El viejo axioma es de rigurosa aplicación: ¿Por qué vender
la piel del oso antes de cazarlo? Mejor primero tener éxito en la empresa,
y luego celebrar.
Fue, sin duda, el primer traspié significativo de Roberto Lavagna. El
ambiente de franco optimismo -casi de euforia- en torno a la solución
favorable de la deuda en default, entró de golpe en zona crítica.
Es obvio que la estrategia cumplida hasta entonces no preveía el obstáculo
(tal vez por un exceso de confianza). Pero las demoras y la falta de acuerdo
con el banco que manejaría la operación, no autorizan al clima
de confusión en que se ingresó. Con el agravante de que se lanzó
una acusación sobre conspiraciones poco verosímiles (aunque hubo
muchos actores que disfrutaron con las penurias del ministro de Economía).
Lo que quedó en claro en esas horas fue que era menester retornar a la
estrategia para salir de la confusión.
A pesar de todo el jaleo en torno al tema, ni el presidente Kirchner ni mucho
menos Lavagna, quieren romper con el FMI. ¿Qué ventajas depararía
cancelar íntegramente la deuda con el ente internacional, en el supuesto
de que esa hipótesis tuviera alguna viabilidad? Ninguna, si la pretensión
es librarse de una molesta tutela. Con deuda o sin ella, el FMI sigue siendo
el instrumento del G-7 y no resignará su papel de auditor internacional
en ninguna circunstancia.
Cancelar esa deuda de una sola vez es imposible: no hay quien nos preste para
ese pago y nos quedaríamos sin reservas en divisas si lo hiciéramos
con recursos propios. Cumplir como en los últimos meses, pagando a cada
vencimiento sin obtener reintegro de préstamos, es posible pero doloroso.
Ahora está claro que todo el proceso de normalización insumirá
más tiempo, que habrá que hacer pagos no reintegrables al Fondo
y que, en definitiva, el gran acreedor privilegiado seguirá obteniendo
beneficios en su relación con el deudor en la picota.
Sin embargo hay una oportunidad para el país: en los mercados internacionales,
la gran duda sobre el futuro de Ucrania y sobre las relaciones de Rusia con
sus antiguas provincias y satélites, siembra incertidumbre. En Estados
Unidos la tasa de crecimiento laboral sigue débil y las tasas de interés
continúan bajas.
En todo caso, la negociación de la deuda llegará a buen puerto
-en el sentido que tendrá un porcentaje importante de aceptación-
con una mayoría de bonistas y fondos de inversión internacionales
que, cansados, quieren un arreglo de una buena vez.
A partir de ese momento, y con una nueva propuesta razonable para el Fondo,
éste estará dispuesto a llegar a un nuevo arreglo con la Argentina.
Pero la verdad es que, llegada esta instancia, los directivos del FMI -y del
G-7- preferirían escamotearle toda posibilidad de victoria a Roberto
Lavagna (estarían más contentos si el beneficiario fuera alguien
mejor visto por ellos, como el ex titular del Banco Central, Mario Blejer, por
ejemplo).
En todo caso, para atender el pago de los bonos pos-default y lo que resulte
que haya que pagarle al FMI, el Gobierno tendrá que retornar al mecanismo
de "caja única".
Todo ese chisporroteo con el Banco Central -que, en teoría, se niega
a entregar reservas para afrontar pagos especiales- no tiene relevancia. Cuando
llegue el momento se modificarán las disposiciones y se utilizarán
las reservas. La presunta resistencia del Central tiene que ver con una secuela
de la convertibilidad: las divisas ingresaban al ente emisor para respaldar
el circulante en moneda local. Hoy, ese mecanismo no tendría sentido,
excepto por la justificada pretensión autonómica del Banco Central.
Que no quede duda: cuando llegue el momento, las reservas se unificarán
en la caja del Tesoro.
También en ese momento, Néstor Kirchner enfrentará un dilema:
necesita poner fin al default, pero ¿a cambio de un éxito rotundo
para Roberto Lavagna? En este punto, curiosamente, los intereses del Presidente
y del G-7 coinciden. Una virtual alianza puede intentar diluir todo vestigio
de triunfo en la cabeza del que resulta, cada vez más, un incómodo
ministro.
