Cuando la historia revise el año 2002 (e incluso toda la década
anterior), el dictamen sobre el sistema de compensaciones y retribuciones salariales
para los principales ejecutivos de las empresas globales será inapelable:
un disparate, una atrocidad y un latrocinio. Se calcula, según las revelaciones
del año terminado, que la alta gerencia obtuvo US$ 3.300 millones de
empresas que envió a la bancarrota.
Los principales directivos de empresas de primer nivel sustrajeron activos
pertenecientes a los accionistas en beneficio propio. Parte de la explicación
reside en la burbuja bursátil de estos años, pero la esencia del
problema se basa en la estructura de gobierno de las compañías
y en la falta de control efectivo por parte de los accionistas y de los mecanismos
reguladores. Una inoperancia que se intenta atacar, aunque los remedios previstos
parecen recursos gattopardistas, donde se cambia algo para que nada cambie.
No se percibe que el capitalismo afronta tal vez su crisis más aguda.
La de la confianza frustrada, la indignación de los inversionistas por
la falta de credibilidad en la información hecha pública por las
compañías, consultoras, banca de inversión y fondos jubilatorios.
Para Alan Greenspan, cabeza de la Reserva Federal, se trata de una “codicia
infecciosa”. Para el público, la definición adecuada es:
una obscenidad.
También –o a causa de las mismas razones– podría
convenirse en que 2002 fue el año de las disculpas y las apologías
en los campos público y empresario. Muchos ejecutivos se disculparon
por sus excesos o por sus torpezas, mientras la justicia los procesaba. Otros
cayeron en el remolino: simplemente por no conseguir buenos resultados en el
corto plazo fueron despedidos sin aviso previo ni consideración alguna.
Los organismos reguladores en Estados Unidos y en Europa se pasaron la mayor
parte del tiempo explicando que no tienen recursos ni presupuesto para controlar
la “exuberancia irracional” de los mercados, mientras sus cabezas
debieron renunciar después de que se probaran sus vínculos con
la actividad o negocio que supuestamente debían controlar (todo esto
en el mundo de las naciones más ricas. Entre los países emergentes,
y especialmente en la Argentina, nadie piensa que una disculpa sea necesaria
u oportuna).
Pero las excusas y disculpas no solamente tuvieron que ver, en todo el planeta,
con excesos o fraudes. Un enorme número de empresas pidió perdón
a sus clientes (cuyo poder de protesta se ha potenciado) por mala atención,
fallas en la prestación de un servicio o en la calidad de un producto.
Heridas que cicatrizan
Los escándalos corporativos que envolvieron a marcas como Enron, Arthur
Andersen, World Com, Qwest y Tyco, entre otros, dejaron una herida en la confianza
ciudadana estadounidense que tardará en cerrarse.
Con la perspectiva de una mirada argentina, ningún daño parece
irreparable. Hace exactamente un año todos pensaban que el sistema bancario
estaba condenado a desaparecer, y ahora está captando depósitos
a buen ritmo. Es cierto que nuestro entrenamiento para la crisis es muy superior
al que tienen otras economías.
Para entenderlo basta con leer las páginas siguientes. A razón
de una página por mes, hemos historiado lo ocurrido durante 12 meses
interminables en la economía nacional. Una prolija lectura asombra aunque
se recuerden los datos, por la profusión, variedad e intensidad de acontecimientos
relevados cada 30 días. En los próximos años, su lectura
será obligada para quien pretenda una reconstrucción histórica
del período.
La mayoría de los acontecimientos registrados durante ese lapso anual
(tantos que resulta imposible recordarlos en su totalidad) parecen los títulos
de una colección histórica:
- El presidente que duró una semana.
- El día del triple default.
- El otro presidente que no pudo cumplir ninguna de sus promesas.
- El peor comportamiento económico desde 1914.
- Récord de quiebras y concursos de acreedores.
- La intransigencia del FMI.
- Un Congreso inoperante y sospechado.
- Partidos y dirigentes políticos sin rumbo.
- ¿Una justicia irrelevante o partisana?
- Los que aprendieron a sobrevivir.
- Las exportaciones que no crecieron.
- Negociación con acreedores externos: sin novedad.
- Pendiente y grave: las tarifas de servicios públicos.
- La evolución de la inflación y sus consecuencias.
Recuperación
Seguramente el resto del mundo también se recuperará de esta
crisis de confianza. No es la primera vez que ocurren acontecimientos similares.
