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Ya no hay momento especial para beberlos, cualquier situación viene bien y motiva el descorche. No hace mucho tiempo, la ocasión dominaba: las fiestas, el ascenso a la A de Chacarita, el podio del TC, una noche súper especial y hasta el retórico costumbrismo de bautizar embarcaciones. Hasta ahí no más. El champaña se guardaba a la espera de la próxima celebración. En aquella época, la sidra dominaba las fiestas, imponiéndose cuatro a uno, hablando de botellas, al Brut. En menos de diez años, desplazó el legado hispánico de la sidra; luego se acomodó como aperitivo en cualquier evento y, finalmente, se instaló sobre la mesa. De vocación imperial, ahora también forcejea con los tragos en las disco. ¿Cómo? Muy simple, con la botella mini (copa y media) Chandon y luego Mumm introdujeron una variante a medida. La frase Vamos a tomar un champú refleja bien la popularidad alcanzada a escala local. Los espumosos argentinos, hasta la década de los 80, se elaboraban con los cepajes blancos más prolíficos del país: Ugni Blanc, Chenin Blanc, Semillón, a veces, Chardonnay. El método de elaboración más común era el Charmat aún lo continúa siendo, es decir, la segunda fermentación realizada en grandes vasijas. Como se sabe, este método difiere del conocido bajo el nombre champenoise o tradicional que tomó forma en la Champaña francesa y está asociado históricamente a la figura de Dom Pérignon (1638-1715). Si bien la importancia del legendario abad dHautvillers se debe a otros motivos: la implementación de una botella más resistente y el uso del corcho para asegurar la calidad el producto. El método tradicional, segunda fermentación en botella, en el idioma de las burbujas significa champagne, cava catalán y, por supuesto, las expresiones más sofisticadas de la Argentina. En la última década, las bodegas nacionales comenzaron a colocar en el mercado una mayor cantidad de espumosos elaborados según dicha técnica. Esto implicó, además, una renovación del contenido: ahora se imponen la uva blanca Chardonnay, la tinta Pinot Noir y hasta algunas bodegas se animan con otra tinta, Pinot Meunier, imitando cien por cien los cuvée (blends) de las grandes maison francesas. Estas propuestas de alta calidad, sin embargo, no modificaron en lo fundamental el llamado gusto argentino. ¿De qué se trata? Es un mix. Por un lado, existe una generalizada aceptación de los frutados, directos y sin mayor complejidad, algo que el método Charmat logra a la perfección. En tanto los elaborados con el método tradicional y de larga crianza en botellas tienen aromas donde dominan notas a panadería, brioche, producto del mayor contacto de las levaduras muertas en el espacio pequeño de la botella. Por otro lado, y esto es de lo más interesante, en el país del dulce de leche y sus derivados, el Brut (entre 6 g/l y 15 g/l de azúcares) que bebemos los argentinos está más cerca de un Sec (17 a 35 g/l de azúcares) que de un Extra Brut o de un Nature (menos de 6 g/l de azúcares). El balance entre los niveles de azúcares y acidez, sin dudas, conforma el equilibrio de cualquier bebida. Su resultado, como vemos, no es ajeno a las costumbres de los pueblos como también así de la moda. El Brut es un invento moderno que recién cumplió un siglo; antes, entre los siglos XVII y XIX, el champagne era más que dulce (de 60 a 110 g/l de azúcares), hasta el punto que debía beberse casi helado para no resultar empalagoso. Más allá de nuestro particular gusto, la ampliación de las posibilidades a la hora de elegir es celebrada por todos. Aquí les presentamos algunas de las mejores propuestas de este, el país más champañero de Sudamérica.
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