cada vez con mayor frecuencia esta posibilidad. Algunos lugares de trabajo pueden quedar semivacíos en pocos años más.
