martes, 21 de abril de 2026

    Ciencia argentina de exportación

    Santiago García Belmonte
    Foto: Gabriel Reig

     

    Biosidus no tendrá el volumen productivo del grupo Techint ni la facturación de YPF, esas dos abanderadas del empresariado argentino, pero, estratégicamente, es una compañía nacional de las más relevantes. Una combinación positiva de la ciencia y de la técnica; el encuentro del esfuerzo de una empresa de origen familiar con el impulso estatal que ha experimentado la ciencia en los últimos años.
    Nacida en los años 80, luego del desprendimiento del grupo farmacéutico Sidus –en tiempos más recientes– y su posterior evolución hacia el sector de la biotecnología para uso humano, logró, en poco tiempo, desarrollar ocho medicamentos de proteínas recombinadas que posicionaron a la compañía entre las más vanguardistas del mundo.
    Con presencia en 30 países de América latina, Europa, África y Medio Oriente, la mayoría de sus productos –que se exportan en 75% bajo las marcas registradas de la compañía– se producen en sus dos plantas farmacéuticas: en Almagro se manipula la materia prima y en Bernal se manufactura el producto final. Gracias al esfuerzo de sus 400 profesionales –casi 200 de ellos científicos, técnicos y analistas, una proporción nada desdeñable– lograron facturar en 2012 más de US$ 44 millones, con ventas acumuladas por US$ 500 millones desde su inicio. Nada mal para una empresa científica confinada en el sur del mundo.
    Santiago García Belmonte es su director y tiene la difícil tarea de mantener la reputación de su compañía puertas adentro y afuera. Su modelo de negocios, en sus propias palabras, no es como el de cualquier empresa sino que se basa en el éxito de las ocho proteínas recombinables que tienen como productos en el mercado. Entre ellas se destacan el Eritropoyetina (usada en el tratamiento de la anemia del paciente renal crónico y en la anemia de los pacientes oncológicos), el Interferón Alfa a y b (utilizada para medicar a pacientes con hepatitis b y c) y la Somatropina (la famosa hormona del crecimiento, para tratar el enanismo hipofisiario).
    Lo cierto es que el éxito de estas proteínas en el mercado es la razón por la que pueden darse el lujo de seguir invirtiendo en investigación y desarrollo y empujarse, así, hacia la vanguardia de la biotecnología. “Una de las cosas más difíciles, especialmente en países como el nuestro, es cómo resolver el problema del modelo de negocios. En las empresas de biotecnología se invierte durante cinco, 10 ó 15 años y tal vez no se genera ningún ingreso. Tuvimos proyectos de investigación que duraron muchos años y ninguno se convirtió en producto. El modelo de negocios es, por un lado, lograr generar productos que impliquen ingresos a la compañía –porque si no, no es sustentable– y que esto permita seguir investigando y desarrollando proyectos que no impliquen un retorno al corto plazo pero sí apostar a que sean exitosos al mediano o largo. En definitiva, es una mezcla entre proyectos de la compañía, apuestas acertadas del pasado reciente y una tercera pata que es el apoyo estatal, que creo que es fundamental”.

