domingo, 14 de junio de 2026

    Brasil: ¿una crisis gestada fuera de la economía?

    Tras algunos meses de presiones de todo tipo, el real y el valor de la deuda brasileña cerraban junio en pisos casi críticos. El dólar se acercaba a R 2,80 (precio inédito) y el riesgo crediticio rozaba los 1.700 puntos. De hecho, este guarismo -que se había tomado medio 2001 para pasar de 1.000 a 1.700 en la Argentina-, en Brasil hizo lo mismo en cuestión de semanas. Quizá porque los vencimientos de deuda involucran cerca de US$ 40.000 millones este mismo año y ello crea desasosiego.


    Paralelamente, desde mayo el ascenso en las encuestas del candidato opositor Luiz Inácio da Silva (Lula) generó presiones por parte de bancos, calificadoras e intermediarios financieros y bursátiles, que sugirieron sacar fondos e inversiones del país. Ya en la última quincena del semestre, el gobierno federal tuvo graves dificultades para cubrir vencimientos de deuda interna por unos US$ 2.100 millones (18 de junio) y pidió al Fondo Monetario Internacional US$ 10.000 de los 15.000 millones puestos a disposición en agosto, precisamente para “blindar” a Brasil del efecto argentino cuando todos negaban riesgos de contagio.


    En otro esfuerzo para recobrar confianza, se anunció un paquete de medidas. Entre ellas, bajar de US$ 20.000 a 15.000 millones el piso técnico de reservas inmovilizadas en el Banco Central, poniendo la diferencia a disposición para defender el real en la plaza cambiaria. En forma complementaria, Pedro Malan (ministro de Economía) y Armínio Fraga (BC) anunciaron la recompra anticipada de US$ 3.000 millones en deudas que vencerían en 2003 y 2004. Además, se canjearían los bonos que expiran en 2004 y 2005 por uno que vence en 2003. Como para despejar dudas sobre la intención austera del gobierno, se elevó la meta de superávit fiscal de 3,5 a 3,75% del PBI.

    Dureza puertas adentro


    En el frente interno, empezó a reducirse la oferta monetaria para presionar contra la demanda de dólares, recurso que -hasta fines de junio- no parecía surtir efecto. Para eso, se subió de 10 a 15% sobre depósitos a plazo el encaje requerido a los bancos. A primera vista, esto reduciría el volumen de reales disponibles para comprar divisas. Pero no se tocó el porcentaje sobre depósitos a la vista (45%).

    En cuanto a la economía física, el crecimiento del primer trimestre
    resultó negativo, respecto del año anterior. Mayormente, por el
    retroceso de 3,9% en el producto bruto industrial. Por el contrario, el sector
    agrícola seguía expandiéndose e iba en vías de asegurar
    unos US$ 5.000 millones de superávit en el comercio exterior. No obstante,
    el subsiguiente deterioro cambiario y financiero crea dudas de que aquel sector
    pueda estimular al resto de la economía.


    Ocurre que la desilusión incipiente en mayo va convirtiéndose en algo peor. Sin crecimiento perceptible en el semestre y con el impacto ya innegable de la crisis argentina, más los problemas de la campaña electoral, el gobierno resolvió tasas de interés relativamente altas (un básico de 18,5% anual), lo cual impide que la prosperidad agrícola “contagie” al resto de la economía.


    Ahora bien, el recalentamiento de la especulación cambiaria sugiere que, pese a todo, mantener una política de dinero caro podría frenar al dólar. Esto ya ha ocurrido otras veces en Brasil.

    Gente pesimista


    Esta combinación de factores produjo una caída en la inversión externa directa (IED) que, de todas maneras, ascendía a US$ 6.660 millones en el primer trimestre: 28% más que el déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos. Por otra parte, la ausencia de crecimiento en enero-marzo (en realidad, 0,73% de contracción) no fue tanta como se había pronosticado. Por ejemplo, el Istituto de Pesquisa Econômica Aplicada (Ipea) había estimado 1,6% de contracción en el PBI durante enero-marzo, disminuyendo además de 2,5 a 2% el de todo 2002. Algunas fuentes privadas también eran pesimistas. Banco Bilbao Vizcaya Argentaria (BBVA) esperaba 2,8% de achicamiento en el primer trimestre.


