lunes, 25 de mayo de 2026

    ¿Alianza entre Kirchner y el G-7?

    El viejo axioma es de rigurosa aplicación: ¿Por qué vender
    la piel del oso antes de cazarlo? Mejor primero tener éxito en la empresa,
    y luego celebrar.
    Fue, sin duda, el primer traspié significativo de Roberto Lavagna. El
    ambiente de franco optimismo -casi de euforia- en torno a la solución
    favorable de la deuda en default, entró de golpe en zona crítica.
    Es obvio que la estrategia cumplida hasta entonces no preveía el obstáculo
    (tal vez por un exceso de confianza). Pero las demoras y la falta de acuerdo
    con el banco que manejaría la operación, no autorizan al clima
    de confusión en que se ingresó. Con el agravante de que se lanzó
    una acusación sobre conspiraciones poco verosímiles (aunque hubo
    muchos actores que disfrutaron con las penurias del ministro de Economía).
    Lo que quedó en claro en esas horas fue que era menester retornar a la
    estrategia para salir de la confusión.
    A pesar de todo el jaleo en torno al tema, ni el presidente Kirchner ni mucho
    menos Lavagna, quieren romper con el FMI. ¿Qué ventajas depararía
    cancelar íntegramente la deuda con el ente internacional, en el supuesto
    de que esa hipótesis tuviera alguna viabilidad? Ninguna, si la pretensión
    es librarse de una molesta tutela. Con deuda o sin ella, el FMI sigue siendo
    el instrumento del G-7 y no resignará su papel de auditor internacional
    en ninguna circunstancia.
    Cancelar esa deuda de una sola vez es imposible: no hay quien nos preste para
    ese pago y nos quedaríamos sin reservas en divisas si lo hiciéramos
    con recursos propios. Cumplir como en los últimos meses, pagando a cada
    vencimiento sin obtener reintegro de préstamos, es posible pero doloroso.

    Ahora está claro que todo el proceso de normalización insumirá
    más tiempo, que habrá que hacer pagos no reintegrables al Fondo
    y que, en definitiva, el gran acreedor privilegiado seguirá obteniendo
    beneficios en su relación con el deudor en la picota.
    Sin embargo hay una oportunidad para el país: en los mercados internacionales,
    la gran duda sobre el futuro de Ucrania y sobre las relaciones de Rusia con
    sus antiguas provincias y satélites, siembra incertidumbre. En Estados
    Unidos la tasa de crecimiento laboral sigue débil y las tasas de interés
    continúan bajas.
    En todo caso, la negociación de la deuda llegará a buen puerto
    -en el sentido que tendrá un porcentaje importante de aceptación-
    con una mayoría de bonistas y fondos de inversión internacionales
    que, cansados, quieren un arreglo de una buena vez.
    A partir de ese momento, y con una nueva propuesta razonable para el Fondo,
    éste estará dispuesto a llegar a un nuevo arreglo con la Argentina.
    Pero la verdad es que, llegada esta instancia, los directivos del FMI -y del
    G-7- preferirían escamotearle toda posibilidad de victoria a Roberto
    Lavagna (estarían más contentos si el beneficiario fuera alguien
    mejor visto por ellos, como el ex titular del Banco Central, Mario Blejer, por
    ejemplo).
    En todo caso, para atender el pago de los bonos pos-default y lo que resulte
    que haya que pagarle al FMI, el Gobierno tendrá que retornar al mecanismo
    de "caja única".
    Todo ese chisporroteo con el Banco Central -que, en teoría, se niega
    a entregar reservas para afrontar pagos especiales- no tiene relevancia. Cuando
    llegue el momento se modificarán las disposiciones y se utilizarán
    las reservas. La presunta resistencia del Central tiene que ver con una secuela
    de la convertibilidad: las divisas ingresaban al ente emisor para respaldar
    el circulante en moneda local. Hoy, ese mecanismo no tendría sentido,
    excepto por la justificada pretensión autonómica del Banco Central.
    Que no quede duda: cuando llegue el momento, las reservas se unificarán
    en la caja del Tesoro.
    También en ese momento, Néstor Kirchner enfrentará un dilema:
    necesita poner fin al default, pero ¿a cambio de un éxito rotundo
    para Roberto Lavagna? En este punto, curiosamente, los intereses del Presidente
    y del G-7 coinciden. Una virtual alianza puede intentar diluir todo vestigio
    de triunfo en la cabeza del que resulta, cada vez más, un incómodo
    ministro.