Por Marcos Caruso

Agosto en Purmamarca. Antes, mucho antes de cualquier calendario, cuando sólo era el tiempo de las cosechas y de la siembra, cuando todavía los animales no eran marcados ni señalados, cuando sólo se los faenaba por necesidad, las manos laboriosas se hundían en la tierra tan ajada como ellas y comenzaba un ritual a la madre tierra. Un culto de agradecimientos y de pedidos. Ahora, que es agosto, ese culto, ese ritual, continúa. Las manos cuarteadas por el trabajo siguen hundiéndose en la tierra agrietada.
Y no importa que el frío sea frío; el calor, calor; que el viento seque más aquello que de por sí está seco. El rito, el amor, la fe en la tierra perdura.
Tan milenario como la presencia del cardón, como las montañas que estallan en diversos colores, como el correteo de las vicuñas que aparecen y desaparecen entre los cerros, el rito a la Pachamama se perpetúa en cada uno de los poblados, en los caseríos de barro, caña y cardón, en el humo que se lleva el viento del silencio.
Situada 65 kilómetros al norte de San Salvador de Jujuy y a 2190 metros sobre el nivel del mar, da la sensación de que Purmamarca buscó cobijo entre los macizos enrojecidos, pulidos por la lluvia, de la quebrada. Es un atado de casas indígenas que se originó en el siglo 16. Su nombre, en lengua aymara significa tierra virgen.
Poco cambió desde aquel entonces, y se llega a cierto convencimiento de que a ese puñado de habitantes les alcanza con extender sólo la mirada hacia las alturas lejanas cuando el sol multiplica los colores que asoman en capas y que con la luna varían en la gama del azul. Y es fácil que la vista desde la plaza no encuentre su cauce en las calles porque la frontera con la inmensidad está sólo a pocas cuadras, se mire hacia donde se mire.
Es un punto obligado para el viajero que quiere enfrentarse con la puna, llegar a los dominios de las Salinas Grandes o transitar hacia Chile por el paso de Jama. Y es la monotonía que solamente se quiebra en la época de la cosecha del maíz, o en los burros cargados de panes de sal que bajan desde las salinas.
Y es el lugar donde la vida se rige por la salida y la puesta del sol, donde la calma no se expresa, sino que es una perpetuidad que ni siquiera se pierde con la llegada de los ómnibus y el desbande de turistas para fotografiar, comprar artesanías y comer tamales. Toda esa alteración es seguida con una mirada tranquila, solitaria, hasta que el vehículo es sólo un punto de polvo en el camino.
Y luego, el retorno a la pausa, a escrutar la plaza, donde los puestos de venta fueron tomando forma con el amanecer, donde no faltan los copleros, los contadores de cuentos y de historias, los músicos que hacen sonar sus quenas, los poetas, las teleras que no conocen más que la suavidad de la lana de llama y alpaca, transformada en ponchos, ruanas, tapices y pulóveres, los vendedores de ollas de barro, cacharros de arcilla o tazas pintadas a mano, los que ofrecen pequeñas réplicas de las iglesias de la región.
Se confunden los olores a media mañana, cuando las cocinas preparan tamales y humitas, empanadas, locro, choclos con queso de cabra o un guiso de cabrito. Es que en ese centenar de casas las puertas siempre están abiertas y en los marcos de las ventanas reposan budines de manzanitas criollas o colaciones con dulce recién horneadas, para acompañar el mate de la tarde.
Capilla, algarrobo y hotel
Al mediodía la pasividad sólo se corta por las corridas de los chicos que salen de la única escuela. Rostros cobrizos, ojos oscuros y sonrisas blancas que se pierden no muy lejos de la capilla centenaria y del histórico algarrobo.
La capilla fue erigida en 1648. Paredes de adobe y carpintería de cardón, como corresponde. Consagrada a Santa Rosa de Lima, alza su única nave y su campanario lateral, exponiendo una colección de pinturas con la vida de la patrona de Purmamarca y una Pietà de la escuela cuzqueña.
Hoy es Monumento Histórico nacional.
A un costado, el majestuoso algarrobo de tronco negro plantado hace más de cinco siglos cuya copa se extiende sobre los techos y bajo el cual un letrero reza: “Un árbol crece a la medida de los sueños de sus pájaros. No lo dañe, esos sueños lo merecen”. Bajo ese árbol se produjo la histórica reunión del cacique Diego Viltipoco con sus pares, en la que decidieron resistir a los colonizadores. Allí también el guerrero omoguaca cayó prisionero de los españoles.
Ahora, su fronda es elegida por los lugareños para desgranar historias y leyendas delante de los viajeros.
Y el diálogo franco continúa, a veces, en la hostería, vino en vaso o bien licor casero, que ayuda a la charla mientras se observan las manualidades hechas en plata y las reproducciones de pinturas cuzqueñas.
Desde las alturas cercanas pueden verse los techos de paja y los cultivos lejanos. Y también se puede emprender un recorrido pedestre por los colorados, montañas con curvas suaves de rojo fuerte, de la era mesozoica.
Muy cerca de esta calma, y como si fuera necesaria más tranquilidad aún, dos salteñas, Alice Lemos y Mercedes Patrón Costas, decidieron abrir un hotel que no desentonara con el paisaje, que respetara la tradición centenaria de sus habitantes.
Así surgió El Manantial del Silencio, un cálido y elegante hotel construido con materiales nobles que impone su estilo entre tapices antiguos y aguayos colgantes.
Sorprende por sus amplias y luminosas habitaciones, las vistas de imperturbable belleza y con detalle de sus chimeneas en el restaurante y salón de estar.
En 2003, debido a la demanda que generó desde un principio, las propietarias decidieron agregar siete habitaciones a las doce originales con las que contaba el establecimiento, miembro de NA Town & Country Hotels.
Se destaca la suite de 48 metros cuadrados con jacuzzi, cama con baldaquino y cuadros de la escuela cuzqueña.
Al servicio personalizado debe sumarse las propuestas del chef Sergio Latorre, quien aporta el toque gourmet en su carta de alta gastronomía andina: los medallones de llama y los ravioles de habas verdes o humita de quinoa son algunos de los sabores que propone.
Desde el hotel, provisto con todas las comodidades, se pueden realizar diversas excursiones, como a las Cuevas de Huachichocana, un yacimiento de pinturas rupestres; ir a la Posta de Hornillos, museo, posta restaurada de la época del virreynato, y al Pucará de Tilcara, antiguo asentamiento aborigen restaurado.
Muy recomendable, también, es la visita a las iglesias de Tumbaya, Purmamarca, Tilcara, Uquía y Humahuaca. M
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La Pachamama El solsticio de invierno señala el inicio del año agrícola. |