Las burbujas no son monopolio del año fenecido, ni siquiera del siglo
pasado. La historia registra innumerables episodios similares: los latrocinios
de los administradores de la Compañía de las Indias Orientales,
que además contrabandeaban el opio chino hacia Europa; la famosa burbuja
de los tulipanes en la Holanda del siglo XVII; igual que la burbuja del Mississippi,
donde un experimento de emisión monetaria en respaldo de la Louisiana
francesa terminó en el primer empapelado de paredes con papel moneda.
La diferencia con lo ocurrido en los últimos meses es que nadie creía
posible la repetición de estos hechos por la supuesta vigencia de mecanismos
de control y de transparencia en un mercado financiero maduro.
Las recomendaciones de los bancos de inversión atraparon a millones
de inversionistas de buena fe, que confiaron en la calidad de los consejos recibidos.
La consecuencia es un fuerte movimiento para escindir a la banca universal de
la banca de inversión, y de las consultorías financieras, íntimamente
vinculadas hasta ahora.
Hasta McDonald’s debió excusarse con los vegetarianos (y con los
hindúes) por sus papas fritas supuestamente aptas para ellos, cuando
el aceite usado para freírlas, en realidad, tenía contenidos animales.
Afortunadamente, MERCADO no tuvo que afrontar el mismo dilema que confronta
cada año la revista Time cuando elige al hombre o la mujer del año.
Esta vez abundaban los villanos y escaseaban los buenos ejemplos (Time distinguió
a tres mujeres valerosas que arriesgaron sus puestos al denunciar fraudes y
escándalos en las empresas y organismos en los que trabajaban). Tal vez
una buena candidata hubiera sido la segunda esposa de Jack Welch, el gerente
más exitoso y aclamado en décadas. Al ventilar su demanda de divorcio
puso de relieve la increíble codicia de Welch y su rimbombante estilo
de vida financiado por General Electric, la empresa de la cual se había
jubilado con todos los honores. Un triste final, inmerecido para tan buenos
antecedentes.
Riesgo de guerra preventiva
Este año puede haber guerra: aunque muchos sostienen que el conflicto
con Irak es evitable e innecesario, el equipo de Bush no parece cejar en su
empeño. La nueva teoría de las guerras preventivas que supone
legítimo golpear primero si se espera un ataque, será muy discutible
pero no evitará los bombardeos.
Estados Unidos necesita desplazar la crisis financiera global al escenario
bélico y, además, mantener control sobre una zona petrolera vital
para su futuro. A decir verdad, nadie sabe si el petróleo subirá
o bajará en caso de guerra abierta. Si las hostilidades duran mucho,
el precio puede irse a las nubes; si son muy cortas, se puede derrumbar el precio
del crudo, algo que ni siquiera conviene a las petroleras estadounidenses.
En cuanto al suministro petrolero, la gran posibilidad es Rusia (cuya economía
se recupera más velozmente de lo esperado). Washington vería con
agrado a este nuevo proveedor, pero las grandes firmas petroleras desconfían
del clima de negocios en la ex Unión Soviética.
La superioridad militar de Estados Unidos es más hegemónica que
nunca: su armamento es mayor que el de los 20 países que le siguen y
su presupuesto es enorme. Aun así, apenas gasta poco más de 3%
del PBI en este rubro, y la tendencia es al constante aumento.
En síntesis, en el escenario global se percibe una nueva visión
hegemónica de Estados Unidos y toda la voluntad de ejercerla; un temor
–justificado– hacia el terrorismo internacional que, para muchos
críticos, puede terminar en un clima que violente los derechos ciudadanos
de los estadounidenses.
En los campos económico y empresario, el american way of business ha
sufrido un golpe mortal; las empresas de la vanguardia tecnológica están
en serios problemas y, esta vez, no hay locomotora que arrastre a la economía
global: Estados Unidos lucha por definir si terminó la recesión
o si hay riesgo de deflación; Europa está atrapada en la rigidez
de su sistema monetario; y Japón no sabe cómo salir de su crónica
anorexia.
En la literatura empresaria sobresale en forma estridente un clamor por mayor
responsabilidad de empresas, directorios y gerentes. Es la hora de rendir cuentas
a una sociedad desconfiada. Mientras tanto, el marketing, que tanto espacio
solía ocupar, se concentra en resolver el permanente conflicto entre
mucha innovación y escasos recursos. M
