
Así, en 2004, presentó una suspensión que desechaba los
aditivos convencionales, en favor de bobinas y carretes de alto voltaje.
Ahora, negocia con automotrices. Esto ejemplifica –señala Knowledge@Wharton–
un método llamado “puenteo de conocimientos”. O sea, tomar
habilidades de un campo y aplicarlas a otro totalmente distinto, creando productos
o servicios sin precedentes. Un reciente estudio en la filial Singapur de esa
escuela de negocios aplica la idea a un sector promisorio: la biotecnología.
“Tómese el caso del emprendedor en serie Alejandro Zaffaroni –señala
el trabajo–, que ha puesto en marcha con éxito siete empresas en
ese sector y sus segmentos. Se trata de alguien que no teme las tecnologías
nuevas y percibe nexos o puentes entre áreas aparentemente muy dispares”.
Pero, al mismo tiempo, muchos expertos están fascinados ante las tensiones
internas de una compañía, entre encarar repentinos progresos y
atender el negocio cotidiano. ¿Cómo pueden embarcarse en “revoluciones”
si, además, deben cuidar el costo de productos o servicios existentes?
Ahí está el caso de la universidad de Stanford, donde se inició
y se patentó la tecnología para recombinar cadenas de ácido
desoxirribonucleico (ADN). La entidad ha licenciado a muchas firmas y su conjunto
constituye un laboratorio único. A su vez, las franquiciadas son intensivas
en tecnología y generan patentes propias que citan a las básicas
y se citan entre sí.
Curiosidad y réditos
Entretanto, los “puenteadores de conocimiento” contratan investigadores
provenientes de muchas áreas. También entran en alianzas o trabajan
con inversores de riesgo, un grupo que tiene todo tipo de contactos, pues vinculan
las empresas en sus carteras a recursos de terceros y mercados laborales centrados
en ciencia, técnica e innovación.
Ubicar compañías creativas y comprender cómo adquieren
conocimientos es apenas un primer paso. Según explican los analistas
de Wharton, “es preciso descubrir si los nexos deparan ventajas en desempeño
o en financiamiento. Al fin y al cabo, en el mundo empresario una enorme curiosidad
carece de sentido si no produce réditos.
Luego de hacer números, los investigadores concluyen que el puenteo de
conocimientos es una aventura rentable. Por ejemplo, en el sector farmoquímico
–al cual pertenece la biotecnología–, un amplio grupo de
emprendedores tiene mejores posibilidades que otros en cuanto a obtener aprobación
de la Food & Drug Administration estadounidense. Por lo mismo, consiguen
más fondos vía ofertas públicas iniciales que quienes no
“ven” los nexos entre áreas dispares.
Detectar esa aptitud de atraer capital de riesgo no es fácil, aunque
existan pilas de estudios al respecto. El trabajo de Wharton ofrece algunos
indicios de sesgo “antiintuitivo”. Una conclusión señala
que buscar ese capital les insume tiempo y energías a los managers, impidiéndoles
percibir nexos entre conocimientos dispares. Otra es que enfocarse en desarrollar,
fabricar y vender productos suele hacer que una firma deje de privilegiar el
tipo de investigación que genera patentes.
Las compañías analizadas en el estudio de Wharton fomentan efectivamente
puentes entre áreas diversas, pero no sin riegos. A menudo, gente de
formación heterogénea no se complementa bien y no depara ideas
ni resultados positivos. Los “puentes” exigen bastante más
que reclutar cerebros en una amplia gama de campos. También es necesario
crear una especie de “cámaras compensadoras”, donde se intercambien
ideas, sugerencias y proyectos. Esos esfuerzos implican el proceso que describía
Steve Jobs (Apple) en una entrevista de 2004: “Las innovaciones salen
de gente que se encuentra en cualquier ámbito e intercambia ideas originales”.
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