No tienen más de 35 años. Son hijos de la violencia, el autoritarismo, la crisis económica y la desilusión. Empezaban el secundario cuando Perón volvió al país en 1973 y la matanza de Ezeiza anunció una década de venganzas y muertes.
Su universidad fue el Proceso, el mundial de fútbol y la guerra de las Malvinas. Nadie pensó que pudieran eludir el destino de sus mayores: quedar acorralados en un país en crisis y pasar a formar parte de otra “generación perdida”.
Sin embargo, estos argentinos que votaron por primera vez en 1983 y han pasado la mayor parte de su vida adulta en democracia empiezan a perfilarse como la primera “generación ganada” en varias décadas.
Comenzaron a surgir solitariamente, uno a uno, gracias a su propia creatividad, talento y tesón.
Primero fue Diego Maradona, después Julio Bocca, Gabriela Sabatini, Jorge Lanata, Maximiliano Guerra, Juan Forn, Felipe Noguera, Paula Cahen D´Anvers, Alan Faena y muchísimos más. Cada uno abrió caminos, tanto para sí mismo como para el país. En deporte, periodismo, literatura, política y diseño.
En arte, Guillermo Kuitca, un artista de 30 años que pinta en el barrio de Once pero vende en el exterior, acaba de presentar una exposición individual en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.
En economía y negocios, las caras jóvenes se multiplican: Martín Redrado, el decidido presidente de la Comisión de Valores, tiene apenas 30 años; Deborah Giorgi y Pedro Lacoste, de 34, asesoran a empesas y bancos líderes desde el estudio que heredaron de Javier González Fraga; Alejandro Preusche, de 35, es el director de Mc Kinsey en la Argentina, la consultora internacional que diseñó la transformación de YPF, el modelo de privatización de Gas del Estado y toda la reestructuración de la administración pública, incluidos los ocho ministerios del Poder Ejecutivo, la Aduana y la DGI.
SIN MOLDE NI RECETA.
Al analizarlos como grupo, surge un único denominador común: son tan absolutamente individuales que escapan a todo molde o receta. “Esta es la primera generación en mucho tiempo que no tiene gurúes”, afirma Juan Forn (32), director editorial de Planeta.
No los guían ni un Marcuse, ni un Lacan, ni Freud, ni Roland Barthes, ni la utopía del “flower-power”.
Tampoco veneran el dinero y el poder como los “yuppies” de la década pasada. Como buen escritor, Forn lo dice con todas las letras: “Llegamos a la fiesta cuando se había terminado. Encontramos las cajas de pizza con manchas de grasa, los vasos con la espuma de cerveza seca, dos o tres parejas rascando en los sillones en la oscuridad. No había más música. Había pasado la revolución sexual, había pasado el mayo del 68 francés, había pasado la revolución del psicoanálisis y hasta la revolución cubana.”
“Al acabarse las utopías con mayúsculas, empezaron a surgir las pequeñas utopías privadas”, dice Forn, quien se define como un anarco-individualista a ultranza. “A mí me parece bastante saludable”, agrega. “Me parece bastante trágico que hayan muerto aquí 30 mil personas de las cuales 15 mil murieron sin saber lo que estaban haciendo. Se subieron a un tren y dijeron: “Voy a hacer la del Che Guevara”, pero nunca llegaron a la Sierra. Los bajaron del tren y los chuparon o los tiraron de un avión”.
La falta de modelos, el hecho de que no se esperara nada de ellos, les dio mucha libertad para innovar. Jorge Lanata (31), director del diario Página 12, dice: “Yo no tuve modelos. Ni siquiera conocía La Opinión. Tampoco tuve maestros en la profesión. Leía mucho, a Soriano, Borges, Galeano, Cortázar. Armé este diario citando a la gente en la confitería La Opera. A cada uno le decía: “No tenemos oficinas pero vamos a tener. Queremos hacer un diario distinto, que pueda decir las cosas que nadie dice, que sea realmente independiente”. El diario fue cambiando y creciendo sobre la marcha. El humor y la originalidad surgieron espontáneamente, sin proponérnoslo. De pronto se nos ocurría un delirio, que nadie quería hacer, pero por algún motivo extraño, funcionaba. Entonces se nos ocurrían cosas peores…”.
Paula Cahen D´Anvers (27) y Alan Faena (27), dueños de las boutiques Via Vai, tenían poco más de 20 años cuando empezaron a diseñar ropa para jóvenes. Dice Faena: “Se veía que hacía falta un producto para gente joven en el mercado. En Buenos Aires estaba Calvin Klein, era el final de Fiorucci y a los jóvenes se les ofrecía básicamente la “jeanería”; no había moda para nosotros. Pasabas del jean a La Clochard o Bogani. Ahí nos dimos cuenta de que se abría un mercado”.
