Por Matías Francini

El arribo será al aeropuerto de El Prat o a la estación de trenes de Sants; en ambos casos, tomando el Metro (subte) estaremos en no más de media hora en el centro. Una vez allí, podríamos dedicar nuestra primera mañana para caminar e ir familiarizándonos con los aromas de la ciudad condal.
La vistosa Plaza Cataluña, rodeada de imponentes tiendas, sirve de referencia para el centro. Allí nacen Las Ramblas, la zona más viva de la ciudad, una extensa avenida devenida en hormiguero en el que artistas de la calle y visitantes afanosos de diversión juegan el juego de nunca acabar. Espectáculos callejeros y puestos de flores, animales y souvenirs hacen de Las Ramblas un verdadero show aparte –es recomendable recorrerlas también por la noche–.
En el camino nos cruzaremos con el legendario mercado de La Boquería, un inigualable mercadillo donde la diversidad de frutas, verduras, carnes y fiambres conforma un arco iris de frescura para cualquier par de ojos –y también para cualquier heladera–. Sobre Las Ramblas también está el Gran Teatro Liceu, inaugurado en 1847 y reconstruido tras el incendio que lo destruyera en 1994; se hacen visitas guiadas.
Nos toparemos con la fuente de Canaletes, que, según marca la tradición, hace que quien bebe de su agua vuelva a Barcelona. Y ya estaremos en la parte histórica. Para un lado, el barrio del Raval, una zona hasta hace poco “tomada” por inmigrantes árabes ilegales que en la actualidad está siendo urbanizada.
Para el otro, el barrio Gótico, la parte más antigua, asiento de la administración de la ciudad, con monumentales edificios como la bellísima Catedral –levantada entre los siglos XIII y XV–, que tiene 28 capillas en torno a la nave central. Si bien está en reforma actualmente y su visita es restringida, representa un espectáculo imperdible. Y una recomendación: la mejor forma de conocer la parte histórica de Barcelona es caminando. Aunque será inevitable perderse, sus tramposas callejuelas-laberintos poseen una magia sin igual.
Dentro de la zona antigua también está el barrio de la Ribera, que en una de sus casonas se encuentra el Museo Picasso. Nos cruzaremos con turistas y más turistas, y también con ciudadanos por adopción de las más diversas nacionalidades. Es éste tal vez el punto más fuerte de Barcelona: su saludable carácter cosmopolita. Un informal almuerzo con algún bocadillo (sándwich) de jamón serrano y por la tarde podemos dedicarnos a conocer el legado de Antoni Gaudí, el enorme artista emblema del modernismo –ver recuadro–.
Gastronomía para todos los gustos
A la nochecita, podemos rumbear para el Borne: cercado por el antiguo mercado de igual nombre, en este barrio –también en la parte histórica– se respira una tranquilidad capaz de transportar al espíritu más nervioso hacia un planeta de vibraciones calmas. Nos situamos entonces enfrente a la plaza del Born, en el boulevard en el que un breve descanso nos desintoxicará de todos los rencores. Allí hay varias cantinas y restaurantes para una apetecible cena, con algunas tabernas típicas que ofrecen desde albóndigas guisadas o montaditos de diversos embutidos, hasta suculentas raciones de patatas bravas, paellas o las clásicas torradas. Para acompañar: un par de cañas (cerveza tirada en vaso) o alguna copa de vino regional. Un paseo por el Borne nos cruzará con modernos locales de ropa y accesorios, variados coffee shops (no de los de Amsterdam, vale aclararlo) y apreciados reductos de cocinas árabes e italianas.
A la hora de dormir, las opciones son muy amplias. Desde pequeños hostales de 30 euros hasta lujosos y modernos megahoteles de precios mucho más elevados; existe una gran oferta hotelera, aunque conviene reservar con anticipación, sobre todo en los meses del verano europeo.
El segundo día podría comenzarse recorriendo las lujosas tiendas del Paseo de Gracia, para más tarde visitar la zona del puerto y las playas del centro. La fachada marítima incluye la Aduana, el complejo Maremagnum (mitad shopping, mitad centro de diversión) y el puerto, uno de los más importantes del Mediterráneo. La zona alberga las playas más antiguas y la Villa Olímpica, que fue construida para los Juegos de 1992. Allí cerca, Barceloneta, el barrio de los pescadores, brilla por su amarillo omnipresente y por ser enclave de populares marisquerías. Una ración de pulpo o unos calamarcitos a la plancha al mediodía y nos tomamos el Metro hasta la zona de Montjuic, llamada así por la montaña emblemática de la ciudad –allí ubicada–.
Están el Palau Nacional (sede del Museo de Arte de Cataluña) y el Castillo de Montjuic, una fortificación del siglo XVII que ofrece vistas panorámicas de la ciudad. Aunque, no hará falta ingresar a esta fortaleza para observar desde arriba la urbe. Bajamos las escalinatas y está Plaza España; si la noche nos agarra allí, es recomendable el espectáculo de aguas danzantes que atrae multitudes. Luego otra vez a caminar, ya que como dijimos, Barcelona es una ciudad para caminar y caminar. De pronto llega la noche y es allí cuando la condal muestra su cara más desenfadada. Previa degustación de algún plato típico catalán (una esqueixada –ensalada de bacalao–, una escalivada –asado de berenjenas, cebolla y pimientos rojos– o el típico suquet de peix –zarzuela catalana–) y de una copa de buen cava, a vivir la noche.
La oferta de clubes, bares y discotecas es amplia y diversa. Hay excelentes alternativas de shows artísticos casi a diario, y si tenemos la suerte de visitarla en fecha de algún festival de rock, música clásica o teatro, cartón lleno –a fines de este mes se celebra la Fiesta de la Merced (la patrona), con variados espectáculos–. Las zonas de mayor movimiento nocturno son el centro, la región de Marina y el barrio de Gracia. Aunque, el puerto olímpico regala una seguidilla de bares para pasar la noche entre copas y amigos.
Nuestra tercera mañana puede invertirse en saborear un rico chocolate en taza en algún merendero. Sabido es que Barcelona es el reino del cacao. Entonces, luego de acompañarlo de unas ricas pastas (especie de facturas nuestras) podemos hacernos una escapada hacia las cercanías de la estación de FranÇa, en el puerto. Allí está el Parc de la Ciutadella, extenso parque ideal para relajarse, donde están el zoológico y los Museos de Geología y de Zoología. Para la última tarde la elección será propia: seguir caminando y respirando bohemia, subirse a algún bus turístico que reforzará algunos lugares ya recorridos y nos mostrará otros nuevos, o bien trasladarse a alguna playa o pueblo cercano. Entre las playas, Sitges es una buena opción; otra es Cadaqués, algo más lejana y en plena Costa Brava, que se destaca por su pintoresco puerto que sirvió de inspiración a Dalí. A una hora y media en tren también está Girona, medieval y cálida.
No hay espacio para más. Sólo para recordar que el mix Barcelona es potente y no para cualquiera: muchísimos turistas, calles oscuras, lujosos locales comerciales, atmósfera bohemia, oportunos carteristas, modernas costumbres, vanguardia textil y refinada gastronomía. Y ojo señores, siempre con los cinco sentidos bien despiertos: esto es Barcelona. M
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Tras los pasos de Gaudí En el coqueto barrio de Eixample, ubicado en la parte central de la ciudad, está la más vanguardista de las obras de Gaudí, la famosa Casa Milà (conocida también como La Pedrera), un innovador edificio que nos sorprenderá con su fachada en piedra natural y los azulejos que cubren la parte superior. |