    Lo que se viene
    ¿En qué se invierte el dinero que generan sus patentes en el mundo? Son muchos los proyectos en desarrollo pero dos, particularmente, podrían poner a la Argentina en la vanguardia de la biotecnología: terapia génica y animales transgénicos.
    En el primer caso se trata un tratamiento basado en terapia génica que utiliza el gen del Factor de Crecimiento de Endotelio Vascular (VEGF) para generar revascularización. En palabras más simples: inyectado en el organismo podría ser un reemplazo del stent y despejar arterias sin intervención quirúrgica. “Es un proyecto que ya lleva nueve años de desarrollo. Básicamente la idea es que se inyecten genes humanos en el corazón con el objetivo de lograr la creación de arterias. Este proyecto lo hicimos en conjunto con Fundación Favaloro y tiene un desarrollo tecnológico excelente: ya hemos probado el producto en humanos y los resultados han sido más que alentadores. Ahora viene la fase 2 del proyecto que implica probarlo en más pacientes. De ser exitosos estimamos lanzar el producto al mercado en 2017 ó 2018”.
    El segundo es no menos importante. Los animales transgénicos, como la famosa vaca clonada Pampa que nació en 2002, podrían producir a bajo costo proteínas recombinantes para aplicaciones farmacéuticas como la insulina o la hormona de crecimiento. El proyecto, que lleva muchos años de investigación y desarrollo, entró en su etapa final.
    “Creamos una manera distinta de producir un medicamento. En vez de hacerlo a través de microorganismos, como una bacteria, lo vamos a hacer en una vaca. Particularmente queremos tratar la hormona de crecimiento y nuestro objetivo es producirla más económicamente y así ser más competitivos. Descubrimos cómo clonar, cómo modificar genéticamente a una vaca y cómo lograr que exprese una proteína recombinante. Lo que nos resta es producirla a gran escala y probar que es exactamente igual que la que se extrae de una bacteria”.
    Además, la leche de las vacas puede ser modificada para incluir medicinas para prevenir infecciones como la letal diarrea infantil. García Belmonte coloca este avance bajo la categoría “alimentos funcionales”. De hecho, en asociación con una importante empresa láctea, se quiere llevar este producto al público masivo. “El fin en este caso es producir un anticuerpo para que la propia leche pueda ayudar a prevenir enfermedades letales en los chicos”.
    De llegar al mercado, ambas aplicaciones de la biotecnología podrían colocar a la Argentina en un lugar privilegiado en el concierto de la ciencia médica.

    De un mercado chico a uno global
    Si estos –y otros– proyectos logran el éxito que García Belmonte espera, el rol de Biosidus en el mundo podría ser aún más significativo. Esto es importante porque la compañía ve con buenos ojos el crecimiento a través de la expansión a otros mercados. De lo contrario, existen trabas a escala local, tanto coyunturales como estructurales, que pueden frenar los buenos pronósticos empresariales.
    García Belmonte es conciente, de hecho, de que es difícil crecer en un mercado con las características del argentino: con un tamaño tan reducido las limitaciones aparecen prontamente. A pesar de ser líder en el sector en lo que a países emergentes se refiere hoy la compañía enfrenta serios problemas de competitividad.
    “Biosidus es una marca registrada; somos referentes porque pavimentamos el camino en países emergentes. Creamos valor y mejoramos la marca país internacionalmente. Pero hoy tenemos una fuerte competencia. Los países en vías de desarrollo están protegiendo mucho a sus empresas de biotecnología y salen a competir fuertemente en el mercado mundial”.
    Aunque su fuerte durante muchos años fue producir tecnología por la tecnología en sí, hoy el foco está puesto en crecer en el exterior. Si bien tiene presencia en casi todos los continentes, mayoritariamente a través de partners con transferencia tecnológica parcial o total, la idea es ampliar aún más su penetración en mercados claves como el de Brasil pero también en Rusia, Medio Oriente, África del norte.
    “Hoy vendemos 80% de nuestros productos al exterior pero podemos vender 10 veces más porque tenemos los productos y la capacidad para producirlos, lo que nos falta es ser más competitivos. Ese es el signo menos de la Argentina: que haya una inflación no controlada y una inflación gigante en dólares nos saca competitividad. Somos buenos en productos pero no en precios. Ser competitivos es clave para poder salir a otros mercados y crecer en el sector farmacéutico”.
    La meta no deja de ser compleja. No solo porque las condiciones coyunturales de la economía local dificultan la competitividad de los productos sino porque los países en donde más le interesa a la empresa colocar su marca tienen políticas proteccionistas duras. “Los países a los cuales les vendemos exigen que haya presencia local. Como laboratorio, eso nos impulsa a buscar alianzas con partners para transferir tecnología, parcialmente –que nos hagan el packaging o el fill-finish– o totalmente, transfiriendo células y bacterias. Esto último es lo más difícil y de su éxito depende la porción que gane la empresa de ese mercado”.
    ¿El Estado ayuda a que esas alianzas se den? ¿Existe una pata diplomática para hacer efectivas las relaciones entre países y posibilitar inversiones? “Es todo a pulmón –reconoce–. Recién cuando existe alguna punta, nos podemos sentar con el ministerio. Ahí sí tenemos su apoyo. Pero hay que empujar primero para poder pedir después”.