Desde el inicio siguieron sus instintos. Como no tenían a quien copiar o en quien mirarse, hacían la ropa que a ellos les gustaba. Cuando abrieron su primera boutique, en Ayacucho y Quintana, colgaron en la entrada una enorme foto de ellos mismos -ambos dotados de una singular belleza física- totalmente desnudos. Como John Lennon y Yoko “no hace veinte años, convirtieron sus
cuerpos, su amor y su pareja en el logotipo de la empresa. En poco tiempo abrieron seis boutiques en Buenos Aires y empezaron a comercializar la marca Faena-Cahen D´Anvers en selectas tiendas de Paris.
SOBREVIVIENTES.
Si, como dice Forn, esta generación “llegó tarde”, también es verdad que el haber sido muy jóvenes durante la década de los ´70 los preservó de la catástrofe y les permitió evolucionar sin cicatrices imborrables. Juana Molina (30), una de las comediantes más creativas y originales que haya surgido en muchísimos años en televisión, tuvo que dejar el país en 1976, cuando el cineasta Fernando Solanas, entonces casado con su madre, debió exiliarse. “Me da vergüenza decirlo, pero yo tenía 15 años y no veía la cosa política”, recuerda.
Alan Faena también explica: “No viví la época de la dictadura, estaba en el colegio, no entendía cuando se decía que éramos derechos y humanos. Nosotros somos de la época de Alfonsín. Por suerte se terminaron los bandos, no hay más bandos. Se terminó que uno era comunista y el otro de derecha. Hoy veo esa etapa en las películas; esa Argentina sumergida en bandos”.
Para Jorge Lanata, los jóvenes menores de 35 años son “una generación de sobrevivientes. No es que ganamos nada, es que entramos a las patadas. Todo estaba en contra, pero tal vez ése fue un factor de estímulo”.
Cuando llegó la hora de ir a la universidad (cosa que muchos de estos jóvenes sobresalientes jamás hicieron), algunos eligieron viajar al exterior. Felipe Noguera, socio del estudio de encuestas de opinión Mora y Araujo-Noguera, recuerda que antes de optar por estudiar en Oxford intentó inscribirse en la Universidad de Buenos Aires. “Cuando fui a averiguar, vi que había gente armada y un stand del Centro de Reclutamiento Montonero. Ahí me dí cuenta de que estudiar en la universidad estatal implicaba o perder el tiempo o perder la vida.”
Noguera se recibió de matemático a los 21 años y se quedó en Londres dos años más trabajando en Andersen Consulting, una consultora en computación de la firma Arthur Andersen. Recién volvió a la Argentina en 1980. Dos años más tarde, cuando se anunció la apertura democrática, pudo combinar las matemáticas y la computación con su pasión por la política, desarrollando, junto a Manuel Mora y Araujo, novedosos sistemas de encuestas de opininión pública. Tenía apenas 25 años.
Alejandro Preusche se recibió de bachiller con los mejores promedios en 1972. También quiso estudiar ingeniería en la UBA, pero finalmente optó por cursar en la Universidad Católica. Después de graduarse, trabajó dos años en Propulsora Siderúrgica, del grupo Techint. Aunque le iba muy bien, en 1981 se fue con su esposa a la Universidad de Stanford, a hacer un master en administración de empresas.
A principios de los ´80 comprendió que su formación debía incluir una intensa experiencia en el extranjero. Concluidos sus estudios en Stanford, sorteó la dificilísima prueba de obstáculos que significa postularse para ingresar en la consultora Mc Kinsey. Acostumbrado a la exigencia, Preusche logró su objetivo y comenzó a trabajar con Mac Kinsey en España. Una década después, habiendo asesorado a las principales empresas de Europa y Estados Unidos en temas de gerenciamiento de alto nivel, abrió las oficinas de Mc Kinsey en Buenos Aires y se convirtió en una pieza clave de la reforma del Estado. Hoy tiene 35 años.
LA VIDA COMO ESCUELA.
Pero como el sino de esta generación ha sido romper las reglas y hacer las cosas a su manera, es interesante notar que muchos de estos jóvenes no sólo no estudiaron en el extranjero, sino que tampoco pasaron por la universidad. Forn empezó la carrera de derecho, pero la abandonó rápidamente. Estuvo, eso sí, en Europa, aunque trabajando de lavacopas. Desde chico fue un lector compulsivo y desordenado. “Devoraba todo lo que caía en mis manos, hasta la revista TV Guía”, dice.
