domingo, 31 de mayo de 2026

    Gobierno empresarial: en busca de un modelo viable

    Predecir las exigencias del management y el gobierno de empresas –más
    su influencia sobre los presidentes ejecutivos o chief executive officers–
    es una tarea compleja, si no imposible, aun en el corto plazo. Después
    de todo, como apunta Jeffrey E. Garten en Politics of fortune: a new agenda
    for business leaders, “los principales CEO deben timonear el tránsito
    de una edad de oro a un marco económico y financiero mundial bastante
    más duro”. Guillén es todavía menos contemplativo.
    Por lo tanto, cualquier líder global tiene que hacer cuatro cosas: preservar
    los rasgos positivos de la gestión, descartar los asociados a la euforia
    de las décadas de los ’80 y los ’90, adquirir conocimientos
    y modificar actitudes. Este cometido se ve complicado por varios factores. Para
    empezar, escándalos como Enron y todos los que le siguieron han sacudido
    las propias bases de la gestión corporativa en el sector privado, y no
    sólo en Estados Unidos.

    Nada es seguro

    Todo se cuestiona, incluso auditorías, prácticas contables, regímenes
    remuneratorios y las propias juntas directivas, para no mencionar al propio
    CEO como figura. También se ha deteriorado mucho la fe pública
    en líderes empresarios, máxime entre su audiencia (accionistas,
    empleados, proveedores, socios, clientes), y ya no se cree que los mercados
    financieros y bursátiles sean tan racionales o eficientes como solían
    afirmar, incluso, algunos premios Nobel de Economía.
    “Desregulación, privatizaciones –procesos muy generalizados
    fuera de Estados Unidos–, introducción de tecnologías, remuneración
    de estamentos superiores y muchas otras cosas dependían de que reguladores,
    inversores y los propios managers, creyesen en la eficiencia y la racionalidad
    de los mercados. Hoy, no sabemos si esa cultura está en decadencia y,
    en todo caso, es prematuro especular sobre el contexto futuro. Pero los escándalos
    van generando nuevas pautas: por primera vez en décadas, los CEO son
    los primeros despedidos cuando hay problemas”, reflexiona Garten.
    En paralelo, el sistema financiero también ha entrado en una fase inestable,
    volátil y proclive a reformas, no sólo contables. Gigantes mundiales
    tipo Citigroup, J. P. Morgan Chase o Merrill Lynch, son presionados para reorganizarse
    y eludir conflictos de intereses. En esencia, se trata de separar las firmas
    de valores propiamente dichas (agentes, consultores, analistas, calificadores
    de empresas y papeles, etc.) y las bancas de inversión.
    A su vez, las autoridades ponen bajo la lupa complejas tecnologías financieras,
    que facilitan maniobras contables y lavado de fondos. La tendencia, entonces,
    obra en desmedro de la “banca universal”; vale decir, entidades
    que brindan todo tipo de servicios a todo tipo de clientes, sin cuidar los detalles.
    Finalmente, apunta el experto de Yale, “el clima global de negocios irá
    enfriándose a causa de factores geopolíticos. Los riesgos de guerra
    con Irak y Corea del Norte, sus potenciales efectos desestabilizadores en el
    Islam y en los precios petroleros –según sea la suerte del futuro
    conflicto, éstos pueden saltar a US$ 45-50 el barril o desmoronarse a
    menos de 7,50– pesan en las decisiones empresarias y financieras.