    Sea como fuere, ahora el propio Banco Central habla de “tendencias al enfriamiento económico” y presume que el segundo trimestre y los posteriores no mantendrán siquiera el equilibrio de enero-marzo. “No existen problemas estructurales -afirmaba Fraga, subrayando el contraste con la Argentina-, sino una combinación adversa de factores coyunturales”. Además, entre las diferencias que separan a ambos países, está la deuda pública interna (federal y estadual), que posiblemente sea reprogramable antes de las elecciones.


    Según el funcionario, habrá un repunte, pero después de lo supuesto. A su criterio, el ritmo anual de crecimiento subirá a 3% en el trimestre entrante y a 4,5% en el último. Tales expectativas se basan en dos presunciones, luego puestas en duda por los mercados internacionales: el repunte en Estados Unidos y la menor inflación. A eso se suma un tercer elemento: cosechas récord, que deprimirán algunos precios internos y, con ellos, las tendencias inflacionarias.

    Juego de números


    Por supuesto, el sector privado no es tan optimista. En buena medida, porque los tipos de interés le resultan pesados. En verdad, la tasa real en Brasil (o sea, el tipo nominal deflacionado), es muy alta: 9,8% anual. Esto es, el tipo básico del BC (18,5%) menos la inflación en precios minoristas (8,7% tomando mayo 2001 a abril 2002). Si se extrapola la inflación estimada para el primer semestre de este año (2,5%), la tasa real sube a 16%.


    A todo esto, la meta inflacionaria del año -convenida con el FMI- es de apenas 4,7%, aunque con márgenes de dos puntos por encima o por debajo. A su vez, la hipótesis de trabajo del BC era 5,2% al comenzar junio, contra 7,7% de inflación en todo 2001, de acuerdo con indicadores oficiales. Pero, como casi nadie los usa, en general se prefieren las estadísticas de la Fundação Getúlio Vargas, que señalaron 10% de inflación en 2001 y posiblemente 6,5% en 2002.

    La IED parece ser el sector menos dado al optimismo. Se esperaban unos US$
    2.000 millones de ingreso mensuales. Semanas después, el BC no preveía
    más de US$ 1.200-1.400 millones: entre 50 y 65% de igual mes en 2001.
    En abril, el monto fue de US$ 1.960 millones.


    Puesto de otro modo, los flujos de mayo en adelante probablemente no cubran los déficit mensuales en cuenta corriente. Por otra parte, su suma anual se pronostica en US$ 20.700 millones. Si la meta anual de IED siguiese en US$ 18.000 millones, haría falta captar 1.500 millones mensuales entre junio y diciembre.


    El desempleo también refleja enfriamiento y, como pasa en la Argentina, podría presionar sobre la demanda real y licuar tendencias inflacionarias. En abril, la tasa llegaba a 8,2% (máximo en dos años), según cifras oficiales. Pero, en Brasil, esto significa que la tasa real se aproxima a 10 u 11%. En marzo, los guarismos respectivos habían sido 7 y 10-10,5%.


    La radiografía brasileña, como se ve, dista de la argentina y, sin llegar a la solidez de la chilena, no es catastrófica. En realidad, el problema más difícil -porque no pueden manejarlo ni el FMI ni Brasil- reside en Washington. Las actitudes de Paul O´Neill, secretario de Hacienda estadounidense, son poco sutiles y, como lo ha señalado en Madrid el presidente Fernando Henrique Cardoso, el funcionario dice defender al público de su país cuando niega auxilios a economías endeudadas. Pero sus medidas proteccionistas le cuestan caro a ese mismo público.


    Por supuesto, Brasil desvela a la Unión Europea porque, si corriera igual suerte que la Argentina, la crisis internacional de 1997-8 podría repetirse corregida y amentada. Baste recordar que, en peso económico y geopolítico, Brasil representa bastante más que Tailandia, Malasia, Filipinas y hasta Indonesia.