“Sé una cantidad enorme e inútil de trivia. Me preguntás quién era el actor secundario del teleteatro de Gabriela Gili y Sebastián Vilar y te lo saco”.
Aunque su vocación de escritor se despertó en la adolescencia, a los 20 años tomó conciencia de que no había leído a Balzac, ni a Dostoievski, ni a otros clásicos. Jorge Naveiro, directivo de Emecé y amigo de sus padres, intentó recuperarlo. Forn recuerda: “Un día les dijo a mis viejos: “Este chico es un inútil, hasta que decida cómo encarrilar su vida, que trabaje como recepcionista en Emecé”.
Juana Molina tampoco fue amante de la academia. En París fue la adolescente castástrofe. Desertó del secundario y pasó sus días escuchando música y jugando a los flippers. Recién consiguió su diploma de bachiller en Buenos Aires, en un curso acelerado para adultos. Jamás estudió ni teatro, ni canto, ni baile. Hoy dice: “Mi escuela fue la vida”.
Deborah Giorgi, una de las economistas más destacadas, sí fue a la universidad pero no estudió en el extranjero. Salida de un colegio de monjas alemanas, quiso estudiar economía en la UBA. “Yo venía de una familia donde la universidad del Estado era la valiosa”, dice, “pero en ese momento estaba muy complicada. Fui a la UBA, y era un desorden tan grande, todo lleno de banderas políticas… era la representación del caos”.
Como muchos jóvenes de su generación, Giorgi quebró la tradición familiar y se inscribió en la Universidad Católica. En la facultad de ciencias económicas encontró un oasis de excelencia académica. Estudió valuación de proyectos con Alieto Guadagni y su profesor Enrique Folcini recibía a los estudiantes en su despacho del Banco Central. Su promoción estuvo formada por un grupo de 13 estudiantes sobresalientes. Cuando se recibió, con las mejores notas, su profesor Javier González Fraga le propuso, a ella y a Pedro Lacoste, ser socios junior en su nuevo estudio de consultoría económica. Mientras algunos de sus compañeros hacían masters en Estados Unidos o Europa, Giorgi preparaba las presentaciones que el estudio hacía ante el “steering committee” de los bancos acreedores de la Argentina. Muchos piensan que Juan Carlos Casas se inspiró en ella para el personaje de la Turca Hadad en los famosos “Diálogos en la City”.
Un joven que nunca quiso emigrar fue el artista Guillermo Kuitca. Para él fue casi una obsesión demostrar que se podía tener una carrera internacional sin dejar Buenos Aires. Hoy manejan su obra Annina Nosei en Nueva York y el marchand Thomas Cohn desde Río de Janeiro. “Yo no hice nada especial para que esto pase. No soy un tipo especialmente hábil con las relaciones públicas. No me vendí a mí mismo. Falté a muchos de los cócteles a los que había que ir. Lo que es muy importante es que la obra sea muy personal como para mantenerse por sí sola”, dice Kuitca desde su taller en el Once.
CUESTION DE VOCACION.
Unos fueron alumnos ejemplares, otros tenazmente rebeldes; algunos son de izquierda, otros de derecha; los hay muy conservadores, y otros totalmente de vanguardia; unos son cosmopolitas, otros absolutamente criollos. La educación no fue, en muchos casos, el factor determinante. Entonces, ¿qué los guió para salir adelante cuando el desánimo y el derrotismo se apoderaba de tantos argentinos?
La fuerza de una temprana y profunda vocación parece haber sido lo que los impulsó hacia adelante.
El modo de llegar a sus respectivos destinos fue diferente en cada caso, pero el motor de una vocación los acompañó a todos ellos. Kuitca empezó a pintar a los cinco años. “Era una especie de deber, de trabajo, sabía perfectamente bien que no se trataba de un juego”, dice. A los 13 años hizo su primera exposición en la galería Lirolay.
Jorge Lanata era el abanderado de su clase y a los ocho años empezó a escribir en la revista del colegio. A los 14 ganó un premio municipal de ensayo y simultáneamente empezó a trabajar en una radio. “Un día pasé frente a Radio Nacional, entré y le pedí trabajo al jefe de programación”, recuerda. “Y me lo dio.” Aunque sus padres se opusieron a sus deseos de ser periodista y escritor, Lanata hizo oídos sordos, dejó el colegio y se dedicó de lleno al trabajo.