    Cambios en la cúpula

    Por supuesto, hay cosas que no cambiarán en materia de management. Por
    ejemplo, reclutar, desarrollar y retener talentos, moverse en equipo, tener
    visión estratégica, desarrollar contextos que no ahoguen la iniciativa
    pero sean lo bastante centralizados como para gestionar riesgos, comunicar bien
    hacia dentro y hacia fuera o volverse tan global como el mercado requiera.
    Pero, según Garten, la pregunta clave es: ¿qué hay de nuevo
    en liderazgo? En primer lugar, una tendencia a volver a las fuentes; algo así
    como rescatar las enseñanzas que impartía Peter Drucker en los
    años ’50 y ’60. Durante los ’90, los ejecutivos estadounidenses
    –y muchos europeos– se dedicaban a armar nuevos modelos. Ahora,
    debieran armar o rearmar buenas organizaciones.
    Por ende, Garten, y también Mauro Guillén en su obra Corporate
    governance, globalization and convergence across countries, sugiere abandonar
    el concepto de “pensado para vender” por el de “pensado para
    durar”. Las innovaciones tecnológicas deben administrarse con sensatez,
    sin la obsesión de ser el primero en lanzar el último chiche.
    El enfoque en rapidez y escalas, típico de la “nueva economía”
    debe ceder ante otras dos prioridades: calidad y duración.
    En segundo término, los líderes de negocios deben tener noción
    más clara de sus obligaciones. Por ejemplo, en materia de balances, pues
    la “contabilidad globalizada” es tan compleja que resulta muy difícil
    hacerse una idea completa del estado financiero general. Hasta 2000, los CEO
    podían apoyarse en los directores financieros, contadores y auditores
    externos.
    Eso ya no es posible, ni siquiera en Estados Unidos y hoy se exige que los CEO
    sean personalmente responsables de los balances. Por ende, surge otra pregunta
    global: ¿en qué punto una organización es demasiado grande
    para que el CEO pueda abarcarla o hacerse responsable total? Aún no hay
    respuestas claras, admiten Garten y Guillén.
    En tercer lugar, los CEO deben entender qué papel cumplen sus empresas
    respecto de accionistas, interesados y afectados. En los últimos 20 años,
    los ejecutivos se han abocado a enriquecer accionistas –cuando no a sí
    mismos– y no sólo en Estados Unidos. Casos como Vivendi Universal,
    Vodafone, Deutsche Bank, France Télécom, Kirch y tantos otros,
    demuestran que los europeos no se han quedado atrás.

    ¿Convergencia imposible?

    Naturalmente, directivos y ejecutivos son reflejos de sus sociedades y culturas.
    Pero, aun así, no debieran dejarse arrastrar por la corriente, como ocurrió
    en los 15 últimos años del siglo XX y los dos primeros del XXI,
    encandilados por altas tasas de crecimiento, la “nueva economía”
    y esa exuberancia irracional que Alan Greenspan atribuía, con razón,
    a los mercados especulativos.
    Desde el desinfle de activos y los escándalos empresarios, no obstante,
    una mezcla de cinismo público sobre conductas corporativas y un escenario
    geopolítico sombrío van cambiando el foco del interés público.
    Es una coyuntura que tiene paralelos con los últimos años ’40,
    cuando la depresión, la segunda guerra mundial y la guerra fría
    planteaban un mundo muy diferente al de los “años locos”.
    En este contexto, “un sistema de gobierno empresario mal concebido –afirma
    Guillén, retomando conceptos de Garten– significa deficiente asignación
    de recursos o tolerancia hacia actitudes oportunistas”. Pero, en su perspectiva,
    aparece una pregunta peculiar: ¿la gestión corporativa opera del
    mismo modo en todas las economías avanzadas?
    Garten y otros globalizadores creen que los modelos nacionales o regionales
    tienden a converger en dos patrones. El anglosajón, centrado en el accionista
    y sus dividendos, o un híbrido que combine ese factor con otros intereses
    afectados por una compañía. Por ejemplo, las pautas japonesa o
    alemana. De paso, esta escuela no le ve futuro a la empresa familiar.
    A criterio de Guillén, el modelo estadounidense incluye propiedad dispersa,
    fuerte amparo jurídico a los accionistas e indiferencia hacia los restantes
    grupos de interés. En cuanto al modelo híbrido, muestra menor
    diferenciación entre grados de dispersión o de control gerencial.
    Vale decir, los “otros” grupos de interesados tienen mayor influencia
    en las operaciones societarias.
    Sin embargo, la crisis del modelo de negocios en Estados Unidos (escándalos,
    depreciación de activos, reguladores demasiado tolerantes, lobbies allegados
    al gobierno federal) “pone en seria duda que otros países opten
    por nuestras pautas”, reflexiona Guillén. Por cierto, procesos,
    sumarios e investigaciones, evidencian que los intereses de los accionistas,
    los inversores y otros grupos, no han sido respetados ni atendidos.

