Desde julio del 2001 (cuando exhibió el mayor valor frente a la divisa
europea), el dólar se devaluó en 37% contra el euro. Si la comparación
se hace con enero de 1999 -cuando nació la moneda europea- la depreciación
del dólar, siempre contra el euro, es de apenas 12,2%. Relevante, pero
no una catástrofe.
Medido contra la moneda japonesa desde julio del 2001, el dólar cayó
18,4% contra el yen (la mitad de la devaluación frente al euro en el
mismo lapso). Cabe acotar que Japón invirtió US$ 34.400 millones
en valores estadounidenses para impedir una depreciación mayor del dólar.
Pero como su Banco Central no interviene desde marzo pasado, es probable que
el dólar decline ahora más rápido frente al yen que ante
el euro. A menos que, como lo hizo regularmente durante todos estos años,
intente aliviar la declinación de la divisa estadounidense.
Para la Reserva Federal, y medida desde esa fecha clave de julio del 2001, el
descenso del dólar solamente ha sido de 14%. Lo que se explica porque
China se negó a revaluar su moneda, el yuan, neutralizando el impacto
de otras divisas en el indicador.
Contra todos los vaticinios agoreros, que ignoran que la embestida contra el
dólar es de menor magnitud que la montada en las décadas de los
´70 y los ´80, el dólar seguirá siendo la moneda internacional
de referencia.
Estados Unidos, por largo tiempo, será la única superpotencia
mundial y, por ende, seguirá exhibiendo la supremacía monetaria.
Su tasa de crecimiento será, probablemente, mayor que las de Europa y
Japón. Es impensable un resurgimiento inflacionario como en los ´70 con
la gran crisis petrolera. La globalización aprendió a lidiar con
circunstancias como éstas.
Es probable que Japón y China, los dos grandes tenedores de dólares
en el mundo, continúen aumentando sus reservas en esta moneda, ayudando
a un suave aterrizaje de la divisa verde. Es negocio para todas las partes.
Para Estados Unidos, porque atenúan la caída de su moneda. Para
Japón, porque obtiene intereses anuales de 3% por sus tenencias en títulos
del Tesoro estadounidense, y paga entre 1 y 1,5% para financiar su propio déficit
de presupuesto. Para China -además de seguir inundando al mundo con sus
exportaciones-, porque con estos activos respalda a un todavía débil
sistema bancario. Por todo el futuro previsible, no hay alternativa al dólar
como divisa internacional.
Reservas impresionantes
El Banco de Japón acumula tenencias en monedas extranjeras -dólares
en su mayor proporción- equivalentes a US$ 820.000 millones.
Entre China y el resto de las economías asiáticas acumulan reservas
por valor de US$ 1,4 billón (millón de millones). Monto superior
a las reservas combinadas del resto del mundo, sin incluir a Japón. El
total de las reservas en moneda extranjera en poder de los bancos centrales
de todo el mundo, es igual a US$ 3,5 billones.
Hubo una época en que esas reservas se amasaban para protegerse de una
crisis financiera como la sufrida por el este asiático en 1997 o Rusia
en 1998. Pero hoy tienen un propósito diferente: impedir que la propia
moneda se revalúe frente al dólar para mantener competitivas las
exportaciones.
La inevitable contracción
"Es ilusorio suponer que los déficit externos de Estados Unidos
reflejen crecimiento y atraigan a inversores de afuera." Así lo
afirma el columnista conservador londinense Martin Wolf en el Financial Times.
Y propone "acabar con tres mitos" según los cuales, "los
crecientes déficit norteamericanos se deben a: 1) los atractivos de esa
economía para los inversores, 2) su tasa relativa de crecimiento, y 3)
el alto déficit fiscal". De lejos, el primer factor es clave.
A fines de septiembre, el déficit en cuenta corriente de pagos externos
orillaba 6% del producto bruto interno y el endeudamiento federal neto se acercaba
a 30% (en total, alrededor de US$ 3,96 billones). Si los inversores externos
estuviesen comprando activos estadounidenses, sería relativamente fácil
apostar a la sustentabilidad de las tendencias. Pero no es así.
El segundo mito supone que el déficit proviene del elevado crecimiento
económico real norteamericano, en relación con otras economías
grandes. Pero ese factor -aun si fuese cierto- no necesariamente causa déficit
altos en cuenta corriente. Un ejemplo es China, que registra constantemente
superávit.
El tercer mito carga las culpas sobre el déficit fiscal norteamericano.
Imagina que los problemas desaparecerían sólo con que Washington
pusiese las cuentas en orden. En principio es cierto pero, para recortar ese
rojo e impedir que la economía caiga en recesión, el déficit
financiero del sector privado debería subir, o el déficit externo
debería ceder
