Puede encontrárselo en una casa enorme de Palermo, el barrio donde nació hace 81 años, y su expresión apacible no es más que el velo amable de su espíritu de aventuras. Seguramente, cualquier mortal necesitaría más de 200 años para hacer todo lo que él ha hecho, desde sus comienzos como trotamundos en Luján, en 1932, de la mano de otro mago, el titiritero Javier Villafañe, cuando, entre mil trabajos, le encargaron el retrato póstumo de don Segundo Sombra.
Viajando al principio en el carromato de Villafañe por tierras santafesinas y luego solo, Liber Fridman se instaló en Paraguay, donde hizo relevamiento de iglesias, pintó retratos de damas de sociedad, dibujó a pluma y con acuarela y, como siempre, “vendí mis cuadritos para poder comer”.
“Ya por entonces mi maestro era el sueño”, dice. “Un sueño que no me dejaba enraizarme.” Y que lo condujo en 1947 a Brasil. Pasó dos años restaurando frescos y pinturas en las iglesias de Bahía.
“Trabajaba en las iglesias dos horas por día y otras seis las dedicaba a mi arte.” Allí lo conoció a Carybé, recién llegado de la Argentina y muy pobre. Juntos salían a dibujar escenas de bailes y candombes.
“Cuando me fui a Belén le vendí a precio simbólico mi caballete y algunos muebles portugueses que tenía en mi casa, una ruina de tres pisos, prestada, y en la que debía proteger mi cama de la lluvia usando un mantón de Manila como dosel”. Concluida la etapa en Belén, Fridman subió a un barco que hacía su viaje inaugural y llegó a Manaos. Compró una canoa y vivió en ella un año y medio, pintando siempre y siempre solo. “Me hice muy amigo del gobernador, Alvaro Maia, quien me invitaba a navegar para jugar a las cartas y para que lo escuchara recitar largos poemas propios. En Manaos también le vendí a un empresario francés, en una tarde, 29 cuadros con el tema de los colectores de caucho… que terminaron en París”.
Después de pasar un año becado en Madrid para trabajar con el retratista Julio Moisé, Fridman se instaló en 1954 en Lima y allí se produjo el gran descubrimiento que marcó para siempre su vida y su arte: las culturas preincaicas. A partir de ese momento, dejó la pintura de caballete y se dedicó a estudiar las obras nazcas, paracas, mochicas y chimúes, a recoger tejidos y cacharros, a recorrer museos y archivos.
Y del estudio pasó, fascinado, a inventar su propio mundo precolombino, el que se encuentra en sus collages armados con desechos de superficie recogidos en la costa, restos de los que aún guarda reservas en arcones esparcidos por la sala y su estudio impecable de pintor-antropólogo.
Viajero retirado, Liber Fridman sigue creando con entusiasmo. Lo acompaña su mujer. Su hijo vive en Roma, dedicado, como era previsible, a trabajos de restauración.
“Mi maestro fue el sueño”, repite. “Y también estas cosas”, mientras despliega sobre una mesa gasas milenarias, pigmentos, el borde de un manto o las plumas funerarias de un inca.