Paula Cahen D´Anvers empezó a trabajar como modelo desde muy chica.
“Ganaba mi propia plata.
Trataba de no pedirles dinero a mis padres. Desde siempre quise ser una mujer independiente”, dice.
Hace ocho años, cuando el país estrenaba la democracia, mucha gente se preguntaba qué sería de esos chicos que habían crecido con las puertas cerradas, sin diálogo, con una precaria educación y poca noción de lo que pasaba en el mundo. A ellos, decían, les había tocado la peor etapa. Pero hoy estos jóvenes están demostrando que nunca ataron su destino personal a la suerte del país. Alan Faena tenía 20 años cuando el juicio a las juntas le abrió los ojos al horror vivido en la última década. Recuerda que en ese momento se dijo: “No puedo hipotecar mi vida lamentándome por lo que pasó. Voy a tener que abrirme camino en esta selva. Voy a luchar más todavía”.
Paula Cahen D´Anvers dice que le molesta la gente que culpa al país por sus propios fracasos. “El gobierno no es todo”, dice. “No me parece bien englobar todo como una unidad.”
Felipe Noguera recuerda que cuando era chico y oía a gente de 60 o 70 años quejarse del presente y recordar las maravillas de su juventud, quería preguntarles: “¿No les da vergüenza que su generación haya causado todo esto?”. Hoy reflexiona: “Todos hablaban como si hubieran crecido en otro país, en un país del cual habían sido exiliados”.
Sin duda, una de las características distintivas de esta generación es que, a diferencia de sus mayores, para ellos todo tiempo pasado no fue mejor. Al contrario. Desde que empezó su vida adulta, la sociedad argentina ha ido cambiando vertiginosamente y mejorando. “La Argentina fue un país muy violento”, explica Noguera, “pero eso se terminó. Tampoco hay la aceptación de los militares para poner orden. La sociedad civil ha asumido la responsabilidad. El sistema político está más o menos funcionando”.
Noguera ve el futuro con optimismo: “Yo diría que el país en el que nuestros nietos irán al secundario va a ser mejor que el que conocimos de chicos”.
La estabilidad económica es otro factor que ha permitido despejar el panorama. “La estabilidad ha generado en las empresas un esfuerzo de adaptación muy grande”, dice Deborah Giorgi. “Todos la estaban esperando, pero cuando vino, hubo que cambiar las reglas de juego. Relegar los negocios financieros, tratar de aumentar el volumen de producción, salir a buscar mercado, diversificar productos. Las áreas y empresas que más rápido se han adaptado generalmente tienen gente joven a la cabeza.” Giorgi ve este fenómeno en sectores como marketing, análisis económico, alimentos, textiles y aquellos relacionados con el deporte. “Para adaptarse”, dice, “las empresas han utilizado toda la creatividad de los más jóvenes”.
Juan Forn cree que sin estabilidad le hubiera tomado mucho más tiempo lograr que Planeta se estableciera como la editorial “caliente”. En el último año trepó del quinto puesto para disputarle el primer lugar a Emecé, en términos de facturación. “Sin estabilidad este proyecto hubiera sido mucho más difícil”, admite.
HACIENDO CAMINO.
Desde hace por lo menos dos décadas no se producía un recambio generacional como el que está comenzando. Estos profesionales no se destacan simplemente por su edad sino por su talento.
También por el camino que están abriendo para sus pares, para quienes vienen detrás suyo y para toda la sociedad. El ballet argentino no es lo mismo después de la aparición de Julio Bocca y Maximiliano Guerra y del dinamismo que han generado en el ambiente. Juana Molina reemplazó el grotesco vulgar y facilista de la televisión, plagado de viejos estereotipos, por una galería de personajes desopilantes que pintan a la sociedad de hoy: la psicoanalista, la “cheta”, la coreana, la chica judía.
Al frente de Página 12, Lanata reveló que en la Argentina hay necesidad de un periodismo cada vez más independiente, que fiscalice al poder y a los poderosos. Forn demostró que la literatura argentina puede ser un buen negocio, a pesar de lo que decían los viejos editores. Con todo su bagaje internacional, jóvenes como Martín Redrado, Alejandro Preusche y Felipe Noguera están enseñando que, con profesionalismo y de cara al mundo, la Argentina puede ganar la batalla del tiempo perdido.
Si la estabilidad se transforma en crecimiento, y si la democracia sigue liberando su energía creadora, es probable que estos jóvenes pasen al frente como los primeros retoños del nuevo país. Después de tantas generaciones perdidas, podrían ser la primera generación ganada.