    Un mundo de diferencias

    El experto Guillén concluye –oponiéndose a Garten–
    que “cada economía encarará el gobierno y la gestión
    de empresas según pautas propias”. No obstante, formula un interrogante
    difícil de contestar por ahora: ¿Qué ocurrirá, en
    el plano global, si esas pautas realmente siguen diferenciándose en la
    práctica?
    En este punto, surge un nexo con el planteo de Yale: “Aun en fases globalizadoras,
    con mercados en expansión y mayor coordinación entre gobiernos,
    siempre han subsistido diversos sistemas de gobierno corporativo”. Ese
    factor “parece promover diferenciación, tanto en el sector público
    como en el privado, y una tendencia de los modelos a competir, no a converger”.

    Lógicamente, existen buenas razones para explicar el fenómeno:
    tipos de organización, sectores, productos, servicios, clientes, proveedores
    y –esencialmente– regulaciones locales o regionales. No es casual
    que la ampliación de la Unión Europea afronte tantos problemas
    e incertidumbres, incluso ya aprobada la nómina de candidatos a incorporar.

    Ya no hay cosas simples

    Además del grado de diferenciación o convergencia, “subsisten
    nexos relevantes entre el gobierno de las empresas y su propia estrategia de
    competencia”, apunta Guillén. “La cosa no es tan simple como
    para decir que se reformarán las pautas de gestión para que sean
    más o menos similares alrededor del mundo”.
    Esta clase de sistemas –o estructuras– interactúa con muchos
    otros factores de la economía y la sociedad. Por ejemplo, legislación
    laboral, tributaria y financiera; especialmente la que regula quiebras y concursos,
    tema de palpitante actualidad si los hay. Si cambia un componente y los demás
    no lo hacen, se generarán desajustes y desequilibrios. El trabajo de
    Wharton, entonces, sugiere que “la globalización reside más
    en manejar diferencias que en eliminarlas en pos de un mundo sin fronteras ni
    matices”. Aquí las divergencias con Garten son por demás
    marcadas.
    El estudio de Guillén, iniciado hace más de dos años y
    actualizado sobre la marcha, adopta planteos macroeconómicos al encarar
    la gobernabilidad corporativa en los principales países o grupos del
    planeta. Los análisis y las conclusiones apelaron a seis indicadores
    empíricos y a casos país por país. Ese arsenal incluye
    inversiones externas directas realizadas por firmas clasificadas según
    los regímenes de gobierno o gestión de sus matrices, la influencia
    de inversores institucionales en cada economía, la proporción
    de títulos en manos de varios tipos de accionistas, la relación
    entre deuda y financiamiento bursátil, los incentivos remuneratorios
    de largo plazo ofrecidos al CEO –otro tema muy “caliente”
    estos días– y la proclividad a compras hostiles de paquetes (como
    síntoma de un clima o un mercado para estas operaciones).
    “La tesis globalizante afirma –concluye Guillén– que
    la proliferación de grupos multinacionales forzará una convergencia
    entre modelos de gestión en el modelo estadounidense. Pero muchos hallazgos
    parecen refutar la teoría”. Por ejemplo, su análisis encuentra
    que la proporción de paquetes accionarios en poder de inversores extranjeros
    –esto es, la inversión directa proveniente de otros países–
    en regímenes del tipo anglosajón ha ido cediendo de 66% en 1980
    a poco más de 50% en 1999. Por el contrario, esa misma proporción
    ha subido –en el mismo lapso– de 34% a 49% en economías influidas
    por los modelos alemán, francés o escandinavo.
    “Parece, entonces, que si hay una convergencia en materia de gobierno
    empresario no se da alrededor del modelo estadounidense o anglosajón
    (pues abarca Gran Bretaña, Australia, Canadá y Nueva Zelanda),
    centrado en el accionista. Antes bien, las tendencias apuntan a una especie
    de híbrido”. Para mayor abundancia, las actitudes de los inversores
    institucionales, las tomas hostiles y el papel de los bancos como proveedores
    de fondos en diferentes economías, también contradicen la noción
    de que los modelos de gestión se hallan en un proceso de convergencia
    claro e inexorable. M