    ¿La ciencia al servicio de la producción?
    Romper con el prejuicio de que la ciencia existe por la ciencia en sí, aislada del mundo, es difícil. De hecho, esta no es una constante argentina solamente: el conocimiento teórico está muy bien en los claustros pero es la obligación de los sectores público-privados poder alinearlas hacia un objetivo productivo. Así, realmente, se logra el diferencial a la hora de exportar conocimiento en forma de productos: mayor rendimiento, más crecimiento y más trabajo.
    “Muchos científicos trabajan por la ciencia en sí; es su razón de vivir. El éxito está en la capacidad del empresariado y del Estado de alinearlos. Si se deja a un científico solo, va a querer trabajar en pos del conocimiento y nada más. El desafío es hacerlo pensar en la aplicación económica”.
    A pesar de que la repatriación de talento que ha sido una de los caballitos de batalla del kirchnerismo, con fundamento, –al aumentar el presupuesto del Conicet 705% desde 2003 se logró repatriar a 15% de los científicos argentinos en el exterior– García Belmonte es de los que piensan que falta mucho para decir que los científicos argentinos realmente se vuelcan a la producción. “Insisto: si el Estado no está totalmente decidido a utilizar su poder para transferir tecnología y desarrollarla en el país, la cuestión de la repatriación es mucho ruido y pocas nueces”.
    El rol de las universidades, en este sentido, resulta clave. “La unión entre científicos, educación y empresas debe ser más eficiente. Necesitamos que los científicos tengan una orientación, no solo técnica y científica, sino también de la productividad, que entiendan del producto. Muchas de las cosas que hacemos tienen esa finalidad que es, nada más ni nada menos, que darle mejor salud a nuestra gente”.

    Utilizar el poder de compra

    La cartera de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, que administra el químico Lino Barañao, se apoya en tres patas: nanotecnología, biotecnología y técnicas de la información. En sus seis años de vida llegó a amasar un presupuesto de $4.117 millones, el dinero con el que cuenta este 2013. Por su core business, Biosidus está llamada a integrar esa cartera de empresas en las que el ministerio tiene puestas el ojo; las que son emblema de la revolución productiva que se quiere estimular desde la ciencia y la técnica.
    “Al darle estatus ministerial se le dio mucha forma, institucionalidad y sustentabilidad a proyectos a largo plazo. Independientemente de quién está de turno, para decirlo vulgarmente, uno confía en que el Estado a través del ministerio va a apoyar a compañías como la nuestra”, cree García Belmonte.
    Sin embargo, no se duerme en los laureles. Aunque es el primero en reconocer la importancia estratégica de la inversión estatal, también marca un distanciamiento con ciertas políticas. “Lo que no se hace bien hoy en la Argentina es usar el poder de compra del Estado, que es enorme, para que se desarrollen las empresas que invierten y producen localmente. Contradictoriamente, cualquier país que crece fuerte, como Corea, India, China, Rusia o Brasil, además de tener un ministerio, logra aprovechar el poder de compra del Estado, que es el que se hace de la mayoría de los medicamentos y especialmente los nuestros que son muy caros, para estimular a empresas nacionales. El Estado debe utilizar ese poder de compra para ayudar a las compañías que desarrollan tecnología en el país o a aquellas que importan la tecnología para tenerlas aquí”.
    Según el director de Biosidus lo que impera hoy, en la cartera de Salud, es la ley del mercado. “El Estado compra como una licitación o a través de análisis internos. Los países que tomo como ejemplo piensan estratégicamente. En la Argentina esto no sucede como debe suceder. Nosotros hemos desarrollado productos íntegramente en la Argentina, sin apoyo extranjero, y tenemos 7 u 8% del mercado. Creo que la Argentina como país debe aprender de eso y defenderse así de cara al mercado mundial”.